Raíz y Sistema Radicular

Actualizado: 01 Junio 2026EnglishРусский

La raíz y el sistema radicular son uno de los órganos vegetativos clave de las plantas superiores, que aseguran la conexión del organismo con el ambiente edáfico. A diferencia del brote, que porta hojas y yemas, la raíz posee una estructura fundamentalmente diferente y realiza funciones específicas sin las cuales la existencia de la flora terrestre moderna sería imposible.

Raíz — es un órgano vegetativo axial, radialmente simétrico, con crecimiento apical ilimitado, geotropismo positivo (crece hacia abajo, en dirección a la fuerza de gravedad), nunca porta hojas y, por lo general, carece de clorofila. Una característica distintiva de la raíz es la presencia de la cofia (caliptra), que protege el meristemo apical al atravesar las partículas sólidas del suelo (Evert, 2006; Serebryakova et al., 2006). A diferencia del brote, donde las yemas se forman exógenamente (en la superficie), las raíces laterales se forman endógenamente — en el interior de la raíz madre, en el tejido del periciclo (Beck, 2010).

Sistema radicular — es el conjunto de todas las raíces de una misma planta, unidas por un plan estructural y una función comunes. Se forma a través de la ramificación de raíces principales, laterales y adventicias. La arquitectura del sistema radicular (RSA, del inglés Root System Architecture) — la distribución espacial de las raíces de diferente orden en el suelo — es un rasgo adaptativo crucial que determina la eficiencia de la absorción de agua y nutrientes minerales (Sui et al., 2024; Lombardi et al., 2021).

Evolutivamente, la raíz apareció más tarde que el brote, y su surgimiento se asocia con la conquista de la tierra firme por las plantas. Las plantas terrestres más antiguas — los riniofitos (por ejemplo, Rhynia) — aún no poseían raíces verdaderas; su función la realizaban rizoides que anclaban el talo al sustrato. Se cree que las raíces evolucionaron a partir de ejes subterráneos ramificados — rizomoides — que gradualmente adquirieron una estructura anatómica específica y perdieron las hojas (Beck, 2010; Mauseth, 2017). En la mayoría de las plantas vasculares modernas, la raíz es un brote modificado evolutivamente: su anatomía primaria (protostela, xilema exarco) repite la estructura de los tallos de ancestros primitivos (Serebryakova et al., 2006).

Funciones principales de la raíz (Mauseth, 2017; Stern, 2020):

  1. Fijación de la planta en el suelo — proporciona estabilidad a la parte aérea.

  2. Absorción de agua y minerales — función clave realizada a través de la zona de absorción con pelos radiculares.

  3. Conducción — transporte de agua y sales minerales (flujo ascendente) y de sustancias orgánicas (flujo descendente).

  4. Síntesis de fitohormonas — en las raíces se producen citoquininas, giberelinas, ácido abscísico, que regulan el crecimiento y desarrollo de toda la planta.

  5. Almacenamiento — depósito de almidón, grasas y otras sustancias de reserva (raíces engrosadas, tubérculos radicales).

  6. Interacción con la biota del suelo — formación de micorriza y nódulos de bacterias fijadoras de nitrógeno.

Gracias a estas funciones, el sistema radicular juega un papel central en la resistencia de las plantas a estreses (sequía, salinidad, deficiencia de nutrientes) y es un objetivo prioritario de la mejora genética moderna para crear “cultivos del futuro” (Lombardi et al., 2021).

1. Funciones de la raíz

La raíz no es simplemente un ancla pasiva que sostiene a la planta en el suelo. Es un órgano altamente especializado que realiza una serie de funciones vitales sin las cuales la existencia y productividad de las plantas superiores serían imposibles. Estas funciones están estrechamente relacionadas con su estructura anatómica y actividad fisiológica.

1.1. Función de soporte (anclaje)

Lo primero que proporciona la raíz es la fijación mecánica de la planta al sustrato. Esto es especialmente importante para las plantas leñosas grandes, que resisten las cargas del viento. Un sistema potente de raíces esqueléticas, que a menudo penetran a profundidad considerable, y una red ramificada de raíces finas crean un soporte confiable. En algunos árboles tropicales (por ejemplo, los banianos) se forman raíces tabla o raíces zancas que brindan estabilidad adicional (Mauseth, 2017; Stern, 2020). Incluso en plantas herbáceas, la masa de raíces puede representar hasta un tercio de la masa seca total, lo que indica la importancia de esta función (Graham et al., 2014).

1.2. Absorción de agua y minerales

Esta es, quizás, la función más conocida de la raíz. Las raíces absorben del suelo agua con iones disueltos de macro y microelementos (nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio, azufre, hierro, etc.). La zona principal de absorción es la zona de maduración, que porta una enorme cantidad de pelos radiculares — evaginaciones de las células epidérmicas. Los pelos radiculares multiplican muchas veces la superficie absorbente: por ejemplo, en una sola planta de centeno, la longitud total de todos los pelos radiculares puede superar los 10 000 km, y el área de absorción — 400 m2 (Evert, 2006; Raven et al., 2005). Es importante destacar que la absorción de iones minerales es en gran parte un proceso activo que requiere energía (ATP). Las propias raíces “bombean” selectivamente los elementos necesarios a través de las membranas celulares utilizando proteínas transportadoras especializadas (Graham et al., 2014).

1.3. Función conductora

El agua y las sales minerales absorbidas deben ser transportadas a los brotes, hojas y órganos reproductivos. Para ello, en el cilindro central de la raíz se forma un tejido conductor — el xilema. A través de los vasos del xilema, el agua con iones disueltos asciende a la parte aérea (flujo ascendente). En dirección opuesta, desde las hojas hacia las raíces, se transportan sustancias orgánicas (productos de la fotosíntesis — principalmente sacarosa) a través de los tubos cribosos del floema, necesarias para el crecimiento y la actividad del propio sistema radicular (Evert, 2006; Serebryakova et al., 2006). De este modo, la raíz es un eslabón integral en el sistema de transporte único de la planta.

1.4. Función sintética (hormonal)

La raíz es un importante órgano endocrino. En sus zonas meristemáticas (especialmente en el ápice de la raíz) se sintetizan fitohormonas — citoquininas y giberelinas — que luego se transportan por el xilema hacia los brotes, donde regulan la división celular, el crecimiento de los tallos, el desarrollo de las hojas y retrasan la senescencia (Mauseth, 2017; Stern, 2020). Además, en las raíces se pueden sintetizar otros reguladores del crecimiento, como el ácido abscísico (especialmente en condiciones de sequía), así como diversos metabolitos secundarios — alcaloides (por ejemplo, la nicotina en las raíces del tabaco), que se acumulan en las hojas y sirven para la protección contra herbívoros (Graham et al., 2014).

1.5. Función de almacenamiento

Muchas plantas acumulan en las raíces sustancias de reserva, principalmente almidón, así como grasas y proteínas. Esta función es particularmente pronunciada en plantas bienales (zanahoria, remolacha, nabo, rábano). En el primer año de vida forman un órgano de almacenamiento potente — la raíz engrosada — donde depositan reservas, y en el segundo año las utilizan para florecer y fructificar (Graham et al., 2014). Las raíces de almacenamiento también son características de muchas plantas perennes (dalias, batata, achicoria). Anatómicamente, el tejido de almacenamiento es un parénquima muy desarrollado, ya sea de la corteza o del xilema secundario (Serebryakova et al., 2006).

1.6. Función respiratoria

La raíz, como todos los órganos vivos, respira. Consume oxígeno para oxidar sustancias orgánicas (principalmente azúcares provenientes de las hojas) y obtener ATP — la energía universal necesaria para la absorción activa de iones, el crecimiento y la división celular. Por lo tanto, el suelo debe estar suficientemente aireado. Las plantas que habitan suelos anegados o el agua han desarrollado adaptaciones especiales. Por ejemplo, los árboles de manglar forman neumatóforos — raíces respiratorias que crecen verticalmente hacia arriba (geotropismo negativo). Están atravesados por aerénquima (tejido laxo con grandes espacios intercelulares) y a través de lenticelas en la superficie absorben oxígeno del aire, suministrándolo a las partes subterráneas del sistema radicular (Graham et al., 2014; Beck, 2010). Sin acceso al oxígeno, las raíces pasan rápidamente a la respiración anaeróbica (fermentación), lo que conduce a su debilitamiento y muerte.

1.7. Interacción con otros organismos (simbiosis)

Las raíces establecen activamente relaciones mutualistas con microorganismos del suelo:

  • Micorriza (hongo‑raíz) — simbiosis con hongos del suelo. Las hifas del hongo envuelven la raíz o penetran en su corteza, aumentando la superficie absorbente y facilitando el acceso al fósforo, agua y micronutrientes. La planta, a su vez, suministra al hongo carbohidratos. La micorriza se encuentra en la gran mayoría de las plantas terrestres (Mauseth, 2017; Stern, 2020).

  • Nódulos de bacterias fijadoras de nitrógeno — característicos de las leguminosas (y algunas otras plantas). Las bacterias del género Rhizobium penetran a través de los pelos radiculares e inducen la formación de nódulos, en los cuales fijan el nitrógeno atmosférico, convirtiéndolo en formas amoniacales disponibles para la planta. Esta interacción permite a las leguminosas crecer en suelos pobres en nitrógeno y enriquecerlos con nitrógeno (Graham et al., 2014).

Todas estas funciones se realizan gracias a la compleja estructura morfológica y anatómica de la raíz, que se detallará en las siguientes secciones. Es importante recordar que la raíz es un órgano heterótrofo: depende completamente del aporte de carbohidratos provenientes de las hojas fotosintéticas. La limitación de la fotosíntesis afecta inmediatamente al crecimiento y la función del sistema radicular (Evert, 2006).

2. Morfología: Zonas de la raíz joven y tipos de sistemas radiculares

Diagrama de un corte longitudinal del ápice de raíz de Arabidopsis

Diagrama de un corte longitudinal de la raíz de <span lang="la" class="biological-name">Arabidopsis thaliana</span>

doi.org/10.3389/fpls.2021.735514[https://doi.org/10.3389/fpls.2021.735514]

La estructura externa de la raíz difiere significativamente de la del brote. En la raíz nunca hay hojas, yemas, nudos o entrenudos. Su forma es cilíndrica, a menudo con simetría radial casi perfecta. Sin embargo, una raíz joven en crecimiento no es homogénea en su estructura: si se examina longitudinalmente, se pueden distinguir varias zonas sucesivas, cada una de las cuales realiza una función específica (Fig. 1 en Evert, 2006; Serebryakova et al., 2006).

2.1. Zonas de la raíz joven

Cofia (caliptra) — estructura protectora en el extremo mismo de la raíz. Consiste en células parenquimáticas vivas que se desprenden constantemente de su superficie y son reemplazadas por células nuevas mediante la división del meristemo apical (Evert, 2006). La cofia realiza varias funciones críticamente importantes:

  1. protege el delicado meristemo apical de daños al moverse a través de suelos duros;

  2. secreta una mucílago de polisacáridos (mucigel) que lubrica la raíz y facilita su avance;

  3. participa en la percepción de la gravedad — las células de la parte central de la cofia (columela) contienen amiloplastos (estatolitos) que se sedimentan en el lado inferior de la célula, activando el mecanismo de geotropismo positivo (Mauseth, 2017; Beck, 2010).

Además, las células desprendidas de la cofia (las llamadas “células de borde”) continúan secretando mucílago y protegen la raíz de patógenos (Graham et al., 2014).

Zona de división (meristemo apical) — ubicada inmediatamente debajo de la cofia. Aquí las células se dividen intensamente, asegurando el crecimiento en longitud de la raíz y la formación de todos los tejidos primarios. Las células del meristemo son pequeñas, isodiamétricas, con citoplasma denso, núcleo grande y vacuolas pequeñas (Evert, 2006). Una característica distintiva del meristemo radicular es la presencia de un centro quiescente — un grupo de células que se dividen muy raramente y sirven como reserva para la restauración del meristemo en caso de daño (Beck, 2010; Mauseth, 2017).

Zona de elongación — aquí las células dejan de dividirse pero se alargan considerablemente debido al aumento de la vacuola central y al estiramiento de las paredes celulares. Este proceso es la causa principal del alargamiento de la raíz. Es importante que las células se alarguen selectivamente, lo que, junto con la percepción de la gravedad por la cofia, permite que la raíz crezca dirigidamente hacia abajo (geotropismo positivo) (Serebryakova et al., 2006).

Zona de absorción (zona de pelos radiculares) — región de la raíz donde las células de la epidermis (rizodermis) forman finas evaginaciones tubulares — pelos radiculares. Un pelo radicular no es una célula separada sino una evaginación de una sola célula epidérmica, lo que aumenta la superficie absorbente de la raíz decenas o cientos de veces (Graham et al., 2014). Por ejemplo, en una planta de centeno de cuatro meses, el número total de pelos radiculares se estima en 14 mil millones, y su superficie absorbente total — 400 m2 (Raven et al., 2005). Los pelos viven poco tiempo (unos pocos días), pero se forman continuamente nuevos a medida que la raíz crece. Es en esta zona donde ocurre la absorción principal de agua e iones minerales. Las células de la rizodermis tienen paredes delgadas, sin cutícula, lo que facilita la absorción (Evert, 2006).

Zona de conducción (ramificación) — la región más extensa, situada por encima de la zona de absorción. Aquí ya no hay pelos radiculares y la capa externa a menudo se suberifica (formando una exodermis). En esta zona se inician activamente las raíces laterales (endógenamente a partir del periciclo), por lo que a menudo se la llama zona de ramificación. La función principal de esta zona es conducir agua y sales minerales hacia arriba (a través del xilema) y sustancias orgánicas hacia abajo (a través del floema), así como proporcionar resistencia mecánica (Serebryakova et al., 2006; Mauseth, 2017).

A medida que la raíz crece, todas estas zonas se desplazan continuamente: la cofia y la zona de división avanzan más profundamente en el suelo, mientras que las zonas de absorción y conducción las siguen, explorando nuevos volúmenes de terreno.

2.2. Tipos de sistemas radiculares

El conjunto de todas las raíces de una planta (principal, laterales, adventicias) forma el sistema radicular. Según su origen y forma, se distinguen dos tipos principales de sistemas radiculares: pivotante y fasciculado (Serebryakova et al., 2006; Stern, 2020).

Sistema radicular pivotante es característico de la mayoría de las gimnospermas y dicotiledóneas (por ejemplo, pino, roble, girasol, zanahoria). En él se desarrolla bien una raíz principal, que se forma a partir de la radícula del embrión. La raíz principal suele ser más grande que las demás, crece verticalmente hacia abajo (ortógropa) y persiste durante toda la vida de la planta. De ella parten raíces laterales de primer y subsiguientes órdenes. Este sistema permite a la planta penetrar profundamente en el suelo, obteniendo agua de horizontes inferiores, lo que es especialmente importante en condiciones áridas (Evert, 2006). En muchos cultivos bienales (zanahoria, rábano, remolacha), la raíz principal se engrosa notablemente y se convierte en un órgano de almacenamiento — raíz engrosada (Graham et al., 2014).

Sistema radicular fasciculado es típico de la mayoría de las monocotiledóneas (por ejemplo, trigo, maíz, cebolla, palmas). En él, la raíz principal muere temprano o está poco desarrollada y no se distingue entre las demás. La mayor parte la constituyen raíces adventicias, que surgen del tallo (generalmente de los nudos, subterráneos o aéreos). Todas las raíces de este sistema son aproximadamente del mismo grosor, forman una red densa y ramificada en la capa superficial del suelo, a menudo entrelazándose. El sistema fasciculado retiene eficazmente la capa superficial fértil, previene la erosión y explota rápidamente la humedad de las precipitaciones (Stern, 2020; Beck, 2010).

También existen tipos mixtos o de transición. Por ejemplo, muchas hierbas perennes (trébol, alfalfa) desarrollan una raíz pivotante potente, pero además de ella crecen numerosas raíces adventicias del tallo, creando un sistema “combinado” (Serebryakova et al., 2006).

Es importante señalar que la arquitectura del sistema radicular (RSA) no solo es un rasgo hereditario, sino también un parámetro plástico que cambia según las condiciones ambientales (disponibilidad de agua, densidad del suelo, presencia de nutrientes) (Lombardi et al., 2021). La agricultura moderna busca activamente formas de manejar el tipo de sistema radicular para aumentar la tolerancia a la sequía y la eficiencia en el uso de fertilizantes (Sui et al., 2024).

3. Anatomía: Estructura primaria y secundaria

La estructura interna de la raíz refleja bien sus funciones: absorción, conducción, almacenamiento y resistencia mecánica. A diferencia del tallo, la anatomía de la raíz es relativamente más simple y está organizada en un patrón radial. Es importante distinguir dos etapas en el desarrollo de la raíz: la estructura primaria, que persiste en todas las plantas en edad temprana y en las monocotiledóneas de por vida, y la estructura secundaria, que aparece en gimnospermas y dicotiledóneas debido a la actividad del cambium (Evert, 2006; Serebryakova et al., 2006).

3.1. Estructura primaria de la raíz

La estructura anatómica primaria se forma a partir del meristemo apical. En un corte transversal de una raíz joven (en la zona de absorción) se distinguen claramente tres partes principales: rizodermis, corteza primaria y cilindro central (estele) (Beck, 2010).

Rizodermis (epiblema) — el tejido protector primario. Consiste en una sola capa de células vivas de pared delgada, a menudo con pelos radiculares. La rizodermis carece de cutícula y permite libremente el paso de agua e iones minerales disueltos. Su función principal es la absorción (Evert, 2006). En la zona de conducción, la rizodermis generalmente se desprende, dando paso a la exodermis protectora.

Corteza primaria — la parte más masiva de la raíz joven. Consiste en células parenquimáticas, a menudo con espacios intercelulares, y realiza varias funciones:

  1. conductora — transporte de agua e iones desde la rizodermis al cilindro central (vía apoplasto y simplasto);

  2. de almacenamiento — en las células de la corteza se deposita almidón;

  3. mecánica (en algunas plantas);

  4. de aireación — los espacios intercelulares permiten el intercambio gaseoso (Mauseth, 2017; Raven et al., 2005).

La capa interna de la corteza — endodermis — es uno de los elementos clave de la raíz.

Endodermis — un cilindro unicelular de células estrechamente unidas que, en etapas tempranas de desarrollo, presentan en sus paredes radiales y transversales las bandas de Casparí — engrosamientos locales impregnados de suberina y lignina. Las bandas de Casparí son una barrera hidrófoba: interrumpen la vía apoplástica, forzando al agua y a los iones disueltos a pasar a la vía simplástica, es decir, a atravesar la membrana plasmática de las células endodérmicas. De este modo, la endodermis actúa como un filtro selectivo que controla la entrada de sustancias al cilindro central (Beck, 2010; Evert, 2006). En muchas plantas (especialmente en monocotiledóneas), la endodermis luego se engrosa con una lámina de suberina e incluso capas de celulosa, y también tiene células de paso (células que conservan solo las bandas de Casparí), a través de las cuales continúa el transporte selectivo (Serebryakova et al., 2006).

Cilindro central (estele) incluye:

  • Periciclo — una o varias capas de células parenquimáticas situadas debajo de la endodermis. Las células del periciclo conservan durante mucho tiempo su capacidad meristemática. En ellas se inician endógenamente las raíces laterales y, en dicotiledóneas, participan en la formación del cambium y del cambium suberoso (Mauseth, 2017).

  • Xilema primario (leño) — ocupa la parte central o forma radios. En la mayoría de las raíces, el xilema tiene forma de estrella con varios brazos (de 2 a 5 en dicotiledóneas, hasta muchos en monocotiledóneas — el llamado xilema poliarca). Se diferencia exarcamente: los primeros vasos (protoxilema) se ubican en los extremos de los brazos, más cerca del periciclo, mientras que el metaxilema más tardío está en el centro. Esta orientación asegura un transporte eficiente de agua desde la periferia de la estela hacia su centro (Evert, 2006; Beck, 2010).

  • Floema primario (líber) — se sitúa entre los brazos del xilema, alternando con ellos. El floema, al igual que el xilema, se desarrolla exarcamente (protofloema por fuera, metafloema por dentro). Conduce sustancias orgánicas desde el brote a la raíz.

  • Parénquima central — a veces (especialmente en monocotiledóneas) se conserva una médula parenquimática en el centro de la raíz. En la mayoría de las dicotiledóneas, la médula está ausente y los vasos del metaxilema se unen en el centro (Serebryakova et al., 2006).

Esta estructura primaria asegura una absorción eficiente y una conductividad radial, y es la que persiste durante toda la vida en monocotiledóneas y muchas dicotiledóneas herbáceas.

3.2. Estructura secundaria de la raíz

En gimnospermas y dicotiledóneas leñosas (y también en muchas herbáceas), las raíces pueden engrosarse debido a la actividad de meristemas secundarios — cambium y felógeno (cambium suberoso) (Evert, 2006).

Formación y actividad del cambium. El cambium se origina en el cilindro central. Primero, entre el xilema primario y el floema primario (en los espacios parenquimáticos), aparecen franjas arqueadas de cambium. Luego, el cambium “rodea” los extremos de los brazos del xilema, fusionándose en un cilindro continuo. La parte del cambium que da xilema deposita células hacia el interior (xilema secundario — leño), y la parte que da floema deposita células hacia el exterior (floema secundario — líber). Dado que el cambium deposita mucho más xilema secundario que floema, el cilindro central se expande considerablemente, comprimiendo y destruyendo gradualmente la corteza primaria (Mauseth, 2017; Serebryakova et al., 2006). En la mayoría de las raíces, el xilema secundario es rico en células parenquimáticas y los vasos son más grandes que en el tallo; los anillos anuales están menos marcados o ausentes (Beck, 2010).

Formación de la peridermis. Simultáneamente con la actividad del cambium, en el periciclo (o, más raramente, en las capas externas del floema) se origina el felógeno (cambium suberoso). Este deposita hacia el exterior súber (felema) — células muertas suberificadas — y hacia el interior células vivas de felodermis. El súber protege la raíz de la pérdida de agua y de la entrada de patógenos. El conjunto de súber, felógeno y felodermis se denomina peridermis. A medida que la corteza primaria y la rizodermis mueren y se desprenden, la peridermis se convierte en la capa protectora externa (Evert, 2006; Raven et al., 2005).

Resultado final de la estructura secundaria. En una raíz secundaria completamente formada (por ejemplo, en manzano, tilo, roble), se pueden distinguir (de fuera a dentro): peridermis (a veces transformada en ritidoma), restos de floema primario, floema secundario, cambium, xilema secundario (que ocupa la mayor parte), y en el centro — xilema primario (a veces con restos de parénquima). Esta estructura permite a la raíz realizar simultáneamente funciones de soporte, conducción y almacenamiento, así como crecer en grosor durante muchos años (Beck, 2010).

Por lo tanto, la anatomía de la raíz es un ejemplo de adaptación evolutiva, donde la simplicidad de la estructura primaria (haz radial, xilema exarco) está idealmente adaptada para la absorción y el transporte radial, mientras que la estructura secundaria lo está para el crecimiento perenne y el aumento de la resistencia mecánica.

4. Crecimiento y arquitectura (plasticidad, geotropismo, ramificación)

El crecimiento y la arquitectura del sistema radicular están determinados tanto por un programa genéticamente fijado como por una alta plasticidad en respuesta a las condiciones ambientales. La raíz se alarga continuamente mediante el meristemo apical, explora nuevos volúmenes de suelo a través de la ramificación y es capaz de cambiar la dirección de crecimiento en respuesta a la gravedad, la humedad, la densidad del sustrato y la disponibilidad de nutrientes (Lombardi et al., 2021; Mauseth, 2017).

4.1. Crecimiento en longitud de la raíz

El crecimiento en longitud de la raíz ocurre mediante la división celular en el meristemo apical y su posterior elongación en la zona de elongación. A diferencia del brote, donde el meristemo apical está protegido por primordios foliares, el meristemo radicular está cubierto por la cofia. Dentro del propio meristemo se encuentra el centro quiescente — un grupo de células que se dividen raramente, pero que cuando las células meristemáticas circundantes se dañan, se activan rápidamente y restauran el ápice (Evert, 2006; Beck, 2010). La división de las células iniciales y la posterior elongación de sus derivadas aseguran que el extremo de la raíz avance decenas de milímetros por día (en algunos pastos, hasta varios centímetros). Al mismo tiempo, las propias zonas (división, elongación, absorción) mantienen una longitud constante y parecen “deslizarse” hacia adelante (Serebryakova et al., 2006).

4.2. Geotropismo (gravitropismo)

Las raíces de la mayoría de las plantas presentan geotropismo positivo — crecen en la dirección del vector de gravedad. Esto les permite penetrar en el suelo y utilizar horizontes más húmedos. La percepción de la gravedad ocurre en la columela — la parte central de la cofia. Las células de la columela contienen amiloplastos (estatolitos) — gránulos densos de almidón que, bajo la acción de la gravedad, se sedimentan en la pared inferior de la célula (Beck, 2010; Graham et al., 2014).

El asentamiento de los estatolitos desencadena una cascada de señales, cuyo eslabón central es la redistribución de transportadores de auxina (proteínas PIN) en las células de la cofia. Como resultado, la auxina se acumula en el lado inferior de la raíz, en la zona de elongación, donde a altas concentraciones inhibe la expansión celular. El lado superior, que recibe menos auxina, se alarga más rápido, y la raíz se curva hacia abajo (Mauseth, 2017; Evert, 2006). Este mecanismo asegura el crecimiento vertical de la raíz principal y establece el ángulo de fijación gravitrópico (GSA) de las raíces laterales, que puede variar desde casi vertical hasta horizontal (Lombardi et al., 2021). El ángulo de fijación está controlado por la expresión de genes como EXOCYST70A3 y PIN4, y afecta la profundidad de penetración del sistema radicular (Ogura et al., 2019).

Algunas raíces, por ejemplo los neumatóforos de los mangles, crecen hacia arriba (geotropismo negativo), mientras que las raíces rastreras pueden ser diageotrópicas (horizontales). Estas desviaciones están asociadas con adaptaciones ecológicas especiales (Graham et al., 2014).

4.3. Ramificación de la raíz (formación de raíces laterales)

La ramificación es un mecanismo clave para aumentar la superficie absorbente del sistema radicular. Las raíces laterales se inician endógenamente — dentro de la raíz madre, en el periciclo. El proceso incluye varias etapas sucesivas (Benková & Bielach, 2010; Dastidar et al., 2012):

  1. Especificación de células fundadoras. En una zona determinada de la raíz (generalmente frente a los brazos del xilema), las células del periciclo adquieren la capacidad de dividirse bajo la influencia de la acumulación local de auxina. Los factores de transcripción ARF7, ARF19 y su represor IAA14 desempeñan un papel clave (Mauseth, 2017).

  2. Formación del primordio. Las células fundadoras se dividen, formando un pequeño domo — el primordio de la raíz lateral. Divisiones anticlinales y periclinales sucesivas generan una estructura organizada (etapas I a VIII), en la que se establecen su propia cofia, meristemo y cilindro central (Serebryakova et al., 2006; Beck, 2010).

  3. Emergencia a través de la corteza. El primordio en crecimiento secreta enzimas (por ejemplo, poligalacturonasas) que ablandan las laminillas medias de las células corticales. La presión mecánica y la degradación enzimática permiten que la raíz lateral atraviese la endodermis, la corteza y finalmente la epidermis hacia el exterior (Evert, 2006). La endodermis en el lugar de salida a menudo se rompe, y luego se forma una capa protectora de células del periciclo alrededor de la nueva raíz.

  4. Activación de su propio meristemo. Después de emerger a la superficie, la raíz lateral joven desarrolla un meristemo apical funcional y comienza su propio crecimiento primario y (en dicotiledóneas) secundario.

La ramificación de la raíz es un proceso altamente plástico. Su frecuencia y la ubicación de las raíces laterales pueden cambiar en respuesta a la humedad del suelo, la disponibilidad de nitratos, fosfatos y la estimulación mecánica (Dastidar et al., 2012). Por ejemplo, en parches locales ricos en nitratos se induce una ramificación adicional, lo que aumenta la eficiencia del uso de los recursos (“hidropatronamiento”) (Orosa‑Puente et al., 2018; Lombardi et al., 2021).

4.4. Arquitectura del sistema radicular y su plasticidad

Arquitectura del sistema radicular (RSA) es el conjunto de características espaciales: profundidad de penetración, ángulo de inclinación de las ramas, densidad de ramificación, diámetro de las raíces y velocidad de crecimiento. La RSA es el resultado de la interacción entre el programa genético y los factores ambientales (humedad, densidad, acidez del suelo, contenido de nutrientes) (Sui et al., 2024; Lombardi et al., 2021).

Se distinguen dos tipos principales de RSA (ya mencionados en la sección 2): pivotante (con raíz principal dominante) y fasciculado (con un sistema de raíces adventicias). Sin embargo, dentro de estos tipos existe una enorme diversidad. Por ejemplo, en muchos cereales bajo sequía, puede intensificarse el crecimiento de raíces profundas (RSA profunda), lo que aumenta la tolerancia a la sequía (Uga et al., 2013; Graham et al., 2014). Por el contrario, bajo humedad superficial, se desarrolla una RSA más ramificada pero superficial.

La plasticidad de la RSA está asegurada por una compleja regulación hormonal, en la que la auxina juega un papel central. Coordina la elongación de la raíz principal, la iniciación y el crecimiento de las raíces laterales, así como su ángulo de inclinación (respuesta gravitrópica). Otras hormonas — citoquininas, etileno, ácido abscísico y brasinosteroides — modulan las respuestas al estrés (Benková & Bielach, 2010; Dastidar et al., 2012). Por ejemplo, bajo deficiencia de fósforo, se suprime el crecimiento de la raíz principal pero se estimula la ramificación, lo que aumenta el área de búsqueda (Sui et al., 2024).

Por lo tanto, el sistema radicular es una estructura dinámica, capaz de reorganizar rápidamente su arquitectura en respuesta a condiciones cambiantes. La comprensión de los mecanismos moleculares de esta plasticidad abre posibilidades para la modificación dirigida de los sistemas radiculares de los cultivos con el fin de aumentar su tolerancia a la sequía, la salinidad y la deficiencia de nutrientes (Lombardi et al., 2021; Sui et al., 2024).

5. La raíz en el suelo: Rizosfera y simbiosis

La raíz no existe de forma aislada — interactúa constantemente con los componentes vivos y no vivos del suelo. La región del suelo directamente adyacente a la raíz e influenciada por ella se denomina rizosfera. Este es un nicho ecológico único donde la concentración de microorganismos es decenas y cientos de veces mayor que en el suelo circundante, y donde ocurren procesos clave que determinan la nutrición mineral de la planta (Graham et al., 2014; Mauseth, 2017).

5.1. Rizosfera y exudados radicales

Las raíces liberan activamente al suelo circundante diversos compuestos orgánicos — exudados radicales (mucigel, ácidos orgánicos, azúcares, aminoácidos, compuestos fenólicos, enzimas). Estos exudados realizan varias funciones (Evert, 2006; Raven et al., 2005):

  • Lubricación y protección — los polisacáridos mucilaginosos (mucigel) secretados por la cofia y la rizodermis facilitan el avance de la raíz en el suelo y protegen el ápice de la desecación y de patógenos.

  • Movilización de nutrientes — los ácidos orgánicos (cítrico, málico, oxálico) acidifican la rizosfera, promoviendo la disolución de fosfatos poco solubles, y también se unen a iones tóxicos de aluminio en suelos ácidos (Raven et al., 2005; Stern, 2020).

  • Quimiotaxis y señalización — los exudados atraen microorganismos benéficos (bacterias fijadoras de nitrógeno, hongos micorrícicos) y, por el contrario, repelen o suprimen patógenos.

Gracias a los exudados, la rizosfera se convierte en una zona de intenso metabolismo microbiológico, lo que acelera el ciclo de los elementos y aumenta la disponibilidad de nitrógeno, fósforo, hierro y otros elementos para la planta (Graham et al., 2014).

5.2. Micorriza — hongo‑raíz

Micorriza (del griego mykes — hongo y rhiza — raíz) es una simbiosis mutualista entre las raíces de la mayoría de las plantas terrestres (más del 80% de las especies) y hongos del suelo. El hongo recibe de la planta carbohidratos (azúcares) y otras sustancias orgánicas, mientras que la planta obtiene una absorción significativamente mejorada de agua, fósforo, nitrógeno y micronutrientes (Mauseth, 2017; Beck, 2010). Se distinguen dos tipos principales de micorriza (Graham et al., 2014; Stern, 2020):

  1. Ectomicorriza — característica de muchas plantas leñosas (pino, roble, abedul, haya) y algunos arbustos. Las hifas del hongo envuelven la raíz externamente, formando una densa vaina (manto), y penetran en los espacios intercelulares de la corteza, formando la llamada red de Hartig. El hongo no penetra dentro de las células. Las hifas externas multiplican enormemente la superficie absorbente de la raíz, extrayendo eficazmente fósforo y agua de suelos pobres (Evert, 2006; Mauseth, 2017).

  2. Endomicorriza — el tipo más extendido, se encuentra en la gran mayoría de las plantas herbáceas, muchos pastos, leguminosas, tomates, etc. El hongo no forma una vaina externa; sus hifas penetran en el interior de las células de la corteza, formando arbúsculos — ramificaciones arborescentes rodeadas por la membrana plasmática de la célula huésped. Los arbúsculos permiten un intenso intercambio de nutrientes. Además, en los espacios intercelulares a menudo se forman vesículas — estructuras redondeadas para almacenar reservas (lípidos). Por ello, la endomicorriza se denomina a menudo micorriza vesículo‑arbuscular (MVA) (Raven et al., 2005; Graham et al., 2014).

La micorriza es especialmente importante para la absorción de fósforo, que en el suelo a menudo se encuentra en formas poco disponibles (unido a calcio, hierro o aluminio). Las hifas del hongo penetran en los microporos del suelo donde no pueden entrar los pelos radiculares y secretan fosfatasas y ácidos orgánicos, liberando iones fosfato. A cambio, la planta suministra al hongo carbohidratos (hasta el 20% de los productos fotosintéticos puede dirigirse a la micorriza) (Mauseth, 2017; Stern, 2020). La importancia agrícola de la micorriza es muy grande: el laboreo del suelo, la aplicación de altas dosis de fertilizantes fosforados y el uso de algunos fungicidas pueden suprimir la formación de micorriza, reduciendo la fertilidad natural del suelo (Graham et al., 2014).

5.3. Nódulos y fijación de nitrógeno

Aunque el nitrógeno atmosférico (N2) constituye aproximadamente el 78% del aire, la mayoría de las plantas no pueden asimilarlo directamente. Sin embargo, algunas bacterias (principalmente de los géneros Rhizobium, Bradyrhizobium, así como actinobacterias del género Frankia y cianobacterias) poseen la enzima nitrogenasa, capaz de reducir N₂ a amonio (NH4\+). Este proceso se denomina fijación biológica de nitrógeno (Raven et al., 2005; Graham et al., 2014).

La simbiosis más estudiada es la de las plantas leguminosas (familia Fabaceae) con rizobios. El proceso incluye varias etapas (Evert, 2006; Stern, 2020):

  1. Reconocimiento — los exudados radiculares (flavonoides) estimulan la multiplicación de los rizobios en la rizosfera e inducen la expresión de los genes bacterianos nod.

  2. Infección — las bacterias penetran a través de un pelo radicular, formando un filamento de infección — una estructura tubular de pared celular que crece a través de la corteza hacia el periciclo.

  3. Formación del nódulo — bajo la influencia de las señales bacterianas (factores Nod), las células de la corteza comienzan a dividirse intensamente, formando una protuberancia — el nódulo. Las bacterias salen del filamento de infección hacia el citoplasma de algunas células del nódulo, donde se transforman en bacteroides — formas activamente fijadoras de nitrógeno.

  4. Fijación de nitrógeno — dentro de los bacteroides, la nitrogenasa reduce N2 a NH4\+. La reacción requiere mucha energía (ATP) y agentes reductores fuertes, que los bacteroides obtienen de la planta en forma de ácidos orgánicos. La nitrogenasa es extremadamente sensible al oxígeno, por lo que las células del nódulo sintetizan leghemoglobina — una proteína que contiene hierro, similar a la hemoglobina, que se une al O2, creando las condiciones anaeróbicas necesarias para el funcionamiento de la enzima (Mauseth, 2017; Beck, 2010).

  5. Intercambio de metabolitos — el amonio formado se incorpora rápidamente en aminoácidos (glutamina, asparagina) y se transporta a través de los vasos del xilema hacia los brotes, proporcionando a la planta nitrógeno disponible.

Como resultado, las leguminosas pueden crecer en suelos pobres en nitrógeno mineral y acumular una gran cantidad de proteína en sus semillas. Además, después de la descomposición de las raíces y los nódulos, el suelo se enriquece con nitrógeno, lo que se utiliza en las rotaciones de cultivos (Graham et al., 2014). Simbiosis similares con actinobacterias fijadoras de nitrógeno las forman el aliso (Alnus), el espino amarillo (Hippophae) y algunas especies de Casuarina (Beck, 2010).

Es importante destacar que ambos tipos de simbiosis — micorriza y nódulos — no son infecciones pasivas, sino interacciones genéticamente programadas gobernadas por complejas vías de señalización. Los estudios en Arabidopsis y leguminosas han revelado genes comunes que controlan ambos tipos de interacciones (por ejemplo, los genes responsables de la percepción de los factores Nod fueron reclutados a partir de sistemas más antiguos que regulan la formación de micorrizas) (Dastidar et al., 2012; Lombardi et al., 2021).

Por lo tanto, la rizosfera y las simbiosis radicales son el “frente oculto” de la vida de la planta, determinando en gran medida su productividad, tolerancia al estrés y competitividad en ecosistemas naturales y agroecosistemas.

6. Influencia de los factores ambientales en el crecimiento y desarrollo de la raíz

El crecimiento y la arquitectura del sistema radicular (RSA) son extremadamente plásticos y responden sensiblemente a los cambios en las propiedades físicas, químicas y biológicas del suelo. La planta es capaz de percibir gradientes de humedad, temperatura, densidad, pH, salinidad y disponibilidad de nutrientes, y luego reorganizar su aparato radicular en consecuencia — acelerar o ralentizar el crecimiento de la raíz principal, cambiar el ángulo y la frecuencia de ramificación de las raíces laterales, potenciar el desarrollo de pelos radiculares o establecer simbiosis. Esta plasticidad está asegurada por una compleja red de regulación hormonal y molecular, con la auxina en el centro (Dastidar et al., 2012; Sui et al., 2024; Lombardi et al., 2021).

6.1. Régimen hídrico: sequía y anegamiento

Sequía (déficit hídrico) — uno de los factores más poderosos que limitan la productividad de las plantas. Las raíces son las primeras en percibir la falta de agua. Bajo un déficit leve o moderado, la planta puede potenciar el crecimiento de raíces de penetración profunda (RSA profunda tolerante a la sequía) y aumentar la ramificación en horizontes más húmedos (hidropatronamiento — la capacidad de las raíces para ramificarse preferentemente en el lado que mira hacia una fuente de agua) (Orosa‑Puente et al., 2018). Esto implica cambios en la expresión de genes que controlan el ángulo gravitrópico (por ejemplo, DEEPER ROOTING 1 en arroz) y la activación de la síntesis de ácido abscísico (ABA) en las raíces, que envía una señal al brote, provocando el cierre de los estomas y la reducción de la transpiración (Sui et al., 2024; Uga et al., 2013). Sin embargo, bajo sequía severa y prolongada, el crecimiento de las raíces se inhibe: disminuye la división celular en el meristemo apical, se reduce la elongación, se ralentiza la ramificación. Los pelos radiculares mueren, y la endodermis y exodermis pueden suberificarse adicionalmente para reducir la pérdida de agua de la raíz hacia el suelo seco (Mauseth, 2017; Graham et al., 2014).

Neumátóforos de mangle
Figure 1. Neumátóforos del mangle gris (Avicennia marina)

Fotografía de raíces respiratorias (neumatóforos) de un mangle que crecen verticalmente hacia arriba desde el agua. author::Peripitus[https://commons.wikimedia.org/wiki/User:Peripitus] https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Pneumatophore_overkill_-_grey_mangrove.JPG CC BY-SA 3.0

Anegamiento (inundación, hipoxia) — un factor no menos peligroso, ya que las raíces necesitan oxígeno para respirar. En suelos anegados, la difusión de O2 se ralentiza drásticamente, desarrollándose hipoxia o anoxia. Las raíces cambian a respiración anaeróbica (fermentación), que produce 18 veces menos ATP que la respiración aeróbica. Como resultado, cesa el transporte activo de iones, se detiene la división y el crecimiento, y las células de la corteza pueden morir (Graham et al., 2014). Las adaptaciones al anegamiento incluyen la formación de aerénquima — tejido laxo con grandes espacios intercelulares que facilita la difusión de oxígeno desde las partes aéreas a las raíces. En algunas plantas (por ejemplo, mangles, arroz) se forman raíces respiratorias especiales — neumatóforos — que crecen verticalmente hacia arriba, suministrando oxígeno a las partes subterráneas (Raven et al., 2005; Beck, 2010). También, bajo hipoxia, puede inducirse el desarrollo de raíces adventicias, que surgen más cerca de la superficie donde hay más oxígeno (Stern, 2020).

6.2. Temperatura

La temperatura del suelo afecta la velocidad de división celular en el meristemo, la actividad enzimática y la intensidad de la respiración. Cada especie tiene su propio óptimo de temperatura para el crecimiento de las raíces (generalmente alrededor de +20…+25 °C). Cuando la temperatura desciende por debajo de +5…+10 °C, el crecimiento de las raíces se ralentiza bruscamente, y durante las heladas (en especies sensibles) puede detenerse por completo, muriendo las células. El aumento de la temperatura por encima de +35…+40 °C también inhibe las raíces debido a la desnaturalización de proteínas y la alteración de las membranas (Mauseth, 2017). Las plantas perennes de zonas templadas están adaptadas a las fluctuaciones estacionales: en otoño, el crecimiento de las raíces se detiene, comienza un período de dormancia, y en primavera se reanuda cuando el suelo se calienta (Serebryakova et al., 2006).

6.3. Densidad del suelo y resistencia mecánica

El crecimiento de la raíz en suelos densos, pedregosos o compactados (por ejemplo, después del paso de maquinaria pesada) se dificulta. La cofia secreta menos mucigel, las células de la zona de elongación se comprimen, reduciendo la velocidad de alargamiento. Sin embargo, la planta puede superar parcialmente la resistencia mecánica mediante un crecimiento sinuoso, la búsqueda de grietas y poros, y el cambio en la rigidez de la pared celular (bajo la acción del etileno y la auxina) (Evert, 2006). La ramificación puede suprimirse y el sistema radicular se empobrece, lo que afecta negativamente la absorción de agua y nutrientes (Raven et al., 2005).

6.4. Acidez del suelo (pH)

La mayoría de las plantas cultivadas prefieren una reacción del suelo neutra o ligeramente ácida (pH 6,0–7,0). Bajo una acidificación fuerte (pH < 5,0), aumenta la movilidad de los iones tóxicos de aluminio (Al3+) y manganeso (Mn2+), que dañan los meristemas radiculares, inhiben la elongación celular y reducen la absorción de calcio y magnesio (Graham et al., 2014). Además, en ambientes ácidos se suprime el crecimiento de bacterias beneficiosas y hongos micorrícicos. Las plantas pueden adaptarse a suelos ácidos secretando ácidos orgánicos (cítrico, málico) que se unen al Al3+ en quelatos no tóxicos, y aumentando la actividad de las bombas de protones para mantener la homeostasis (Sui et al., 2024; Mauseth, 2017).

Bajo alcalinización (pH > 8,0), disminuye la disponibilidad de hierro, manganeso, zinc y fósforo, lo que provoca clorosis y retraso en el crecimiento de las raíces.

6.5. Estrés salino (salinidad)

Las altas concentraciones de sales (especialmente NaCl) en el suelo crean estrés osmótico — el agua entra con dificultad a las raíces — y desequilibrio iónico (exceso de Na+ y Cl-). Las raíces responden a la salinidad reduciendo la velocidad de elongación celular, suprimiendo la ramificación y engrosando las paredes celulares de la endodermis y exodermis para potenciar la función de barrera (Sui et al., 2024). En las especies tolerantes a la sal (halófitas), existen mecanismos para eliminar el Na\+ del citoplasma hacia la vacuola (mediante antiportadores Na+/H\+) o secretar sales a través de glándulas salinas en la superficie de los brotes (Raven et al., 2005). La auxina y el ABA desempeñan papeles clave en la reorganización del crecimiento de las raíces bajo salinidad, provocando que la raíz se aleje de las zonas con alta concentración de sales (halotropismo) (Lombardi et al., 2021).

6.6. Deficiencia de elementos minerales (N, P, K, Fe)

La raíz es capaz de “explorar” el suelo en busca de nutrientes y reorganizar su arquitectura para buscarlos de manera más eficiente:

  • Deficiencia de nitrógeno (N) — estimula la elongación de la raíz principal y una mayor ramificación en parches ricos en nitratos (respuesta local). Bajo deficiencia global de nitrógeno, la ramificación general puede disminuir, mientras que los pelos radiculares se alargan para aumentar el área de contacto con el suelo (Dastidar et al., 2012; Benková & Bielach, 2010). El sensor de nitrato NRT1.1 y el péptido señal ANR1 desempeñan papeles importantes (Mauseth, 2017).

  • Deficiencia de fósforo (P) — uno de los modificadores más fuertes de la RSA. Disminuye el crecimiento de la raíz principal, pero se estimula la formación y el crecimiento de raíces laterales y pelos radiculares, y su ángulo de inclinación se hace más superficial (aumentando la eficiencia de búsqueda en la capa superficial, rica en materia orgánica) (Sui et al., 2024). Las raíces secretan ácidos orgánicos y fosfatasas que movilizan fosfatos poco solubles. También se potencia la formación de micorrizas.

  • Deficiencia de potasio (K) y hierro (Fe) — también provocan un aumento de la ramificación y cambios en los exudados radicales (mayor cantidad de quelantes y reductores para Fe3+) (Raven et al., 2005; Graham et al., 2014).

6.7. Obstáculos mecánicos y luz

Al encontrar un obstáculo (piedra, capa compactada), la raíz puede curvarse o, más raramente, formar raíces aéreas que rodean la barrera. Esto también está asociado con la redistribución local de auxina y la respuesta a la presión (tigmotropismo) (Evert, 2006). La luz, aunque normalmente no llega a las raíces (excepto las raíces aéreas), en condiciones experimentales puede inhibir el crecimiento de las raíces (fototropismo negativo), lo que rara vez tiene importancia en condiciones naturales.

Por lo tanto, los factores ambientales actúan sobre la raíz de manera compleja, a través de redes de señalización comunes (auxina, etileno, ABA, brasinosteroides, sensores específicos de nitrato). La comprensión de estos mecanismos permite a los fitomejoradores crear variedades con sistemas radiculares optimizados para condiciones edafoclimáticas específicas — los llamados “cultivos preparados para el clima” (climate‑ready crops) (Lombardi et al., 2021; Sui et al., 2024).

7. Interrelación raíz‑brote

La raíz y el brote no son partes independientes de la planta. Entre ellos existe un intercambio bidireccional constante de sustancias y señales que asegura la integridad del organismo y coordina su crecimiento y desarrollo. Esta relación a menudo se describe en términos de relaciones fuente‑sumidero, donde algunos órganos suministran (donan) ciertos compuestos y otros los consumen (sumidero) (Evert, 2006; Mauseth, 2017). La interrupción de la conexión entre raíz y brote (por ejemplo, durante el trasplante, daño o corte) afecta inmediatamente al estado de toda la planta.

7.1. Balance raíz‑brote (relación raíz:brote)

La planta mantiene un equilibrio relativo entre la masa del sistema radicular y la masa del brote. Este equilibrio puede cambiar según las condiciones ambientales. La relación raíz:brote (root:shoot ratio) es un indicador importante de adaptación. Por ejemplo, bajo sequía o deficiencia de nitrógeno, la planta dirige más asimilados a las raíces, estimulando su crecimiento para mejorar el suministro de agua y la búsqueda de nutrientes. Por el contrario, bajo sombreado o exceso de nitrógeno, la mayor parte de los recursos se destina al brote (Raven et al., 2005; Stern, 2020). El mantenimiento de este equilibrio es el resultado de una compleja señalización hormonal y de nutrientes.

7.2. Transporte de agua y elementos minerales al brote

La raíz absorbe agua e iones disueltos del suelo y los transporta a través del xilema a la parte aérea. Este flujo ascendente está asegurado por dos mecanismos (Evert, 2006; Graham et al., 2014):

  1. Presión radicular — surge por el transporte activo de iones al xilema, lo que aumenta su potencial osmótico y provoca la entrada de agua. La presión radicular puede elevar el líquido varios metros y se manifiesta especialmente durante la gutación (exudación de gotas de agua en los bordes de las hojas por la mañana).

  2. Tracción transpiratoria — el principal motor. La evaporación del agua de la superficie de las hojas crea una presión hidrostática negativa (tensión) que se transmite a través de columnas de agua continuas en los vasos del xilema hacia abajo, hasta las raíces, y “tira” del agua desde el suelo.

Por lo tanto, la raíz no “empuja” el agua hacia arriba, sino que más bien la “tira” desde abajo gracias a la actividad de las hojas. Sin embargo, la presión radicular es importante para rellenar los vasos del xilema después del invierno y para el ascenso de la savia en plantas de porte bajo (Mauseth, 2017).

7.3. Suministro de sustancias orgánicas a la raíz

La raíz es un órgano heterótrofo. Es incapaz de realizar la fotosíntesis (con raras excepciones — algunas orquídeas) y, por lo tanto, depende completamente del suministro de sustancias orgánicas, principalmente sacarosa, desde la parte aérea. La sacarosa se produce en las hojas durante la fotosíntesis y se transporta a través de los tubos cribosos del floema hacia abajo, a las raíces. En las raíces, la sacarosa se utiliza para la respiración (generación de ATP necesario para el transporte activo de iones, la división celular y la síntesis), y también sirve como material de partida para la formación de almidón, celulosa y otras sustancias (Raven et al., 2005; Evert, 2006).

Si la llegada de asimilados desde las hojas disminuye (por ejemplo, debido al sombreado o a enfermedades de las hojas), el crecimiento de las raíces se ralentiza o se detiene, y las raíces viejas pueden morir. Por el contrario, una mayor fotosíntesis estimula el desarrollo del sistema radicular (Mauseth, 2017).

7.4. Señalización hormonal

La raíz y el brote intercambian continuamente señales hormonales que coordinan su crecimiento y desarrollo (Benková & Bielach, 2010; Dastidar et al., 2012):

  • Citoquininas se sintetizan principalmente en los meristemas apicales de la raíz y se transportan vía xilema al brote, donde estimulan la división celular, el crecimiento de brotes laterales, retrasan la senescencia de las hojas y participan en la regulación de la fotomorfogénesis (Evert, 2006).

  • Ácido abscísico (ABA) — bajo sequía, su síntesis aumenta en las raíces, y luego el ABA se transporta a las hojas, provocando el cierre rápido de los estomas, la reducción de la transpiración y la activación de genes de defensa (Graham et al., 2014; Stern, 2020).

  • Giberelinas también se sintetizan parcialmente en las raíces (aunque los principales sitios de síntesis son las hojas jóvenes y las semillas) e influyen en la elongación del tallo.

  • Auxina, aunque se sintetiza principalmente en las hojas jóvenes y los ápices de los brotes y se transporta hacia abajo por el floema (transporte polar), desempeña un papel importante en la inducción de raíces laterales y en su respuesta gravitrópica. Por lo tanto, la comunicación hormonal es bidireccional: la raíz envía citoquininas y ABA, mientras que el brote envía auxina (y parcialmente giberelinas) (Benková & Bielach, 2010; Sui et al., 2024).

  • Señales peptídicas — se han descubierto recientemente los CEP (péptidos codificados en el extremo C), que se sintetizan en las raíces bajo estrés (por ejemplo, deficiencia de nitrógeno), se transportan al brote y allí, uniéndose a los receptores CEPR, desencadenan una cascada de señales que, a través de la modulación de la acción de la auxina en las raíces, reorganiza la RSA (Chapman et al., 2020; Lombardi et al., 2021).

7.5. Retroalimentación y adaptación

La interacción raíz‑brote no es un dictado unidireccional sino un sistema con retroalimentación. Si la raíz se daña por alguna razón (por ejemplo, por plagas o anegamiento), la llegada de citoquininas y agua disminuye, lo que lleva a la inhibición del crecimiento del brote, amarillamiento y caída de las hojas. Por el contrario, si el brote se daña (por ejemplo, pastoreo por animales), cesa el suministro de auxina y asimilados, lo que inhibe el crecimiento y la ramificación de las raíces (Mauseth, 2017). Este sistema permite a la planta como un todo optimizar la distribución de recursos en un entorno en constante cambio.

La conexión raíz‑brote se establece ya en las etapas más tempranas de la ontogenia. En el embrión de la semilla, incluso antes de la germinación, se forman la raíz rudimentaria (radícula) y el brote (plúmula), conectados por el hipocótilo. El sistema vascular los une en un todo continuo (Evert, 2006). Muchas plantas también presentan crecimiento simpodial, donde los brotes laterales se desarrollan a partir de yemas axilares y ellos mismos forman nuevas raíces adventicias, vinculando aún más estrechamente los sistemas radicular y aéreo (Serebryakova et al., 2006).

Por lo tanto, la raíz y el brote forman un único sistema funcional donde el intercambio de agua, minerales, sustancias orgánicas y hormonas asegura la integridad, la homeostasis y la plasticidad adaptativa de la planta. La comprensión de estas interrelaciones es necesaria para la práctica agronómica: trasplante, fertilización, riego, manejo del dosel y mitigación de estreses.

8. Manejo del sistema radicular en agronomía

La agricultura moderna se enfrenta al desafío de aumentar el rendimiento y al mismo tiempo reducir los insumos de fertilizantes, riego y laboreo. La optimización de la arquitectura del sistema radicular (RSA) es una de las vías clave para lograr este objetivo. A diferencia del brote, la raíz durante mucho tiempo siguió siendo la “mitad oculta” de la planta, difícil de estudiar y modificar. Sin embargo, hoy se han desarrollado prácticas agronómicas eficaces, así como métodos de mejora genética e ingeniería genética para manejar el sistema radicular (Stern, 2020; Sui et al., 2024).

8.1. Prácticas agronómicas

Laboreo del suelo afecta drásticamente el desarrollo de las raíces. El arado y el desterronado crean una estructura favorable para el crecimiento — reducen la densidad, mejoran la aireación y facilitan la penetración de las raíces. Sin embargo, el arado tradicional prolongado puede conducir a la formación de una suela de arado — un horizonte compactado que las raíces no pueden atravesar. Por ello, la labranza cero (No‑till) y la labranza mínima se están extendiendo cada vez más; conservan los canales del suelo dejados por las raíces y las lombrices, lo que favorece la formación de un sistema radicular profundo y penetrante (Graham et al., 2014; Mauseth, 2017).

Fertilizantes. La aplicación localizada (por ejemplo, dosis de arranque de fósforo y nitrógeno directamente en la zona de la semilla o en la hilera) estimula la ramificación local de las raíces (“enriquecimiento”), acelerando el desarrollo de las plantas jóvenes. El uso de fertilizantes de liberación lenta promueve un desarrollo más uniforme del sistema radicular durante todo el período vegetativo. Por el contrario, la aplicación superficial uniforme seguida de incorporación puede conducir a un sistema radicular excesivamente superficial (Raven et al., 2005).

Riego. El régimen de riego determina directamente la arquitectura de las raíces. El riego superficial frecuente estimula el desarrollo de un sistema fasciculado en el horizonte superior del suelo, lo que aumenta la dependencia del cultivo de los períodos secos. Por el contrario, los riegos profundos poco frecuentes o el riego por goteo promueven la penetración profunda de las raíces y la formación de un fenotipo tolerante a la sequía (Lombardi et al., 2021; Stern, 2020).

Biopreparados. Los preparados comerciales que contienen hongos micorrícicos (por ejemplo, Glomus spp.) o bacterias fijadoras de nitrógeno (rizobios para leguminosas, fijadores asociativos de nitrógeno para cereales) pueden aumentar significativamente la superficie absorbente de las raíces y mejorar la absorción de fósforo, nitrógeno y micronutrientes. Los biopreparados son especialmente efectivos en suelos pobres y en sistemas de agricultura ecológica (Graham et al., 2014; Mauseth, 2017).

8.2. Mejora genética y modificación genética

La mejora genética tradicional por productividad a menudo “seleccionaba en contra” de un sistema radicular vigoroso, porque las plantas con un brote compacto y una pequeña masa de raíces eran más fáciles de cosechar y daban un índice de cosecha más alto. Sin embargo, los programas modernos están volviendo a la idea de “mejora dirigida a la arquitectura radicular” (Lombardi et al., 2021). Se han identificado genes candidatos que controlan la profundidad de penetración (DEEPER ROOTING 1 — DRO1, EXOCYST70A3, PIN4), el ángulo de inclinación de las raíces laterales (GSA) y la densidad de ramificación (Sui et al., 2024; Ogura et al., 2019).

Selección asistida por marcadores (MAS) permite seleccionar plantas con los alelos deseados de estos genes sin largas pruebas de campo. Por ejemplo, la introgresión del alelo DRO1 de la variedad ‘Kinandang Patong’ en el genoma del arroz aumentó la profundidad del sistema radicular y la tolerancia a la sequía (Uga et al., 2013).

Edición genómica (CRISPR/Cas9) abre oportunidades sin precedentes para la modificación precisa de la RSA. Ya se han obtenido líneas de plantas con genes reguladores editados (por ejemplo, la inactivación del gen ERF13, que suprime la síntesis de ácidos grasos de cadena muy larga, acelerando la emergencia de las raíces laterales a través de la corteza) (Sui et al., 2024). Además, la edición de genes responsables de la síntesis y percepción de auxina, citoquininas y ácido abscísico permite ajustar el sistema radicular a condiciones de estrés específicas.

Genes diana clave para la mejora de la RSA (Sui et al., 2024, tabla):

  • WOX5, SHR, SCR — mantenimiento de las células madre y el patronaje radial.

  • ARF7, ARF19, LBD16, LBD29 — iniciación de raíces laterales.

  • DRO1, EXOCYST70A3 — ángulo de inclinación y profundidad.

  • NRT1.1, TAR2 — respuesta al nitrato y ramificación.

  • ALMT1, MATE — tolerancia al aluminio (secreción de ácidos orgánicos).

8.3. Fenogenética y selección adaptativa de variedades

Diferentes genotipos de una misma especie pueden tener una RSA drásticamente diferente. Por ejemplo, en Arabidopsis existen “haplogrupos” con sistemas radiculares profundos y superficiales, adaptados a diferentes regímenes de precipitación (Ogura et al., 2019). De manera similar, en trigo, maíz, arroz y soja se han identificado variedades con arquitectura radicular contrastante. Por lo tanto, el agrónomo y el fitomejorador deben seleccionar variedades con el tipo de RSA que mejor se adapte a las condiciones edafoclimáticas específicas de cada explotación: para regiones áridas — raíces profundas y bien ramificadas (alelos DRO1, fuerte gravitropismo); para condiciones húmedas y con fertilizantes — un sistema más compacto pero eficiente en la absorción (Lombardi et al., 2021; Sui et al., 2024).

8.4. Desafíos y perspectivas

A pesar de los avances, persisten los desafíos:

  • El fenotipado de raíces en condiciones de campo sigue siendo laborioso (aunque se están desarrollando métodos como micro‑CT de rayos X y RhizoTube).

  • La arquitectura radicular es un rasgo poligénico muy modificado por el ambiente.

  • La modificación de las raíces puede afectar a los órganos aéreos (por ejemplo, la época de floración y la altura del tallo), por lo que se necesita una mejora equilibrada.

Sin embargo, el manejo del sistema radicular es una de las direcciones más prometedoras de la “nueva revolución verde” destinada a crear cultivos resistentes al cambio climático y eficientes en el uso de recursos (Sui et al., 2024; Lombardi et al., 2021).

Referencias

  1. Beck, C.B. 2010. 'An Introduction to Plant Structure and Development. Plant Anatomy for the Twenty-First Century', 2nd ed., Cambridge University Press, pp. 1–47.

  2. Benková, E. & Bielach, A. 2010. 'Lateral root organogenesis - from cell to organ'. Current Opinion in Plant Biology, 13(6), pp. 677–683. DOI: 10.1016/j.pbi.2010.09.006 PubMed

  3. Dastidar, M.G., Jouannet, V. & Maizel, A. 2012. 'Root branching: mechanisms, robustness, and plasticity'. WIREs Developmental Biology, 1(3), pp. 329–343. DOI: 10.1002/wdev.17 PubMed

  4. Evert, R.F. 2006. 'Esau’s Plant Anatomy: Meristems, Cells, and Tissues of the Plant Body', 3rd ed., John Wiley & Sons, pp. 1–15.

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