Morfología, clasificación y geografía global de los suelos

Actualizado: 24 Julio 2026 Русский English

Dentro de nuestro curso «Edafología» ya nos hemos familiarizado con los conceptos básicos. Ahora nuestra tarea es aprender a «leer» el suelo, entender su lenguaje. Y la primera pregunta, la más importante, que debemos plantearnos es: ¿qué es el suelo desde el punto de vista de su estructura y por qué lo estudiamos precisamente a través de un perfil?

1. ¿Por qué se estudia el suelo a través del perfil?

1.1. Por qué un puñado de suelo no es suficiente

Imagine que va al médico. El médico le toma una muestra de sangre, pero no lo mira, no escucha su respiración, no controla sus reflejos. ¿Podrá hacer un diagnóstico preciso? Probablemente no. Lo mismo ocurre en la edafología: una muestra de suelo en un tubo de ensayo, un puñado de tierra de la superficie, son materiales valiosos pero extremadamente limitados. Con un solo puñado no podemos juzgar la salud de todo el «organismo» del suelo.

¿Por qué? Porque el suelo es un cuerpo natural tridimensional que tiene profundidad (Weil & Brady, 2017). No es una masa homogénea, sino un sistema complejo en el que las propiedades cambian no solo horizontalmente sino, y esto es lo más importante, verticalmente.

Intente cavar un hoyo. Inmediatamente se hará evidente que la capa superior es oscura, rica en materia orgánica; la capa intermedia puede ser rojiza o compacta; y la inferior es clara y se asemeja a la roca madre. Estas capas se denominan horizontes genéticos (Mukha y otros, 2003). Al estudiar el suelo en el laboratorio, a menudo mezclamos la muestra, perdiendo información sobre dónde se encuentra cada cosa. Pero es precisamente la disposición vertical de los horizontes, su espesor, color y composición, el principal pasaporte que nos permite identificar el tipo de suelo.

Recuerde el ejemplo de la alfalfa (Foth, 1990). La planta crecía mal, aunque la capa superior era fértil. Solo cuando los investigadores excavaron un perfil y vieron una capa densa e impermeable a 58 cm de profundidad, la causa se aclaró. Las raíces no podían atravesar esa barrera y la planta sufría por falta de humedad. Este ejemplo muestra claramente: lo que no vemos en la superficie puede determinar el destino de todo un ecosistema.

1.2. Por qué el perfil es una crónica de la formación

El suelo no es una masa estática, sino un producto dinámico de una larga evolución. En su formación influyen cinco factores principales de la edafogénesis (Jenny, 1941): clima, relieve, material original, organismos vivos y tiempo. El perfil del suelo almacena información sobre cómo actuaron esos factores.

Los horizontes superiores son el resultado de los procesos actuales. Pero en profundidad podemos ver huellas de épocas pasadas. Por ejemplo, un horizonte denso y pardo puede indicar una etapa antigua de formación del suelo, cuando aquí había un bosque. Una capa de carbonatos (manchas blancas, vetas) a profundidad es evidencia de que en el pasado el clima fue más árido y las sales precipitaron a partir de la solución del suelo. De este modo, el perfil del suelo es una crónica (Buol y otros, 2011). Muestra cómo cambiaron las condiciones, cómo se produjo la acumulación o la pérdida de sustancias. Al estudiar el perfil, podemos reconstruir la historia del paisaje durante cientos y miles de años.

1.3. Por qué el perfil ofrece una imagen fidedigna

En geología y edafología existe el principio del uniformismo: "el presente es la clave del pasado". Podemos estudiar los procesos actuales para entender cómo se formaron los horizontes antiguos (Weil & Brady, 2017). Pero estos procesos solo pueden observarse en un perfil (en una calicata, un pozo, un afloramiento natural). Solo allí vemos la imagen real de la interacción de raíces, microorganismos, agua y minerales.

Recuerde: el perfil del suelo no es simplemente un corte de tierra. Es información estructurada, resultado del trabajo de cientos de factores, que podemos leer. No podemos estudiar la historia tomando un puñado de arena – del mismo modo, no podemos estudiar el suelo sin ver sus horizontes.

Resumen:

  • El suelo es un cuerpo tridimensional que es verticalmente heterogéneo.
  • Para el diagnóstico es necesario ver todos los horizontes genéticos en su posición natural.
  • El perfil refleja la historia de la formación del suelo bajo la acción del clima, los organismos y el tiempo.
  • El estudio del perfil es la única forma fiable de entender lo que ocurre dentro del suelo y predecir sus propiedades para la agricultura.

En la siguiente parte pasaremos a cómo los edafólogos describen realmente esos horizontes, es decir, estudiaremos el lenguaje de la edafología: la morfología.

2. La morfología como lenguaje de la edafología

2.1. ¿Qué son los caracteres morfológicos?

La morfología del suelo es la rama de la edafología que estudia la estructura externa, la organización y las propiedades del material edáfico que se pueden observar a simple vista (macromorfología) o con microscopio (micromorfología) (Buol y otros, 2011). En el campo trabajamos con la macromorfología.

Los caracteres morfológicos son aquellas características que describimos directamente en el perfil: color, estructura, composición granulométrica (determinada al tacto), consistencia, formaciones nuevas, inclusiones, así como los límites de los horizontes y la consistencia (Mukha y otros, 2003). Estos caracteres no son un conjunto aleatorio. Son el resultado visible de los procesos químicos, físicos y biológicos que han tenido y tienen lugar en el suelo. La morfología es ese lenguaje en el que el suelo nos «cuenta» su historia.

2.2. Principales caracteres morfológicos y su relación con los procesos

Veamos los principales caracteres que registramos al describir un perfil.

Color – el carácter más evidente. Está determinado por la composición de la masa edáfica y sirve como primera clave diagnóstica. El color se describe según la tabla de Munsell, donde se registran el matiz, el valor y el croma (Buol y otros, 2011). Pero detrás de cada tono hay procesos específicos:

  • Color oscuro, casi negro – resultado de la acumulación de humus, rico en carbono. Indica un potente proceso de acumulación de humus (proceso chernozémico o de césped) (Mukha y otros, 2003). Cuanto más oscuro es el horizonte, más materia orgánica contiene.
  • Color blanquecino, grisáceo en los horizontes superiores (como ceniza) – signo de eluviación, es decir, de eliminación de partículas coloidales, hierro y aluminio. Es característico del proceso podzólico (podzoles, suelos sod-podzólicos). Ese horizonte se designa como E o A2.
  • Tonos rojos, amarillos, pardos – evidencia de acumulación de óxidos e hidróxidos de hierro (hematita, goetita). Es el resultado de la oxidación del hierro en condiciones bien drenadas y cálidas (ferralitización, ferruginación) (White, 2006).
  • Tonos grisáceo‑azulados, azulados o verdosos – signo de gleización, ambiente reductor. El hierro se encuentra en forma ferrosa (Fe²⁺), característica de suelos anegados con deficiencia de oxígeno (horizontes Gley) (White, 2006).

Estructura – la capacidad de las partículas del suelo para unirse en agregados (peds). El tipo de estructura (granular, migajosa, prismática, columnar, laminar, masiva) y su tamaño y grado de desarrollo son una huella directa de los procesos edáficos (Mukha y otros, 2003).

  • Estructura granular, típica de los chernozems, se forma bajo la influencia de la vegetación herbácea, el humus y el calcio. El humus y el calcio unen las partículas en terrones redondeados y estables al agua – es una estructura ideal para la agricultura.
  • Estructura prismática y columnar se presentan en horizontes iluviales donde se acumula arcilla. Son especialmente pronunciadas en los solonetz (estructura columnar), donde el sodio provoca dispersión y posterior compactación.
  • Estructura laminar suele formarse en horizontes eluviales o por compactación (por ejemplo, «suela de labor»), y perjudica la permeabilidad al agua.

Composición granulométrica (proporción de arena, limo y arcilla) también se evalúa en el campo mediante el método «táctil» (frotando entre los dedos). Pero también aquí la morfología da pistas: un aumento brusco de la arcillosidad hacia abajo en el perfil es consecuencia del proceso de lessivage, cuando las partículas de arcilla son lavadas desde el horizonte superior y se depositan en el intermedio, formando un horizonte argílico (Bt) (Foth, 1990; White, 2006).

Formaciones nuevas – acumulaciones de sustancias formadas o redistribuidas en el suelo. Son «pistas» directas de los procesos. Incluyen:

  • Formaciones carbonatadas (vetas blancas, manchas, «muñecas», concreciones) – resultado de la carbonatación, acumulación de calcio y magnesio en régimen hídrico no lavante (en estepas, semidesiertos).
  • Ortstein, concreciones de hierro y manganeso – nódulos oscuros, pardos, oxidados – evidencia de un régimen redox fluctuante, generalmente asociado a anegamiento estacional.
  • Cutanes arcillosos (películas de arcilla) en las paredes de los poros y en las caras de los agregados estructurales – arcilla orientada depositada durante el lessivage. Su presencia es el principal criterio para diagnosticar un horizonte argílico (Buol y otros, 2011; Weil & Brady, 2017).

Inclusiones (piedras, huesos, conchas, raíces, artefactos antrópicos) no están relacionadas con los procesos edáficos, pero proporcionan información sobre el material original, la actividad biológica y la historia del lugar.

2.3. La morfología – primer nivel de análisis

Todos estos caracteres los registramos en la descripción del perfil del suelo. La secuencia de horizontes de arriba abajo, su espesor, color, estructura, naturaleza de los límites – todo esto conforma el retrato morfológico del suelo.

Es importante entender: el agrónomo, antes de recomendar una mejora o elegir un cultivo, debe «leer» el retrato morfológico. Por ejemplo, la presencia de un horizonte Bt bien desarrollado con cutanes arcillosos indica que la humedad quedará retenida en esa capa, y el horizonte superior puede secarse. O un horizonte húmico oscuro y potente con estructura granular es indicador de un alto potencial de fertilidad, pero también conviene comprobar la profundidad de los carbonatos.

Así pues, los caracteres morfológicos no son simples rasgos externos. Son el resultado integral de los procesos edafogenéticos, observable en el campo. La capacidad de identificar estos caracteres es la primera y más importante habilidad del edafólogo.

Resumen:

  • La morfología es el lenguaje en el que el suelo nos comunica los procesos que ocurren en él.
  • Color, estructura, consistencia, formaciones nuevas – caracteres clave, cada uno con su interpretación genética.
  • La descripción de la morfología es la base para diagnosticar procesos (podzolización, lessivage, gleización, acumulación de humus, carbonatación, etc.) y para establecer relaciones causa‑efecto.
  • Conociendo la morfología, ya podemos predecir muchas propiedades del suelo sin esperar a los análisis de laboratorio.

Ahora que hemos dominado los fundamentos del lenguaje, podemos avanzar y ver cómo las mismas combinaciones de rasgos morfológicos surgen en diferentes rincones del planeta, lo que conduce a regularidades – a la idea de clasificación. De esto hablaremos en la siguiente parte.

3. Relación entre procesos y caracteres

En la parte anterior nos familiarizamos con los caracteres morfológicos individuales. Pero la morfología no es valiosa por sí misma, sino como indicador de procesos. Imagine que observa huellas en la nieve: la forma de la impresión le dice inmediatamente quién pasó – una liebre, un zorro o una persona. Lo mismo ocurre con el suelo: cada carácter morfológico es una «huella» de un proceso edafogenético específico. Nuestra tarea es aprender a leer esas huellas, es decir, establecer relaciones causa‑efecto.

Veremos cuatro procesos clave que se encuentran con frecuencia en latitudes templadas y subtropicales, y cómo se manifiestan en el perfil.

3.1. Podzolización → horizonte eluvial (E o A2)

Proceso: La podzolización es la destrucción intensiva de minerales bajo la acción de ácidos orgánicos agresivos (principalmente ácidos fúlvicos) que se forman durante la descomposición del mantillo forestal, especialmente de coníferas. Estos ácidos arrastran desde la parte superior del perfil iones de hierro, aluminio y partículas arcillosas, dejando solo el cuarzo resistente a la meteorización y otros minerales primarios (White, 2006; Mukha y otros, 2003). Este proceso se denomina eluviación.

Expresión morfológica: Como resultado se forma un horizonte eluvial – blanquecino, gris claro o gris ceniciento, sin estructura o con estructura laminar. En notación internacional – E, en la rusa – A2 (Buol y otros, 2011). Contrasta fuertemente en color con el horizonte subyacente, que suele ser más oscuro o pardo rojizo. En este horizonte casi no hay humus, está empobrecido en arcilla y óxidos de hierro, y los granos de cuarzo parecen «limpios». El ejemplo clásico es el perfil de un podzol en un bosque de pinos sobre arenas.

3.2. Lessivage → horizonte iluvial (Bt)

Proceso: El lessivage (del francés lessivage – lavado) es el desplazamiento mecánico de partículas arcillosas hacia abajo con el agua descendente (White, 2006). A diferencia de la podzolización, en el lessivage casi no hay destrucción química de minerales. Las partículas de arcilla, desprendidas de la matriz, quedan suspendidas en el agua y se depositan en una capa inferior más densa. Este proceso es especialmente activo en condiciones de reacción neutra o ligeramente alcalina y con un régimen hídrico de lavado. El resultado es la formación de un horizonte iluvial enriquecido en arcilla.

Expresión morfológica: El horizonte Bt (argílico) es una capa compacta, de textura más pesada. Su principal rasgo diagnóstico es la presencia de cutanes arcillosos (argilanes, películas de arcilla) en las caras de los agregados, en las paredes de los poros y alrededor de los granos de arena (Buol y otros, 2011; Weil & Brady, 2017). Estos cutanes son una prueba directa de que la arcilla fue transportada en suspensión y depositada aquí. En la mayoría de los suelos sod‑podzólicos, grises forestales y muchos suelos pardos forestales vemos un horizonte Bt bien definido. Al considerar la fertilidad, ese horizonte es una barrera importante para las raíces y el agua.

3.3. Gleización → tonos grisáceo‑azulados, manchas y moteados

Proceso: La gleización es un conjunto de procesos reductores que ocurren en un ambiente anaeróbico (en condiciones de anegamiento estancado con deficiencia de oxígeno). El papel principal lo desempeñan los microorganismos que utilizan óxidos de hierro y manganeso como aceptores de electrones durante la respiración (White, 2006). El hierro férrico (Fe³⁺) se reduce a ferroso (Fe²⁺), que, a diferencia del Fe³⁺, es soluble y puede ser lavado del perfil o redistribuido. El suelo pierde sus tonos rojos y amarillos y adquiere matices fríos y «húmedos».

Expresión morfológica: En el perfil del suelo aparecen colores grisáceo‑azulados, azulados o verdosos, característicos de los horizontes gleyicos (G). Estos colores suelen denominarse «gleización». Además, en condiciones de humedad fluctuante (anegamiento estacional) se forma una coloración moteada – combinación de manchas gris‑azuladas (zonas de eliminación de hierro) con concreciones o manchas pardo‑oxidadas (zonas de acumulación de hierro). Estas formaciones se denominan rasgos redoximórficos o moteados (Weil & Brady, 2017). Por ejemplo, en la parte superior del perfil pueden aparecer moteados pardos a lo largo de los canales de raíces, con un fondo azulado alrededor. Todo esto es un signo de hidromorfismo, que afecta directamente a la aireación y al sistema radicular de las plantas.

3.4. Carbonatación → formaciones carbonatadas blancas

Proceso: La carbonatación es la acumulación y redistribución de carbonatos de calcio y magnesio (principalmente CaCO₃) en el perfil del suelo (Mukha y otros, 2003). Este proceso es característico de regiones áridas con régimen hídrico no lavante, donde el agua no es suficiente para eliminar completamente las sales solubles fuera del suelo. El bicarbonato de calcio disuelto asciende con la humedad capilar y, al evaporarse, precipita formando minerales carbonatados secundarios.

Expresión morfológica: Las formaciones carbonatadas son el principal rasgo diagnóstico. Se manifiestan como vetas blanquecinas, manchas, eflorescencias, concreciones en la parte media o inferior del perfil. Si hay muchos carbonatos, pueden cementar el horizonte, formando un horizonte carbonatado (Bk) o incluso una capa petrocálcica (Bkm) – casi como piedra (Buol y otros, 2011). En los chernozems, suelos castaños y sierozems, encontraremos inevitablemente formaciones carbonatadas a distintas profundidades. Este es un rasgo importante para el agrónomo: la presencia de carbonatos suele asociarse a una reacción neutra o ligeramente alcalina, lo que afecta a la disponibilidad de micronutrientes y puede requerir consideración al aplicar fertilizantes.

3.5. Por qué son tan importantes estas relaciones

Vemos, pues: podzolización → horizonte E, lessivage → horizonte Bt con cutanes, gleización → tonos azulados y moteados, carbonatación → formaciones carbonatadas blancas.

Estos ejemplos muestran un principio fundamental de la edafología: la morfología es la «huella» del proceso. Al saber reconocer en el campo un conjunto específico de rasgos, podemos reconstruir la historia de formación de ese suelo y entender qué procesos dominan actualmente en él. Sin estos conocimientos, cualquier decisión agronómica se tomaría a ciegas.

De este modo, la cadena causa‑efecto para el edafólogo y el agrónomo es:

Condiciones ambientales (clima, relieve, material original, biota) → Proceso edafogenético → Caracteres morfológicos.

Esta lógica es la que subyace a la idea de clasificación, a la que pasaremos en la siguiente parte.

Resumen:

  • Cada carácter morfológico está relacionado con un proceso específico.
  • La podzolización produce un horizonte eluvial blanquecino (E/A2).
  • El lessivage produce un horizonte iluvial arcilloso (Bt) con cutanes.
  • La gleización produce tonos grisáceo‑azulados y moteados.
  • La carbonatación produce formaciones carbonatadas blancas.
  • La capacidad de leer estas relaciones es una habilidad clave para interpretar el perfil del suelo y avanzar hacia la clasificación.

4. ¿Por qué los mismos procesos generan perfiles similares?

Ya hemos establecido que los caracteres morfológicos son huellas de los procesos edafogenéticos. Pero surge una pregunta legítima: si los procesos dependen de múltiples condiciones locales (material original concreto, pendiente, vegetación), ¿por qué podemos hablar de tipos de suelos? ¿Por qué, por ejemplo, los podzoles de Carelia y los de Siberia son tan parecidos? La respuesta reside en que determinadas combinaciones de factores de formación del suelo dan lugar inevitablemente a determinadas combinaciones de procesos y, por tanto, a determinados conjuntos de rasgos morfológicos. Esto no es una casualidad, sino una ley fundamental de la naturaleza.

4.1. Los factores de formación del suelo como directores

Recordemos los cinco factores de formación del suelo identificados por V.V. Dokuchaev: clima, relieve, material original, organismos vivos y tiempo (Jenny, 1941; Mukha y otros, 2003). Estos factores no actúan aisladamente, sino en estrecha interacción. Pero a escala de grandes territorios (escala zonal), algunos factores se vuelven dominantes y otros secundarios. Esto es lo que crea las regularidades.

Por ejemplo, en extensas llanuras con clima uniforme y vegetación similar (digamos, en la zona de bosques de coníferas de la franja templada), los materiales originales pueden diferir, pero el curso general de los procesos – la podzolización – estará determinado principalmente por el clima y la biota. Por lo tanto, sobre materiales arenosos, franco‑arenosos e incluso francos en esa zona, encontraremos un perfil con un horizonte eluvial blanquecino obligatorio y un horizonte iluvial, aunque los detalles (espesor, grado de expresión) variarán.

4.2. Zonalidad y azonalidad

El concepto clásico de zonalidad de los suelos (Dokuchaev, Sibirtsev) afirma que dentro de una misma zona natural‑climática se forman tipos de suelo similares porque los factores principales (clima y vegetación) son uniformes (Weil & Brady, 2017). Por ejemplo, en la zona de taiga – suelos podzólicos, en la zona de estepa – chernozems, en la zona de estepa seca y semidesierto – suelos castaños y pardos.

Pero además de la zonalidad, existen suelos intrazonales (asociados a condiciones locales de humedad – pantanosos, de pradera) y azonales (asociados a materiales originales jóvenes – aluviales, volcánicos). Sin embargo, incluso en estos casos, si tomamos condiciones similares (por ejemplo, anegamiento en una llanura en diferentes zonas), los procesos de gleización darán rasgos gleyicos similares, y la acumulación de materia orgánica en turberas dará horizontes turbosos similares. Es decir, el mismo proceso en condiciones similares da una morfología similar independientemente de la ubicación geográfica.

4.3. Secuencias climato‑genéticas

Otra confirmación son las secuencias climato‑genéticas. Si tomamos un mismo material original (por ejemplo, loess calcáreo) y seguimos su cambio al aumentar la humedad desde el desierto hasta la estepa y el bosque, veremos una sustitución regular de la morfología: desde suelos desérticos poco desarrollados con carbonatos y yeso, pasando por chernozems con un potente horizonte húmico y un horizonte carbonatado a profundidad, hasta suelos grises forestales y podzólicos con lavado de carbonatos fuera del perfil y desarrollo de horizontes eluviales e iluviales (Buol y otros, 2011; White, 2006). Esta regularidad se observa en todos los continentes.

Por consiguiente, la similitud de los perfiles no es una coincidencia casual, sino una consecuencia de la acción de leyes generales de interacción de factores. Es sobre este principio sobre el que se basa toda la clasificación genética moderna de suelos.

4.4. Por qué esto es importante para la clasificación

Si cada parcela de tierra produjera un perfil absolutamente único, cualquier clasificación carecería de sentido. Pero dado que combinaciones repetidas de factores producen combinaciones repetidas de rasgos, podemos agrupar los suelos en taxones. La clasificación no surge como un invento arbitrario de los científicos, sino como un reflejo de similitudes objetivamente existentes en la naturaleza.

Así, comprender el vínculo «factores → procesos → rasgos» nos permite:

  • predecir qué perfil encontraremos en determinadas condiciones paisajístico‑climáticas;
  • extrapolar el conocimiento sobre las propiedades de los suelos a otras regiones con condiciones similares;
  • construir una clasificación científicamente fundamentada que sirva como herramienta de conocimiento y de uso práctico.

Resumen:

  • Combinaciones idénticas de factores de formación del suelo (clima, biota, relieve, material original, tiempo) dan lugar a procesos idénticos.
  • Procesos idénticos llevan a la formación de rasgos morfológicos similares y, por tanto, de perfiles similares.
  • Este fenómeno tiene un carácter regular y repetitivo (zonalidad, secuencias climato‑genéticas).
  • De esta similitud objetiva surge la posibilidad de clasificar los suelos como método científico de sistematización.

En la siguiente, quinta parte, pasaremos directamente a cómo esta similitud sirvió de base para la creación de sistemas de clasificación, y por qué esto era necesario no solo para la ciencia sino también para la práctica agronómica.

5. ¿Por qué surgió la clasificación?

Hemos llegado a una conclusión importante: en la naturaleza existen combinaciones estables y recurrentes de rasgos morfológicos. Esto significa que los suelos no son únicos en cada lugar concreto, sino que se agrupan en tipos regulares. El siguiente paso lógico es preguntarse: ¿para qué necesitamos un sistema que ordene esos tipos? ¿Por qué la clasificación de suelos no surgió como un capricho de científicos de gabinete, sino como una necesidad práctica y científica apremiante?

5.1. Del caos al orden: ¿para qué sirve la clasificación?

Imagine que tiene una biblioteca, pero los libros están dispersos sin ningún sistema. No puede encontrar el volumen que necesita, no sabe dónde buscar ediciones similares y pierde tiempo cada vez que busca. La clasificación es ese catálogo de biblioteca que convierte el caos en estructura.

En edafología, la clasificación resuelve varias tareas clave (Buol y otros, 2011; Weil & Brady, 2017):

1. Organizar el conocimiento. El mundo de los suelos es increíblemente diverso. Sin sistematización, nos ahogaríamos en un mar de descripciones particulares. La clasificación nos proporciona una «cuadrícula» de coordenadas en la que encajamos cada nuevo suelo, relacionándolo con los ya conocidos.

2. Predecir propiedades y comportamiento. Si sabemos que un suelo pertenece a una determinada clase, podemos predecir con gran probabilidad muchas de sus propiedades: régimen hídrico, fertilidad, respuesta al laboreo, resistencia a la erosión. Esto es la base para la toma de decisiones en agronomía, silvicultura e ingeniería.

3. Comunicación eficaz. La clasificación nos da un lenguaje común. Cuando un edafólogo de Argentina dice «Mollisol», su colega de Rusia o Australia entiende inmediatamente que se refiere a un suelo con un horizonte húmico oscuro y potente, alta fertilidad y reacción alcalina en la parte inferior del perfil. Sin clasificación, tendríamos que dar una larga descripción cada vez.

4. Transferencia de tecnologías. Gracias a la clasificación, podemos trasladar prácticas agronómicas probadas en una región a suelos similares en otra. Esto ahorra tiempo, dinero y evita errores.

5.2. En qué se basa la clasificación: propiedades, no solo «génesis»

Aquí es importante hacer una aclaración fundamental. Aunque la clasificación está estrechamente vinculada a la génesis (origen) de los suelos, se basa en propiedades observables y medibles – rasgos morfológicos, resultados de análisis de laboratorio (composición granulométrica, contenido de humus, capacidad de intercambio catiónico, pH, etc.) (Buol y otros, 2011; Foth, 1990).

¿Por qué así y no de otra manera? Porque los procesos que ocurren en el suelo a menudo no pueden medirse directamente. Cambian con el tiempo, pueden ser estacionales o episódicos. Podemos reconstruirlos, pero no podemos usarlos como base para una clasificación unívoca y objetiva. En cambio, los rasgos morfológicos son el resultado fosilizado de los procesos. Se pueden ver, tocar, medir. Por eso los sistemas de clasificación modernos (como Soil Taxonomy o la World Reference Base) se basan en horizontes diagnósticos y propiedades diagnósticas definidas cuantitativamente (Weil & Brady, 2017; White, 2006).

Así, la clasificación utiliza el concepto genético como idea rectora, pero no como criterio directo. Esto evita el subjetivismo y garantiza la reproducibilidad de las decisiones clasificatorias.

5.3. Breve historia: desde los nombres populares hasta el sistema global

La gente siempre ha distinguido los suelos por sus propiedades. Los campesinos les daban nombres populares: «chernozem», «suglinok» (franco), «pesok» (arena), «solonets» (solonetz). Estos nombres eran prácticos pero no sistemáticos.

Una verdadera clasificación científica comenzó con los trabajos de V.V. Dokuchaev y su escuela en Rusia a finales del siglo XIX (Buol y otros, 2011; Weil & Brady, 2017). Dokuchaev fue el primero en mostrar que los suelos son cuerpos naturales independientes y que su diversidad está relacionada regularmente con el clima, la vegetación y el relieve. Propuso un sistema en el que se distinguían tipos zonales (podzoles, chernozems, suelos castaños, etc.). Esta clasificación genética fue un gran paso adelante.

Más tarde, en Estados Unidos, un grupo de científicos dirigido por G.D. Smith desarrolló Soil Taxonomy – la primera clasificación global basada en criterios cuantitativos estrictos (Foth, 1990). El sistema se publicó en 1975 y desde entonces ha sido revisado en múltiples ocasiones. Utiliza una nomenclatura artificial pero informativa (por ejemplo, «Alfisols», «Mollisols», «Ultisols»), que se entiende en todo el mundo. Paralelamente, surgió la World Reference Base for Soil Resources (WRB) – un sistema más cercano a las tradiciones genéticas, pero que también utiliza criterios diagnósticos.

Es importante entender: la clasificación no es un dogma, sino un sistema en evolución. A medida que se acumulan nuevos conocimientos sobre los suelos y aparecen nuevos métodos de análisis, las clasificaciones se revisan y mejoran (Buol y otros, 2011). Esto es un proceso normal en cualquier ciencia.

5.4. Por qué la clasificación es inevitable

La clasificación surgió porque:

1. En la naturaleza existen grupos objetivos y recurrentes de suelos que pueden describirse mediante rasgos similares.

2. Sin sistematización, no podemos utilizar eficazmente el enorme acervo de conocimientos.

3. La práctica (agricultura, construcción, conservación de la naturaleza) exige predicciones basadas en la tipificación de los suelos.

4. La cooperación internacional requiere un lenguaje común de descripción.

Por tanto, la clasificación no es un invento subjetivo, sino una herramienta objetiva para el conocimiento y la gestión de los recursos edáficos. Nos permite pasar de la descripción particular de un perfil concreto a la comprensión de las regularidades generales que rigen la distribución y las propiedades de los suelos en el planeta.

Resumen:

  • La clasificación es una forma de organizar el conocimiento sobre los suelos, necesaria para la predicción, la comunicación y la transferencia de tecnología.
  • Se apoya en propiedades medibles y horizontes diagnósticos, no en procesos especulativos.
  • Los sistemas modernos (Soil Taxonomy, WRB) son el resultado de muchos años de trabajo y continúan desarrollándose.
  • La clasificación refleja objetivamente la estructura recurrente del mundo edáfico y sirve de puente entre la ciencia y la práctica.

En la parte final, responderemos a la pregunta más apremiante: ¿por qué necesita todo esto un agrónomo? ¿Cómo ayudan los conocimientos concretos sobre el perfil, su morfología y clasificación en el trabajo diario con la tierra?

6. ¿Por qué debe el agrónomo conocer el perfil?

Hemos recorrido el camino desde la simple observación del perfil hasta la comprensión de las leyes generales de la clasificación. Pero cualquier agrónomo práctico, agricultor o especialista en ordenación del territorio se preguntará inevitablemente: «¿Qué tiene que ver todo esto con mi trabajo diario? ¿Por qué necesito saber qué es un horizonte eluvial o un cután argílico, si lo único que quiero es obtener una buena cosecha?»

La respuesta a esta pregunta está en el centro de todo el valor aplicado de la edafología: el perfil del suelo es la principal fuente de información para tomar decisiones agronómicas. Permite predecir el comportamiento del suelo sin necesidad de costosos y largos experimentos de campo. El conocimiento de la morfología y la clasificación proporciona al agrónomo «claves rápidas» para entender las limitaciones y oportunidades de cada parcela concreta. Veamos los principales aspectos prácticos.

6.1. Predicción del suministro de agua y del régimen hídrico

El agua es un factor clave para la vida de las plantas. Pero, ¿cómo saber si el suelo de una parcela estará bien abastecido de humedad, si se anegará o, por el contrario, sufrirá sequía? La morfología del perfil da respuestas:

  • Un horizonte húmico potente (A) suele indicar una buena permeabilidad al agua y una alta capacidad de retención, especialmente si tiene estructura granular. Ese suelo acumulará bien la humedad.
  • Un horizonte iluvial denso (Bt) con alto contenido de arcilla actúa como «barrera hidráulica». Si se encuentra a poca profundidad (por ejemplo, a 40–60 cm), puede provocar estancamiento de agua en la parte superior del perfil en primavera (agua colgada) y, por el contrario, un secado rápido en verano, ya que las raíces no pueden penetrar en las capas inferiores donde podría almacenarse la humedad. El ejemplo de la alfalfa (Foth, 1990) es una ilustración clásica de este fenómeno.
  • La presencia de rasgos gleyicos (manchas azuladas, moteados) indica directamente anegamiento estacional o permanente. Para la mayoría de los cultivos agrícolas, esto es una señal de que se necesita drenaje o la elección de cultivos tolerantes a la humedad (arroz, algunas gramíneas forrajeras). Si los horizontes gleyicos están profundos, pueden proporcionar una reserva adicional de humedad en períodos secos (White, 2006).
  • Las formaciones carbonatadas (Bk) suelen estar asociadas a una buena aireación y reacción neutra, pero si están cementadas en una capa densa (horizonte petrocálcico), crean una barrera infranqueable para las raíces y bloquean casi completamente el movimiento descendente del agua, provocando humedad superficial y erosión.

Así, la morfología permite al agrónomo evaluar visualmente cómo se «comportará» el suelo en cuanto al agua, en qué se puede confiar y de qué hay que protegerse.

6.2. Evaluación de la profundidad de la zona radicular y la aireación

El rendimiento depende directamente de la profundidad y la libertad con que puedan penetrar las raíces. Los rasgos morfológicos dan pistas directas:

  • El espesor del perfil (profundidad total desde la superficie hasta la roca madre o hasta una capa densa) es la profundidad potencial de exploración radicular. Cuanto más potente es el perfil, mayor es el volumen de suelo disponible para la absorción de nutrientes y agua.
  • La presencia de horizontes densos, compactos o cementados (Bt, Bkm, Bx, fragipanes) es una señal de que las raíces encontrarán un obstáculo insalvable. Esto significa que la profundidad de laboreo, la elección de cultivos (por ejemplo, con sistemas radiculares superficiales o profundos) y el sistema de riego deben ajustarse.
  • La estructura y la consistencia también son importantes. Los suelos con estructura granular o migajosa, consistencia suelta, proporcionan una buena aireación – las raíces reciben suficiente oxígeno. La estructura laminar, masiva o una compactación severa («suela de labor») reducen drásticamente la aireación, lo que provoca estrés en las plantas, especialmente en condiciones de exceso de humedad (Buol y otros, 2011; Mukha y otros, 2003).

Por lo tanto, antes de recomendar un cultivo, un método de laboreo o una mejora, el agrónomo debe mirar el perfil y evaluar cuántos metros de suelo están realmente disponibles para la raíz.

6.3. Diagnóstico de la fertilidad y las limitaciones

La fertilidad es una característica compleja, pero muchos de sus componentes pueden «leerse» en el perfil:

  • El espesor y el color del horizonte húmico (A) son indicadores de la reserva potencial de materia orgánica. Cuanto más oscuro y profundo es este horizonte, mayor es la fertilidad potencial. Al mismo tiempo, una disminución brusca del humus hacia abajo indica que la fertilidad principal se concentra en la capa superior, que puede perderse fácilmente por erosión.
  • La presencia de carbonatos (CaCO₃, MgCO₃) en los horizontes superiores indica un ambiente alcalino o neutro. Esto es bueno para muchos cultivos, pero limita la disponibilidad de micronutrientes (hierro, manganeso, zinc, boro). La profundidad de aparición de los carbonatos indica indirectamente el tipo de régimen hídrico: si están cerca de la superficie, no hay lavado y el suelo es propenso a la salinización (White, 2006; Weil & Brady, 2017).
  • La presencia de formaciones salinas (eflorescencias de sal, yeso) es una señal directa de salinidad. Estos suelos requieren mejoras mediante lavado o la selección de cultivos tolerantes a la sal.
  • La reacción ácida, que no es visible directamente, pero suele acompañar al proceso podzólico (horizonte eluvial blanquecino, presencia de ortstein), requiere encalado. Conociendo la morfología, el agrónomo ya puede sospechar acidez y planificar análisis y medidas.

Así, a partir del perfil obtenemos una evaluación integrada de la fertilidad del suelo y vemos inmediatamente los «puntos débiles» que requerirán acciones de manejo.

6.4. Prevención de la erosión y la degradación

La erosión es el principal enemigo de la fertilidad del suelo. Pero no todos los suelos son igualmente vulnerables.

  • La presencia de un horizonte húmico potente y estructurado con buena estabilidad de los agregados hace que el suelo sea resistente a la erosión hídrica (el agua se infiltra en lugar de escurrirse por la superficie).
  • Los suelos arenosos sueltos con bajo contenido de materia orgánica son fácilmente erosionables por el viento (deflación). Esto se ve en su morfología: horizonte delgado, claro, sin estructura.
  • La presencia de capas densas o arcillosas en las laderas crea condiciones para la escorrentía superficial y la erosión lineal.

Conociendo el perfil, el agrónomo puede elegir medidas de control de la erosión: laboreo mínimo, siembra de franjas de amortiguamiento, acolchado, construcción de terrazas y caballones.

6.5. Evaluación de la aptitud para cultivos especiales y sistemas de cultivo

Cada cultivo tiene diferentes requisitos en cuanto al perfil del suelo:

  • Los cereales (trigo, cebada, avena) se desarrollan bien en suelos con un horizonte húmico potente y estructurado y buena aireación.
  • Los cultivos de raíz (remolacha, patata, zanahoria) necesitan suelos sueltos y profundos sin capas densas para que las raíces puedan desarrollarse libremente.
  • Los frutales y la vid suelen requerir suelos profundos y bien drenados, ya que sus raíces penetran hasta 2–5 metros de profundidad. La presencia de horizontes densos incluso a gran profundidad puede reducir su productividad.
  • El arroz es un cultivo que requiere condiciones anaeróbicas, por lo que son adecuados los suelos con horizonte gleyico y anegamiento estacional (Weil & Brady, 2017).

Así, conociendo la morfología del perfil, el agrónomo puede seleccionar racionalmente los cultivos y las tecnologías, sin perder tiempo en experimentos de «prueba y error».

6.6. Conclusión: el perfil como base para la toma de decisiones

Resumiendo todo nuestro curso, podemos decir: el perfil del suelo es el fundamento sobre el que el agrónomo construye su estrategia. Al estudiar el perfil, obtenemos información que no puede extraerse de un puñado de tierra ni siquiera de un análisis químico de una muestra superficial.

El conocimiento de la morfología permite:

  • predecir el suministro de agua y la necesidad de riego/drenaje;
  • determinar la profundidad de la capa cultivable y las limitaciones para el sistema radicular;
  • evaluar la fertilidad potencial e identificar los factores limitantes (acidez, salinidad, carbonatación, compactación);
  • seleccionar cultivos y sistemas de cultivo adaptados;
  • prevenir la erosión y la degradación del suelo.

Por eso, el estudio de la morfología del suelo no es solo una disciplina académica, sino una habilidad profesional necesaria para todo especialista que trabaje con la tierra. En las próximas lecciones, profundizaremos en el diagnóstico de horizontes concretos y aprenderemos a aplicar estos conocimientos en la práctica.

Resumen:

  • La morfología del perfil proporciona información a priori para las decisiones agronómicas.
  • Parámetros clave: profundidad, estructura, presencia de capas densas o gleyicas, formaciones carbonatadas.
  • Esto permite predecir el régimen hídrico, la aireación, la fertilidad y la resistencia a la erosión.
  • El conocimiento del perfil es la base para elegir cultivos, tecnologías de laboreo y mejoras.
  • La morfología y la clasificación son el puente entre la ciencia del suelo y la agricultura práctica.

Referencias

  1. Buol, S.W., Southard, R.J., Graham, R.C., McDaniel, P.A. (2011). ‘Introduction’, in Soil Genesis and Classification. Danvers, MA: Wiley-Blackwell, pp. 3-34.
  2. Buol, S.W., Southard, R.J., Graham, R.C., McDaniel, P.A. (2011). ‘Morphology and Composition of Soils’, in Soil Genesis and Classification. Danvers, MA: Wiley-Blackwell, pp. 35-88.
  3. Eash, N.S., Sauer, T.J., O'Dell, D., Odoi, E. (2016). ‘Introduction to Soil’, in Soil Science Simplified. New Jersey: Wiley Blackwell, ch. 1.
  4. Eash, N.S., Sauer, T.J., O'Dell, D., Odoi, E. (2016). ‘Soil Formation’, in Soil Science Simplified. New Jersey: Wiley Blackwell, ch. 2.
  5. Foth, H.D. (1990). ‘Soil Taxonomy’, in Fundamentals of Soil Science. New York: John Wiley & Sons, pp. 271-284.
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  7. Weil, R.R., Brady, N.C. (2017). ‘Formation of Soils from Parent Materials’, in The Nature and Properties of Soils. Essex, UK: Pearson Education, pp. 51-100.
  8. Weil, R.R., Brady, N.C. (2017). ‘Soil Classification’, in The Nature and Properties of Soils. Essex, UK: Pearson Education, pp. 101-147.
  9. Weil, R.R., Brady, N.C. (2017). ‘The Soils Around Us’, in The Nature and Properties of Soils. Essex, UK: Pearson Education, pp. 19-50.
  10. White, R.E. (2006). ‘Introduction to the Soil’, in Principles and Practice of Soil Science. The Soil as a Natural Resource. Malden, MA: Blackwell Publishing, pp. 3-10.
  11. White, R.E. (2006). ‘Processes in Profile Development’, in Principles and Practice of Soil Science. The Soil as a Natural Resource. Malden, MA: Blackwell Publishing, pp. 176-199.
  12. Муха, В.Д., Картамышев, Н.И., Муха, Д.В. (2003). ‘Почва как многофазная полидисперсная система [Soil as a Multiphase Polydisperse System]’, in Агропочвоведение [Agropedology]. Москва: КолосС, pp. 29-40.
  13. Муха, В.Д., Картамышев, Н.И., Муха, Д.В. (2003). ‘Сущность почвообразовательного процесса [The Essence of the Soil Formation Process]’, in Агропочвоведение [Agropedology]. Москва: КолосС, pp. 13-29.