Adaptaciones morfológico-anatómicas al régimen de temperatura
Adaptaciones morfológico-anatómicas de las plantas al régimen de temperatura son un conjunto de rasgos estructurales externos (morfológicos) e internos (anatómicos) de los órganos vegetativos, desarrollado históricamente, que permite a la planta crecer, desarrollarse y reproducirse normalmente en condiciones de desviaciones periódicas o constantes de la temperatura ambiente respecto a los valores fisiológicamente óptimos.
La temperatura es uno de los principales factores abióticos, ya que determina directamente la velocidad de todas las reacciones bioquímicas, la permeabilidad de las membranas, la actividad enzimática y, en última instancia, la intensidad de la fotosíntesis, la respiración y el crecimiento. Para cada especie existen ciertos puntos cardinales: mínimo, óptimo y máximo de temperatura (Yakovlev et al., 2006). Salir de estos límites, incluso por un corto tiempo, puede provocar daños irreversibles. En particular, una temperatura inferior a 0 °C provoca la formación de cristales de hielo en los espacios intercelulares y dentro de las células, destruyendo las membranas y provocando la muerte de los tejidos («lesión por helada»). Por otro lado, el sobrecalentamiento por encima de 45–50 °C conlleva la desnaturalización de proteínas, la inactivación de las enzimas fotosintéticas y la pérdida de turgencia.
A diferencia de los animales móviles, las plantas tienen un estilo de vida sésil y no pueden huir activamente de las temperaturas desfavorables. Por lo tanto, durante la evolución han desarrollado dos tipos fundamentalmente diferentes de estrategias adaptativas (Serebryakova et al., 2006):
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Evitación (avoidance) – la planta se aleja temporalmente de la zona de temperaturas críticas: las especies anuales sobreviven al frío o la sequía como semillas; las perennes – como órganos subterráneos (bulbos, tubérculos, rizomas) o yemas protegidas; los árboles caducifolios pierden sus hojas, reduciendo la superficie transpirante en invierno.
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Tolerancia (tolerance) – la planta mantiene una vida activa, pero sus tejidos adquieren la capacidad de soportar la congelación o el calor intenso sin daños irreversibles. Esto se logra mediante profundas reestructuraciones bioquímicas y estructurales: acumulación de crioprotectores (azúcares, alcoholes, proteínas dehidrinas), cambios en la composición de lípidos de membrana, así como cambios dirigidos en la forma y estructura interna de los órganos.
Las adaptaciones morfológico-anatómicas representan precisamente esa respuesta «arquitectónica» externa e interna que se puede observar y medir. Incluyen características del hábito (forma de vida), forma y tamaño de las hojas, tipo de pubescencia, estructura de la epidermis y cutícula, localización y densidad de estomas, desarrollo de esclerénquima y parénquima acuífero, así como patrones de ramificación y ubicación de las yemas de renovación (Raunkiaer, 1934). Todos estos rasgos en conjunto permiten a la planta regular activamente el intercambio de calor con el medio ambiente o soportar pasivamente temperaturas extremas, minimizando los daños.
Este artículo está dedicado a una revisión sistemática de las adaptaciones morfológico-anatómicas al régimen de temperatura. Se considerarán tanto las adaptaciones para protegerse del sobrecalentamiento (en climas cálidos y áridos) como los mecanismos que aseguran la supervivencia a bajas temperaturas (en condiciones de estación fría, en zonas de alta montaña y polares). Se prestará especial atención a la clasificación de las formas de vida según Raunkiaer y a los conceptos de psicrófitas y termófitas, así como a la importancia aplicada de estos conocimientos para la agricultura y la fitomejora.
1. El factor térmico como señal ecológica
Para que la fotosíntesis, el crecimiento y el desarrollo de las plantas se desarrollen normalmente, la temperatura ambiente debe estar dentro de ciertos límites característicos de cada especie biológica. El rango de temperaturas tolerables, o tolerancia térmica, no es el mismo en plantas de diferentes zonas climáticas e incluso entre diferentes formas de vida dentro de una misma flora (Yakovlev et al., 2006). El factor térmico actúa no solo como una condición física, sino también como una señal ecológica crucial que desencadena reestructuraciones estacionales en la vida de la planta.
1.1. Principales índices térmicos y su significado biológico
Para caracterizar la provisión de calor de un territorio y evaluar la respuesta de las plantas, se utilizan varios índices clave: temperatura media anual, temperatura media del mes más frío y del más cálido, mínimo absoluto y máximo absoluto, así como la duración del período libre de heladas. Sin embargo, lo más importante es la distribución del calor en el tiempo — es ella la que determina el ritmo del desarrollo estacional (Yakovlev et al., 2006).
La temporada de crecimiento en latitudes templadas y altas está limitada al período en que la temperatura supera constantemente un cierto umbral (generalmente +5 °C para el inicio del crecimiento de la mayoría de los cultivos). Fuera de esta ventana, la actividad vital activa es imposible. Las plantas utilizan la temperatura como una señal confiable para prepararse para la temporada desfavorable: la reducción de la duración del día combinada con la disminución de la temperatura inicia el cese del crecimiento, la formación de yemas invernantes, la síntesis de sustancias protectoras y la caída de las hojas (Serebryakova et al., 2006).
1.2. Zonas térmicas y grupos ecológicos de plantas en relación con el calor
Según la distribución del calor en la Tierra, se distinguen cuatro zonas térmicas principales: tropical, subtropical, templada y fría. De acuerdo con la adaptación evolutiva a estas zonas, se han formado tres grupos ecológicos principales en las plantas (Yakovlev et al., 2006):
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Termófitas (plantas megatérmicas) – habitantes de regiones constantemente cálidas, principalmente llanuras tropicales y subtropicales. A temperaturas de +3…+5 °C presentan «resfriado»: detención del crecimiento, marchitez, caída de hojas y muerte. A este grupo pertenecen muchas palmeras, orquídeas, plátanos, así como plantas cultivadas de origen tropical.
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Plantas mesotérmicas – ocupan una posición intermedia, típicas de regiones templado-cálidas (bosques caducifolios, muchos cultivos agrícolas de la zona templada). Soportan heladas cortas, pero requieren un período cálido suficientemente prolongado para su desarrollo normal.
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Psicrófitas (plantas microtérmicas) – especies resistentes al frío, capaces de vegetar a temperaturas positivas bajas y soportar inviernos severos. Incluyen plantas de tundras, alta montaña, así como muchas hierbas perennes y coníferas de la zona de taiga.
Por lo tanto, la pertenencia a uno u otro grupo térmico refleja no solo la distribución actual de la especie, sino también su historia evolutiva, fijada en características hereditarias del metabolismo y la estructura de los tejidos.
1.3. La temperatura como desencadenante de fenómenos estacionales
En el ciclo anual de las plantas de clima templado y frío, se suceden fases de crecimiento activo y latencia. La transición a la latencia y la salida de ella están controladas no tanto por los valores absolutos de temperatura como por su dinámica en combinación con el fotoperíodo (duración del día). Este conjunto de señales se denomina respuesta fotoperiódica (RFP) (Yakovlev et al., 2006).
Para muchas especies, la transición del crecimiento vegetativo a la floración solo es posible con una determinada duración del día:
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Plantas de día corto florecen cuando el período de luz no supera un valor crítico (generalmente 12 horas o menos). Ejemplos: cáñamo, tabaco, crisantemos.
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Plantas de día largo requieren un día de más de 12 horas (papa, trigo, espinaca).
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Especies neutras florecen independientemente de la duración del día (tomate, diente de león).
El conocimiento de la respuesta fotoperiódica es necesario para la introducción de plantas y en la producción vegetal práctica para controlar los tiempos de floración.
Por separado, cabe destacar el fenómeno de la vernalización. En muchas plantas perennes y bienales (trigo de invierno, muchas especies frutales), la transición a la floración requiere una exposición prolongada a temperaturas bajas positivas (0–10 °C) durante varias semanas. Esto evita la floración antes de la primavera y garantiza que los órganos reproductores se formen en condiciones favorables. En algunas especies (por ejemplo, en los cereales de invierno), este mecanismo está controlado por genes específicos (p. ej., VRN1 y VRN2), que suprimen la floración hasta que el frío destruye una proteína represora (Chen et al., 2024).
1.4. Peligros asociados con temperaturas extremas
Como ya se señaló, tanto las temperaturas excesivamente altas como las bajas son peligrosas para la vida de las plantas. Las altas temperaturas (superiores a 40–50 °C) causan desnaturalización de enzimas, destrucción de clorofila y quemaduras en los tejidos. Las hojas y los brotes jóvenes son particularmente vulnerables. Las bajas temperaturas (por debajo de -5…-10 °C para la mayoría de las plantas de la zona templada) provocan la formación de cristales de hielo en el espacio intercelular, deshidratación del protoplasto y ruptura mecánica de las membranas. Sin embargo, durante la evolución, las plantas han desarrollado complejas adaptaciones morfológico-anatómicas que permiten reducir el impacto negativo de las temperaturas extremas — estas adaptaciones se analizarán en detalle en las siguientes secciones.
Así, el factor térmico no es solo una fuerza física directa que limita la distribución de las plantas, sino también una sutil señal ecológica que desencadena etapas clave de la ontogenia. La capacidad de «leer» correctamente esta señal y reestructurar en consecuencia la morfología y la anatomía es la base de la supervivencia de las plantas en condiciones climáticas cambiantes.
2. Adaptaciones morfológico-anatómicas al sobrecalentamiento y altas temperaturas
Las altas temperaturas (especialmente en combinación con insolación intensa y déficit hídrico) representan una grave amenaza para las plantas. El sobrecalentamiento de los tejidos por encima de 45–50 °C provoca desnaturalización de proteínas, inactivación de enzimas, alteración del funcionamiento de los fotosistemas y pérdida de turgencia. Debido a su estilo de vida sésil, las plantas deben hacer frente a este estrés directamente en el lugar. Durante la evolución se ha formado un complejo de rasgos morfológico-anatómicos destinados a reducir la absorción de energía radiante y mejorar la disipación del calor. Estos rasgos se denominan xeromórficos (del griego xeros — seco y morphe — forma), ya que protegen simultáneamente contra el sobrecalentamiento y la desecación (Serebryakova et al., 2006).
2.1. Coloración clara y propiedades reflectantes de la superficie
Una de las formas más efectivas de reducir el sobrecalentamiento es aumentar la reflexión de la radiación solar. La coloración clara (blanquecina, plateada, verde grisácea) de tallos y hojas refleja una parte significativa de los rayos incidentes, especialmente en la región infrarroja del espectro. Este efecto se logra mediante varios medios (Serebryakova et al., 2006):
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Pubescencia densa de pelos incoloros o claros (por ejemplo, en verbasco Verbascum thapsus, muchas artemisas). Los pelos crean una capa reflectante y también retienen una capa de aire inmóvil, lo que reduce el calentamiento por convección.
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Capas de cera (cera cuticular en forma de cristales, bastones o escamas) dan a la superficie un tono azulado o glauco y aumentan la reflexión. Se conocen secreciones céreas particularmente gruesas en la palma de cera (Ceroxylon), donde su grosor alcanza los 5 mm (Serebryakova et al., 2006).
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Superficie brillante (lustrosa) de las hojas, característica de muchas plantas de climas cálidos (por ejemplo, laurel, magnolia, ficus), también contribuye a la reflexión de los rayos.
En algunas suculentas (Crasuláceas, Aloe), se desarrollan en la epidermis células grandes, transparentes y llenas de agua que actúan como filtros de luz y aislantes térmicos, protegiendo al mismo tiempo los tejidos subyacentes del sobrecalentamiento (Serebryakova et al., 2006).
2.2. Orientación y forma de las hojas: reducción de la interceptación de radiación
La orientación espacial de las láminas foliares juega un papel importante. En muchas plantas de hábitats abiertos (estepas, desiertos, sabanas), las hojas no están dispuestas horizontalmente sino verticalmente o en ángulo agudo con respecto a los rayos solares durante las horas del mediodía. Esta orientación de perfil (enantiotropía) permite a la hoja evitar el pico de insolación: en el momento más caluroso, los rayos rozan la superficie y el calentamiento es mínimo. Un ejemplo clásico son los eucaliptos, cuyas hojas adultas cuelgan verticalmente, creando un bosque «sin sombra» (Serebryakova et al., 2006). Un fenómeno similar se observa en muchas gramíneas y acacias.
Otra vía es reducir el área de la lámina foliar. En xerófitas y termófitas a menudo se encuentran hojas pequeñas, estrechas o fuertemente divididas (pinnatífidas o palmatífidas). La reducción del tamaño de la hoja disminuye la absorción de calor y mejora el intercambio de calor por convección al aumentar la proporción relativa de los bordes. En algunas plantas desérticas (por ejemplo, en el saxaul), las hojas están reducidas a escamas, y la asimilación la realizan tallos verdes (filoclados) (Serebryakov, 1962).
2.3. Adaptaciones anatómicas: cutícula, esclerificación y sistema conductor
Los rasgos anatómicos de la tolerancia al calor están estrechamente relacionados con la xeromorfosis. En plantas de hábitats cálidos se observa:
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Engrosamiento y cutinización de las paredes celulares externas de la epidermis. Una cutícula gruesa no solo reduce la transpiración, sino que también sirve como capa aislante térmica, protegiendo las células vivas del mesófilo de picos breves de alta temperatura (Serebryakova et al., 2006).
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Estomas hundidos (criptas). Los estomas se ubican en depresiones (criptas) en el envés de la hoja, creando un microclima húmedo y estancado, reduciendo la transpiración y protegiendo al mismo tiempo las células oclusivas del calentamiento directo. En el adelfa (Nerium oleander), cada cripta contiene un grupo de estomas, y la cavidad de la cripta está adicionalmente llena de pelos (Serebryakova et al., 2006).
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Desarrollo de esclerénquima. El aumento del número de células mecánicas de paredes gruesas (esclerénquima) aumenta la capacidad calorífica del órgano y su resistencia a la pérdida de turgencia. En muchas xerófitas, las hojas se vuelven rígidas y coriáceas (esclerofilia). Las fibras de esclerénquima a menudo se disponen alrededor de los haces vasculares y debajo de la epidermis (Serebryakova et al., 2006).
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Células pequeñas y reducción de la proporción de parénquima. En las especies tolerantes al calor, las células del mesófilo son generalmente más pequeñas que en las mesófitas. Esto reduce la vía de difusión del calor hacia el interior de los tejidos y acelera la disipación del calor. Además, las células pequeñas tienen un sistema vacuolar más desarrollado capaz de almacenar agua.
2.4. Mecanismos estacionales y de comportamiento
Junto con los rasgos morfológicos permanentes, también existen adaptaciones temporales. En muchas plantas tropicales y subtropicales, durante las horas más calurosas se observa ternonastia — plegamiento de las láminas foliares o su giro de canto al sol (por ejemplo, en mimosas, algunas leguminosas). Este «sueño diurno» reduce el calentamiento. En algunas especies de acacias, durante la sequía y el calor, se produce la caída de las hojas (caducifolia), lo que reduce drásticamente la absorción de calor. Finalmente, las plantas pueden utilizar el enfriamiento transpiratorio: la evaporación intensa de agua a través de los estomas abiertos reduce la temperatura de la hoja en 5–10 °C en comparación con el aire circundante (Graham et al., 2014). Sin embargo, este mecanismo solo funciona cuando hay suficiente humedad en el suelo.
2.5. Formas de vida especializadas: suculentas
En las regiones áridas y cálidas ha surgido un grupo único de plantas: las suculentas (suculentas de tallo y de hoja). No tanto evitan el sobrecalentamiento como almacenan agua en un parénquima acuífero especializado (Serebryakov, 1962). Los tallos o hojas gruesos y carnosos de las suculentas tienen una alta capacidad calorífica y se calientan lentamente. Además, muchos cactus, euforbias y crasuláceas presentan un tipo especial de fotosíntesis (metabolismo CAM), en el que los estomas se abren solo por la noche y permanecen cerrados durante el día — esto reduce drásticamente la pérdida de agua y elimina el sobrecalentamiento diurno. La coloración clara, la forma acostillada del tallo (que aumenta el área de disipación del calor) y la pubescencia densa o espinas que crean sombra complementan el complejo adaptativo (Serebryakova et al., 2006; Chen et al., 2024).
Por lo tanto, las adaptaciones morfológico-anatómicas al sobrecalentamiento representan un sistema integral que incluye cambios en el color, forma y orientación de las hojas, engrosamiento de los tejidos de cobertura, estomas hundidos, desarrollo de esclerénquima y, en casos extremos, la transición a un aspecto suculento. Todos estos rasgos permiten a las plantas sobrevivir y mantener la actividad fotosintética en condiciones de insolación intensa y altas temperaturas.
3. Adaptaciones a bajas temperaturas (frío y heladas)
Las bajas temperaturas (especialmente las negativas) representan una dura prueba para las plantas, particularmente en latitudes templadas, boreales y árticas, así como en alta montaña. El peligro no solo está relacionado con el daño directo de las células por los cristales de hielo, sino también con la sequía fisiológica (o sequía de hielo): cuando el suelo se congela, el agua deja de llegar a las raíces, mientras que los órganos aéreos continúan evaporando humedad, lo que lleva a la deshidratación de los tejidos. Por lo tanto, las adaptaciones a bajas temperaturas están dirigidas, por un lado, a evitar el efecto dañino del hielo y el frío (vías de evitación) y, por otro lado, a desarrollar resistencia de los tejidos a la congelación (vías de tolerancia). Las adaptaciones morfológico-anatómicas juegan un papel clave en ambas direcciones.
A continuación se consideran las estrategias biomorfológicas (formas de vida y características de crecimiento) y los mecanismos anatómicos de protección.
3.1. Estrategias biomorfológicas (formas de vida)
El enfoque más general para analizar las adaptaciones al frío fue propuesto por el botánico danés C. Raunkiaer (Raunkiaer, 1934). Basó su clasificación de las formas de vida de las plantas en un rasgo: la posición de las yemas de renovación con respecto a la superficie del suelo durante la estación desfavorable (parte fría o seca del año). Cuanto más altas y expuestas estén las yemas, más sujetas estarán a la acción de las bajas temperaturas y los vientos desecantes; cuanto más profundamente estén ocultas en el suelo o bajo la nieve, mejor protegidas estarán.
Clasificación de las formas de vida según Raunkiaer
Raunkiaer distinguió cinco tipos principales (Yakovlev et al., 2006; Serebryakova et al., 2006):
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Fanerófitos (Ph) – las yemas de renovación se encuentran a gran altura sobre el suelo (más de 25–50 cm) y en invierno no están protegidas por el manto de nieve. Son árboles, arbustos, lianas leñosas. En climas fríos, los fanerófitos deben tener dispositivos protectores especiales (escamas de yemas, secreciones resinosas) o perder sus hojas. A medida que aumenta la severidad del clima, la proporción de fanerófitos en el espectro de formas de vida disminuye drásticamente.
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Caméfitos (Ch) – las yemas de renovación se encuentran a baja altura sobre el suelo (no más de 20–30 cm). En invierno suelen estar cubiertas por nieve, lo que las salva de la congelación. Los caméfitos incluyen arbustos enanos (arándano rojo, arándano, brezo), subarbustos, muchas plantas rastreras y en cojín. En las floras árticas y de alta montaña, la proporción de caméfitos aumenta significativamente.
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Hemicriptófitos (H) – las yemas de renovación se encuentran al nivel del suelo o en la capa superficial de hojarasca. Los brotes aéreos mueren hasta la base en invierno. Son la mayoría de las hierbas perennes de la zona templada, muchas especies de prados y bosques. Los hemicriptófitos dominan en climas templados.
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Criptófitos (K) – las yemas de renovación están ocultas en el suelo (geófitos — en rizomas, tubérculos, bulbos) o bajo el agua (helófitos e hidrófitos). Este es el grupo más protegido, característico de regiones frías y áridas (muchos efemeroides).
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Terófitos (Th) – plantas anuales que sobreviven al período desfavorable como semillas. En climas fríos su proporción es pequeña, pero en floras áridas y mediterráneas puede ser significativa.
Para la comparación visual de la vegetación de diferentes zonas climáticas se utilizan espectros biológicos — la proporción porcentual de formas de vida en la flora. Por ejemplo, en la flora de los bosques tropicales húmedos predominan los fanerófitos (hasta 60–90%), en la zona templada — los hemicriptófitos, en las tundras y alta montaña — los caméfitos y criptófitos (Yakovlev et al., 2006). Por lo tanto, el espectro de formas de vida es un indicador sensible del régimen térmico.
Formas de cojín y rastreras como adaptación a bajas temperaturas
En las duras condiciones de alta montaña, tundras y regiones subárticas, están muy extendidas dos biomorfos especializados: plantas en cojín y rastreros (formas rastreras). Ambas representan una expresión extrema de adaptación al frío y al viento.
Plantas en cojín (por ejemplo, Silene acaulis, Androsace tapete, Azorella spp.) son plantas perennes, a menudo perennifolias, con brotes densamente agrupados que divergen uniformemente desde la base. Los incrementos anuales son muy pequeños (1–3 mm), los entrenudos acortados y las ramas dispuestas radialmente, formando una semiesfera convexa o un «cojín» plano (Serebryakov, 1962; Raunkiaer, 1934). Esta forma proporciona varias ventajas:
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Las partes internas del cojín están llenas de hojas muertas y material turboso, que actúa como aislante térmico y acumula humedad.
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La superficie del cojín se encuentra en la capa de aire cercana al suelo, donde la temperatura es más alta y las fluctuaciones son menores que a mayor altura.
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Los ápices de los brotes están al mismo nivel, lo que evita el sombreado mutuo y favorece el derretimiento rápido de la nieve alrededor.
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Un sistema radicular muy desarrollado (a menudo axonomorfo) ancla la planta en sustratos rocosos y asegura el suministro de agua. Las formas de cojín son características de los pisos alpino y subnival de las montañas, de las tundras árticas y también de algunas tierras altas desérticas (Pamir, Tíbet) (Serebryakov, 1962).
Rastreros (formas rastreras) son plantas leñosas (árboles o arbustos) en las que el tronco principal o los tallos crecen horizontalmente, pegados al suelo, y solo ramas cortas con hojas se elevan verticalmente. Un ejemplo clásico es el pino enano siberiano (Pinus pumila), así como formas rastreras de enebro (Juniperus sabina, J. sibirica), sauce (Salix polaris), abedul torcido (Betula tortuosa) (Serebryakov, 1962). El significado biológico de la forma rastrera:
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El tronco y las ramas rastreras pasan el invierno bajo la nieve, que los protege de las heladas y el viento.
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La proximidad a la superficie del suelo mejora el régimen de temperatura en el período estival.
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El enraizamiento de las ramas en contacto con el suelo conduce a la formación de nuevos tallos y clones, lo que aumenta la viabilidad de la población.
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Muchos rastreros tienen la capacidad de doblarse activamente hacia el suelo cuando ocurren temperaturas negativas (ternonastia), y enderezarse en primavera (Serebryakov, 1962).
Por lo tanto, la transición de fanerófitos a caméfitos y luego a criptófitos, así como la aparición de formas de cojín y rastreras, es una serie evolutiva de mayor protección de las yemas de renovación contra las bajas temperaturas. Cuanto más severo es el clima, menor es la proporción de formas de vida correspondiente a fanerófitos y mayor a caméfitos, cojines y rastreros. En la siguiente subsección se considerarán los mecanismos internos (anatómicos) que aumentan la resistencia a las heladas de los tejidos.
3.2. Mecanismos anatómicos de protección (sin bioquímica)
Junto con las adaptaciones externas (biomorfológicas), las plantas que crecen en condiciones de bajas temperaturas también desarrollan características internas (anatómicas) de la estructura de los órganos vegetativos. Estas características están dirigidas a prevenir la formación de hielo intracelular, reducir el riesgo de daño mecánico a los tejidos durante la congelación del agua intercelular y asegurar la viabilidad de los tejidos incluso bajo deshidratación parcial. Es importante subrayar que consideramos solo los rasgos estructurales, morfológico-anatómicos, dejando fuera del alcance de este artículo los mecanismos bioquímicos (síntesis de proteínas anticongelantes, cambios en la composición de lípidos de membrana, etc.).
3.2.1. Engrosamiento y suberización de tejidos (peridermis y xilopodios)
Una de las adaptaciones anatómicas clave al frío es la formación de cubiertas protectoras gruesas que reducen la pérdida de calor y dificultan la penetración del hielo en las células vivas. En las formas leñosas perennes y arbustivas en climas fríos, se forma temprano la peridermis (corcho), que reemplaza a la epidermis. Los tejidos de corcho (felema) están formados por células muertas llenas de aire, que son excelentes aislantes térmicos. Capas de corcho particularmente gruesas se desarrollan en las raíces y en la parte inferior de los tallos de los arbustos, así como en los órganos subterráneos perennes (Serebryakova et al., 2006).
En arbustos y arbustos enanos, los xilopodios juegan un papel importante: tallos leñosos subterráneos perennes que conectan los ejes aéreos en un sistema único. Los xilopodios tienen una corteza gruesa y fuertemente suberizada y una madera desarrollada, lo que les proporciona una alta resistencia a las heladas y longevidad (hasta varias décadas). Los brotes aéreos, que viven solo unos pocos años, son mucho más delgados y menos leñosos (Serebryakov, 1962). Esta diferenciación entre un «esqueleto subterráneo protegido» y «brotes asimiladores aéreos reemplazables» permite a la planta mantener su viabilidad durante un largo invierno.
3.2.2. Cambios en la estructura de las hojas: xeromorfosis como protección contra la sequía de hielo
En invierno, cuando el agua del suelo se congela y las raíces no pueden absorberla, los órganos aéreos perennifolios (agujas, hojas de arándano rojo, brezo) continúan perdiendo agua a través de la transpiración. Se produce una sequía fisiológica. Por lo tanto, las plantas perennifolias de regiones frías adquieren rasgos xeromórficos pronunciados que reducen la pérdida de agua. Estos rasgos incluyen (Serebryakova et al., 2006):
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Cutícula gruesa y capa de cera – reducen la evaporación de la superficie.
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Estomas hundidos (a veces en criptas) – crean un microclima húmedo alrededor de los estomas y reducen la velocidad de difusión del vapor de agua.
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Esclerofilia – hojas duras, coriáceas con un fuerte desarrollo de esclerénquima, lo que les da resistencia mecánica y evita el colapso por deshidratación.
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Células pequeñas y disposición densa del mesófilo – reduce la vía de difusión del agua y aumenta la resistencia a la congelación.
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Canales resiníferos y glándulas de aceites esenciales (por ejemplo, en coníferas) – las secreciones de resinas y aceites esenciales también pueden actuar como anticongelantes, reduciendo la temperatura de congelación del agua en las células (aunque esto está ya en el límite de la bioquímica).
Un ejemplo característico son las hojas del arándano rojo (Vaccinium vitis-idaea) y del ledo palustre (Ledum palustre), que tienen una superficie coriácea, bordes enrollados y una capa de cera. En muchas Ericáceas perennifolias (Calluna, Erica), las hojas están reducidas a pequeñas escamas apretadas contra el tallo, lo que minimiza la superficie de transpiración.
3.2.3. Anatomía de brotes y yemas: protección mecánica
En las plantas que invernan con brotes aéreos (fanerófitos y caméfitos), las yemas de renovación están protegidas por escamas de yema densas, a menudo suberizadas o resinosas. Las escamas de yema son hojas modificadas que no contienen clorofila y tienen paredes celulares gruesas, a veces lignificadas. Entre las escamas hay cavidades de aire que sirven como aislamiento térmico adicional. En algunas especies (por ejemplo, en Aesculus hippocastanum), las yemas están cubiertas de secreciones resinosas pegajosas (coleters) que sellan las grietas y evitan la entrada de humedad y patógenos (Serebryakov, 1962).
En los brotes que mueren completamente en invierno (hemicriptófitos y criptófitos), la protección anatómica se reduce a la presencia de tejido mecánico bien desarrollado (esclerénquima) en las partes basales, que protege la zona de macolla y los órganos subterráneos de la compresión por el hielo. Los órganos subterráneos (rizomas, bulbos, tubérculos) tienen tejidos de cobertura densos (felema), y en su parénquima a menudo se acumulan sustancias de reserva (almidón, inulina) y agua, lo que también reduce el riesgo de congelación.
3.2.4. Características del sistema vascular
En las especies resistentes a las heladas se observan ciertas características anatómicas de los elementos conductores de agua. En comparación con las especies tropicales, en las plantas leñosas de climas templados y fríos, los vasos (tráqueas) suelen ser más cortos y de menor diámetro. Esto reduce el riesgo de ruptura de la columna de agua y formación de embolias gaseosas durante la congelación y descongelación del agua en el xilema. Además, en la madera de muchas coníferas (abeto, pino, alerce) están muy extendidas las puntuaciones con toro, que pueden cerrarse cuando entran burbujas de aire, localizando el daño (Mauseth, 2016). Aunque estos mecanismos también tienen una naturaleza física, su base anatómica (estructura de las paredes celulares) pertenece completamente a las adaptaciones morfológico-anatómicas.
3.2.5. Ejemplos de floras de diferentes zonas
Para ilustrar la diversidad de adaptaciones anatómicas a las bajas temperaturas, se pueden comparar representantes de diferentes zonas climáticas:
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Caméfitos árticos y de alta montaña (Dryas octopetala, Salix polaris) tienen hojas pequeñas, gruesas, coriáceas con cutícula gruesa y pubescencia densa. Sus tallos son bajos, a menudo postrados, con peridermis muy desarrollada.
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Taiga y bosques de coníferas – en el abeto (Picea excelsa) y el pino (Pinus sylvestris), las agujas están cubiertas por una gruesa capa de cutícula, los estomas están hundidos en criptas profundas, y debajo de la epidermis hay una capa de esclerénquima (hipodermis), que da a las agujas rigidez y resistencia a las heladas. Además, en estas especies se forma temprano la peridermis en los brotes.
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Arbustos enanos subalpinos y alpinos – en las especies de Rhododendron (rododendros), las hojas son coriáceas, con cutícula gruesa, a menudo con pubescencia tomentosa en el envés, que las protege de la desecación por los vientos fríos.
Por lo tanto, las adaptaciones anatómicas al frío incluyen el engrosamiento de los tejidos de cobertura, el desarrollo de esclerénquima, estomas hundidos, células pequeñas del mesófilo y características de la estructura de los elementos conductores. Todos estos rasgos están dirigidos a la conservación del agua, la protección mecánica de los tejidos y la prevención del efecto dañino de los cristales de hielo. En conjunto con las estrategias biomorfológicas (formas de vida, rastreros, cojines), aseguran la supervivencia de las plantas en las condiciones más severas del clima frío.
4. Concepto de psicrófitas y termófitas
Además de las formas de vida, que reflejan la adaptación a todo un complejo de factores, en la ecología vegetal se distinguen tradicionalmente grupos de especies similares en su relación con un factor principal: la temperatura. Dichos grupos se denominan ecológicos (a diferencia de las formas de vida). En relación con el calor se distinguen termófitas (especies amantes del calor) y psicrófitas (especies resistentes al frío), así como plantas mesotérmicas que ocupan una posición intermedia (Yakovlev et al., 2006). Estos grupos difieren significativamente no solo en sus óptimos fisiológicos sino también en su aspecto morfológico-anatómico. Es importante subrayar que las psicrófitas y termófitas no deben confundirse con las xerófitas (resistentes a la sequía) y las higrófitas (amantes de la humedad), aunque en la naturaleza a menudo se observa una superposición de estas propiedades (por ejemplo, muchas termófitas viven en condiciones secas y poseen rasgos xeromórficos).
4.1. Psicrófitas (plantas resistentes al frío)
Psicrófitas (del griego psychros — frío, phyton — planta) son plantas adaptadas a vivir en condiciones de temperaturas constantemente bajas (generalmente por debajo de +10 °C durante la temporada de crecimiento) y capaces de soportar heladas prolongadas. Incluyen especies de tundras árticas y antárticas, alta montaña (pisos alpino y nival), así como algunas formaciones de turberas y brezales. Las psicrófitas se encuentran entre todas las formas de vida, pero predominan los caméfitos y hemicriptófitos (Raunkiaer, 1934; Yakovlev et al., 2006).
Rasgos morfológico-anatómicos característicos de las psicrófitas
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Porte bajo y forma de crecimiento en cojín o rastrera. La mayoría de las psicrófitas tienen una altura no superior a 10–20 cm (a veces hasta 50 cm). Las formas rastreras y en cojín (Silene acaulis, Dryas octopetala, Salix polaris) utilizan al máximo el calor de la capa de aire cercana al suelo y están protegidas por el manto de nieve (Serebryakov, 1962).
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Hojas pequeñas, duras, coriáceas. Las láminas foliares suelen ser pequeñas, estrechas, con cutícula gruesa, capa de cera y pubescencia — rasgos de xeromorfosis que protegen contra la «sequía de hielo». En muchas especies, las hojas son perennifolias (arándano rojo, arándano, ledo), lo que permite comenzar la fotosíntesis inmediatamente después de que se derrite la nieve.
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Estomas hundidos y densidad estomática reducida. Esto reduce la transpiración en condiciones en que las raíces no pueden absorber agua del suelo congelado.
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Fuerte desarrollo de tejidos mecánicos. El esclerénquima y el colénquima dan rigidez a los brotes y hojas, protegiéndolos de daños por viento y nieve.
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Presencia de órganos subterráneos de almacenamiento y rizomas de larga vida. En muchas psicrófitas (especialmente geófitos y hemicriptófitos), la mayor parte de la biomasa se concentra bajo tierra, donde la temperatura es más estable. Los xilopodios de los arbustos enanos y los rizomas subterráneos de las hierbas viven decenas de años (Serebryakov, 1962).
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Capacidad de reproducción vegetativa y «particulación». En condiciones adversas, la reproducción por semillas es difícil, por lo que las psicrófitas a menudo forman clones, extendiéndose mediante rizomas, estolones o brotes enraizantes.
Ejemplos de psicrófitas: musgos (sphagnum, poltrichum), líquenes (Cladonia), Dryas octopetala, Salix polaris, Saxifraga oppositifolia, Ranunculus glacialis, Androsace tapete, Loiseleuria procumbens, así como muchas ciperáceas, erióforos y gramíneas de tundras y alta montaña.
4.2. Termófitas (plantas amantes del calor)
Termófitas (del griego therme — calor) son plantas cuyo óptimo de actividad vital se encuentra en el rango de altas temperaturas (+25…+40 °C y más). No toleran un enfriamiento prolongado y se dañan ya a 0…+5 °C. Las termófitas son características de las llanuras tropicales y subtropicales, fuentes termales, así como de hábitats fuertemente calentados por el sol (desiertos, estepas). Entre las termófitas predominan los fanerófitos (árboles, arbustos) y los terófitos (anuales), así como las suculentas (Raunkiaer, 1934; Chen et al., 2024).
Rasgos morfológico-anatómicos característicos de las termófitas
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Gran tamaño y crecimiento vigoroso. En los bosques tropicales, las termófitas alcanzan alturas de 50–80 m (ceiba, Entandrophragma). El crecimiento rápido y la gran superficie foliar aseguran una alta productividad en condiciones de calor y humedad constantes. Sin embargo, en regiones cálidas áridas (desiertos), las termófitas son, por el contrario, de porte bajo y tienen hojas pequeñas.
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Rasgos xeromórficos (cuando hay falta de agua). En muchas termófitas que viven en regiones cálidas y secas, se desarrollan rasgos similares a los de las xerófitas: cutícula gruesa, pubescencia densa (a menudo blanca o plateada), hojas pequeñas o reducidas, estomas hundidos, capas de cera. Estas adaptaciones protegen contra el sobrecalentamiento y la transpiración excesiva (Serebryakova et al., 2006).
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Suculencia. En las termófitas de desiertos y semidesiertos están muy extendidas las suculentas de tallo y de hoja (cactus, agaves, aloes, euforbias). El parénquima acuífero y la cutícula gruesa les permiten soportar el sobrecalentamiento y la sequía prolongada. En las suculentas se observa a menudo la fotosíntesis CAM, en la que los estomas se abren solo por la noche, lo que reduce la pérdida de agua y elimina el sobrecalentamiento diurno.
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Características anatómicas de las hojas. En las termófitas tropicales que crecen con suficiente humedad (bosques lluviosos), las hojas son, por el contrario, grandes, delgadas, con una red de nervaduras bien desarrollada y grandes estomas, lo que asegura un intercambio gaseoso intenso y un enfriamiento transpiratorio. La epidermis a menudo contiene inclusiones cristalinas que actúan como «pantallas» para reflejar los rayos infrarrojos.
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Ternonastias y caída de hojas. Durante el período de máxima calor, muchas termófitas (por ejemplo, mimosas, algunas leguminosas) pliegan las hojas o las giran de canto al sol, y algunas (por ejemplo, árboles caducifolios tropicales en sabanas) pierden las hojas en la estación seca, lo que reduce drásticamente la absorción de energía solar.
Ejemplos de termófitas: palmeras, plátanos, higueras, mango, cacao, caucho, cactus, agaves, euforbias, muchas orquídeas, así como plantas cultivadas de origen tropical (maíz, arroz, algodón, tomates en climas cálidos).
4.3. Diferencia de xerófitas e higrófitas
Es importante no confundir psicrófitas y termófitas con los grupos distinguidos por su relación con el agua:
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Xerófitas — plantas de hábitats secos; sus adaptaciones están dirigidas a un uso económico del agua y a la obtención de humedad. Entre las xerófitas pueden haber tanto termófitas (plantas desérticas) como psicrófitas (cojines de alta montaña con rasgos xeromórficos pero a bajas temperaturas). Los rasgos xeromórficos (cutícula gruesa, pubescencia, estomas hundidos) se encuentran en ambos grupos, pero en las psicrófitas están relacionados con la protección contra la sequía de hielo, mientras que en las termófitas — con la protección contra el sobrecalentamiento y la evaporación.
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Higrófitas — plantas de hábitats húmedos. Entre las termófitas, las higrófitas son muchos habitantes de bosques tropicales (hojas grandes, cutícula fina, estomas abiertos). Entre las psicrófitas, las higrófitas son especies de turberas y tundras húmedas (ciperáceas, erióforos, sphagnum). En ellas, por el contrario, a menudo se desarrollan aerénquima y células de paredes delgadas.
Por lo tanto, los conceptos de psicrófitas y termófitas reflejan la adaptación al factor temperatura, pero los rasgos morfológico-anatómicos específicos (grado de xeromorfismo, suculencia, forma de crecimiento) están determinados por la interacción de la temperatura con el régimen hídrico y otras condiciones. En la siguiente sección se considerará la importancia aplicada del conocimiento sobre estas adaptaciones para la agricultura y la fitomejora.
5. Adaptaciones fenológicas (reserva anatómica oculta)
Junto con los rasgos morfológico-anatómicos permanentes, las plantas poseen adaptaciones fenológicas — adaptaciones relacionadas con las fechas de inicio y la duración de las fases de desarrollo (fenofases) en el ciclo anual. Estas adaptaciones permiten a la planta «escapar» de las temperaturas desfavorables, completando la vegetación activa antes de la llegada del frío o del calor y utilizando etapas protegidas (semillas, órganos subterráneos, yemas latentes). Las adaptaciones fenológicas están estrechamente relacionadas con la anatomía y la morfología, ya que se realizan a través de la estructura específica de las yemas, hojas, órganos de almacenamiento y los mecanismos de su iniciación (Serebryakova et al., 2006; Yakovlev et al., 2006).
5.1. Acortamiento del período vegetativo y tipos fenológicos
En regiones con estaciones frías o secas muy marcadas, la selección natural favorece a las especies capaces de completar su ciclo de vida en un breve período favorable. Según la duración de la vida y el carácter del desarrollo estacional, se distinguen varios grupos fenológicos:
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Efímeras — plantas anuales con un ciclo de vida muy corto (pocas semanas). Logran germinar, florecer y dar semillas durante un período húmedo y cálido, y el resto del año sobreviven como semillas. Características de desiertos, semidesiertos y estepas (por ejemplo, Eremopyrum triticeum, algunas especies de Veronica, Draba).
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Efemeroides — plantas perennes cuyos brotes aéreos viven muy poco tiempo (primavera o principios de verano) y luego mueren, dejando órganos subterráneos de almacenamiento (bulbos, tubérculos, rizomas) en estado de latencia hasta la siguiente estación favorable. Típicos de estepas, desiertos y bosques caducifolios (tulipanes, Gagea, corydalis, escillas). Gracias a la floración temprana, utilizan el recurso lumínico antes de que se desplieguen las hojas de los árboles.
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Plantas estivo-verdes — el grupo predominante en climas templados. Vegetan desde primavera hasta otoño, luego pierden las hojas y entran en un estado de latencia profunda. Forman yemas invernantes protegidas por escamas.
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Plantas perennifolias — conservan las hojas (o acículas) todo el año, pero su actividad fotosintética se reduce mucho en invierno. Requieren adaptaciones anatómicas especiales para soportar las heladas (cutícula gruesa, estomas hundidos, canales resiníferos). Características de los bosques de coníferas, brezales, tundras (arándano rojo, arándano, abeto, pino).
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Plantas inverno-verdes — conservan hojas verdes bajo la nieve, pero su vegetación comienza a principios de primavera y puede continuar en otoño (algunas especies de Sedum, Sempervivum, así como los cereales de invierno). En realidad, vegetan en dos períodos: otoño y primavera, con una pausa invernal.
5.2. Posición de las yemas de renovación y estrategia fenológica
La clasificación de Raunkiaer, mencionada en la sección 3.1, describe esencialmente una estrategia fenológica: cuanto más profundamente estén ocultas las yemas de renovación, más largo período desfavorable puede sobrevivir la planta. Sin embargo, el aspecto fenológico se complementa con el momento de iniciación de las yemas.
En las hierbas perennes y arbustos, las yemas de renovación se inician ya a mediados del verano o principios del otoño, mucho antes de la llegada del frío. En otoño están completamente formadas y tienen escamas (en fanerófitos y caméfitos) o se encuentran en las axilas de hojas que mueren o en órganos subterráneos. Un retraso en el desarrollo de las yemas (la llamada diapausa endógena) evita su germinación prematura durante los deshielos. Esta diapausa está controlada por el fotoperíodo y la temperatura (Serebryakova et al., 2006).
5.3. Caída del aparato foliar (caducifolia) como adaptación fenológico-anatómica
La caída de las hojas es un ejemplo destacado de adaptación fenológica con una clara base anatómica. En los árboles y arbustos caducifolios de la zona templada, al final del verano o principios del otoño, se forma en la base del pecíolo una capa de abscisión (zona de abscisión). Esta capa está compuesta por células pequeñas, de paredes delgadas, fácilmente separables. En ella se produce la disolución de las laminillas medias (pectinas) por la acción de enzimas (celulasa, poligalacturonasa). Los haces vasculares (xilema y floema) son bloqueados por tejidos de corcho (se depositan lignina y suberina en las células adyacentes a la capa de abscisión), lo que impide el transporte de agua y asimilados. La hoja se separa, y en su lugar se forma una almohadilla foliar protectora (cicatriz foliar), cubierta por peridermis. La caída de las hojas reduce drásticamente la superficie transpirante en invierno, evitando la deshidratación y reduciendo el riesgo de daño mecánico a las ramas por la nieve y el hielo (Mauseth, 2016).
En algunas plantas perennifolias (por ejemplo, en muchas coníferas), las hojas viven varios años (2–5 y más), y su caída ocurre gradualmente, sin la formación de una única zona de abscisión. Sin embargo, también tienen mecanismos de envejecimiento de la hoja asociados con cambios en la anatomía de las paredes celulares y la obstrucción de los vasos.
5.4. Razas fenológicas y fotoperiodismo
Dentro de una misma especie pueden existir razas fenológicas (ecotipos) que difieren en las épocas de floración y maduración. Por ejemplo, en la misma especie de arce o roble, las poblaciones de regiones del norte florecen y pierden las hojas antes que las del sur. Esto se debe a diferencias genéticamente fijadas en la sensibilidad al fotoperíodo y la temperatura. Al introducir plantas de regiones del sur en regiones del norte, pueden no tener tiempo de completar la vegetación antes de las heladas, y viceversa, las plantas del norte en condiciones de otoño cálido pueden entrar en latencia prematuramente (Graham et al., 2014). Por lo tanto, el conocimiento de las adaptaciones fenológicas es importante para la introducción y la fitomejora (véase la sección 6).
5.5. Fenología y anatomía de los órganos de almacenamiento
En muchas hierbas perennes (hemicriptófitos y criptófitos), la adaptación fenológica al frío está indisolublemente ligada a la formación de órganos subterráneos especializados de almacenamiento: rizomas, tubérculos, bulbos. Estos órganos tienen características anatómicas que aseguran una larga viabilidad: presencia de peridermis, gran cantidad de parénquima con sustancias de reserva (almidón, inulina, grasas), y yemas latentes. Con la llegada de la primavera, la movilización de las reservas permite a la planta volver a brotar rápidamente, a veces incluso antes de que el suelo se haya descongelado por completo (campanillas de invierno, escillas, corydalis). Por lo tanto, la plasticidad fenológica complementa la plasticidad morfológico-anatómica, creando un sistema integrado de adaptación al régimen de temperatura.
6. Importancia aplicada para la agricultura
El conocimiento de las adaptaciones morfológico-anatómicas y fenológicas de las plantas al régimen de temperatura no solo tiene un valor teórico sino también un gran interés práctico. Sustenta muchas técnicas agronómicas, métodos de fitomejora e introducción, y ayuda a predecir el comportamiento de las plantas cultivadas en condiciones de cambio climático. A continuación se enumeran las principales direcciones de uso aplicado de este conocimiento.
6.1. Fitomejora para la resistencia al frío y al calor
Una de las principales tareas de la fitomejora moderna es la creación de variedades resistentes a temperaturas extremas. Como donantes de rasgos se utilizan a menudo especies silvestres — psicrófitas (para la resistencia al frío) y termófitas (para la resistencia al calor). La selección se realiza utilizando marcadores morfológico-anatómicos claramente expresados:
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Resistencia al frío: presencia de pubescencia densa en hojas y brotes (reduce la pérdida de calor y protege del viento), cutícula gruesa y capa de cera, estomas hundidos, células pequeñas del mesófilo, capacidad de formar órganos subterráneos de almacenamiento y xilopodios, porte bajo o rastrero (análogo a rastreros y cojines). Los fitomejoradores también consideran rasgos fenológicos: finalización temprana de la vegetación, capacidad de las yemas para entrar rápidamente en latencia y salir de ella.
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Resistencia al calor: rasgos xeromórficos pronunciados (cutícula gruesa, pubescencia, reducción de la lámina foliar, orientación vertical de las hojas), desarrollo de parénquima acuífero (suculencia), presencia de superficie brillante (reflectante), así como movimientos de ternonastia. Para los cultivos extensivos es importante la capacidad de mantener la turgencia y mantener las hojas en orientación de perfil durante las horas del mediodía.
El uso de tales marcadores morfológicos acelera y abarata el proceso de fitomejora, ya que permite la selección masiva en condiciones de campo sin pruebas fisiológicas complejas.
6.2. Introducción y aclimatación
Al transferir plantas de una zona climática a otra, es necesario evaluar de antemano su adaptabilidad potencial. Para ello se comparan los espectros biológicos de formas de vida de la región donante y la región receptora (Raunkiaer, 1934). Por ejemplo, si los fanerófitos predominan en una región tropical, su transferencia a la zona templada sin protección especial es imposible. Por el contrario, las especies con una alta proporción de caméfitos y hemicriptófitos tienen más posibilidades de aclimatación. Al introducir especies leñosas, se presta atención a la presencia de yemas latentes y a la capacidad de renovación simpodial (Serebryakov, 1962).
El conocimiento de las razas fenológicas (ecotipos) permite seleccionar para la siembra en cada región aquellas formas que logran completar la vegetación antes de las heladas. Por ejemplo, al desplazar el trigo de primavera hacia el norte, se utilizan ecotipos de maduración temprana, en los que la fase de floración y llenado del grano se desplaza a fechas más tempranas. Esto está directamente relacionado con la sensibilidad heredada al fotoperíodo y al gradiente térmico.
6.3. Protección de las plantas contra heladas y sobrecalentamiento
Las técnicas agronómicas basadas en la morfología de las plantas pueden reducir significativamente los daños por temperaturas extremas:
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Tratamiento previo de semillas y endurecimiento de plántulas. El cultivo de plántulas a temperaturas positivas bajas (endurecimiento) induce la formación de una cutícula más gruesa, hojas más gruesas, desarrollo de pubescencia y aumento del contenido de azúcares en las células. Estas plantas toleran más fácilmente las heladas tardías.
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Formación de la copa y poda. La eliminación de las yemas apicales (pinzamiento) estimula el desarrollo de brotes laterales, lo que puede cambiar el microclima dentro de la copa y reducir el riesgo de quemaduras primaverales de la corteza. En fruticultura se utiliza la formación de copas rastreras (espalderas), que en invierno quedan mejor cubiertas por la nieve.
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Uso de materiales de cobertura y ahumado. Estos métodos protegen las flores y los ovarios de las heladas, pero su eficacia es mayor en plantas con forma compacta y de porte bajo (caméfitos y hemicriptófitos naturales).
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Control del sobrecalentamiento. En climas cálidos se practica el encalado de los troncos (reflexión de la luz solar), el riego por aspersión (enfriamiento transpiratorio) y el sombreado. Para cultivos con hojas grandes (tomates, pimientos), es útil eliminar las hojas inferiores para mejorar la ventilación y reducir el calentamiento.
6.4. Indicación de condiciones climáticas y zonificación agroecológica
Los espectros biológicos de formas de vida de la vegetación natural sirven como indicadores fiables del clima. Por ejemplo, una alta proporción de caméfitos en la flora indica un verano frío y ventoso (condiciones de tundra o alta montaña), mientras que un predominio de terófitos indica un verano caluroso y seco (tipo mediterráneo). Los agrónomos y ordenadores del territorio utilizan estos datos para evaluar la idoneidad de un territorio para el cultivo de determinados cultivos y para seleccionar sistemas de cultivo (Yakovlev et al., 2006).
Además, por los rasgos anatómicos de los parientes silvestres de las plantas cultivadas se puede juzgar su resistencia potencial. Por ejemplo, la presencia de pubescencia densa y cutícula gruesa en una especie silvestre de trigo o cebada indica su adaptación a la sequía y el calor, lo que puede ser utilizado en la fitomejora.
6.5. Enfoques biotecnológicos e ingeniería genética
Aunque este artículo no aborda la bioquímica, vale la pena mencionar que el conocimiento de los rasgos morfológico-anatómicos objetivo permite plantear objetivos para la ingeniería genética. Por ejemplo, para aumentar la resistencia a la sequía y al calor, se introducen en las plantas genes que controlan el desarrollo de la pubescencia, la capa de cera, el aparato estomático, así como genes responsables de la síntesis de cutina y suberina. Mediante edición génica (CRISPR/Cas) ya se han obtenido líneas de arroz, trigo y tomate con densidad estomática alterada y cutícula mejorada, lo que aumentó su resistencia al estrés térmico (Chen et al., 2024).
Por lo tanto, el conocimiento fundamental de las adaptaciones morfológico-anatómicas de las plantas al régimen de temperatura es la base para la producción vegetal práctica, la fitomejora y la conservación de la cubierta vegetal. Permite no solo explicar por qué las plantas sobreviven en condiciones extremas, sino también utilizar activamente estos mecanismos para aumentar la productividad y la sostenibilidad de los agroecosistemas.
Referencias
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