Bases fisiológicas de la productividad vegetal

Actualizado: 09 Julio 2026 Русский English

1. ¿Por qué una hoja no es suficiente? Transición hoja → planta

Cuando comenzamos a estudiar la productividad de las plantas, nos enfrentamos a una pregunta aparentemente sencilla: si la fotosíntesis produce casi toda la masa orgánica de la planta, ¿por qué una alta fotosíntesis de una hoja aislada no garantiza un alto rendimiento? Esta pregunta es clave para comprender las bases fisiológicas de la productividad, y hoy empezaremos a analizarla.

1.1. De la hoja como órgano a la planta como sistema

La hoja es un órgano sorprendente. Concentra todo lo necesario para la fotosíntesis: cloroplastos con sistemas pigmentarios, estomas para el intercambio gaseoso y un sistema conductor desarrollado para la exportación de asimilados. No es casualidad que la hoja se haya convertido en el principal órgano fotosintético de las plantas superiores durante la evolución (Medvédev, 2012). Sin embargo, cuando hablamos de rendimiento, no nos referimos a una hoja aislada, sino a toda la planta o, aún más importante, a una comunidad vegetal: el cultivo. Y aquí nos espera la primera limitación fundamental: las leyes que funcionan para una hoja aislada no se trasladan automáticamente a toda la planta.

¿Cuál es la esencia de esta transición? En cualquier momento, la fotosíntesis de la hoja es su “productividad laboral” actual. Pero la planta no vive en un instante, sino durante un período prolongado en el que las hojas aparecen, se desarrollan, envejecen y mueren. Para la productividad no importa tanto la rapidez con que trabaje una hoja, sino cuánto tiempo y con qué eficiencia trabaja todo el sistema de hojas (Tretiakov et al., 2000). Además, las hojas no son simplemente fábricas autónomas de azúcares, sino partes de un organismo completo, donde cada órgano mantiene relaciones complejas con los demás.

1.2. Fotosíntesis de la hoja y crecimiento de la planta: una relación no obvia

Los investigadores han notado desde hace tiempo que la correlación directa entre la tasa fotosintética de una hoja aislada y la tasa de crecimiento de toda la planta no siempre se observa (Farquhar & Sharkey, 1994). ¿Por qué ocurre esto? Imaginemos dos plantas de la misma especie. La primera tiene hojas con alta actividad fotosintética; la segunda, con actividad reducida. Parecería que la primera debería crecer más rápido. Sin embargo, en realidad esta relación puede fallar. Primero, porque las hojas con alta actividad fotosintética suelen ser más gruesas y densas, y por lo tanto, en igualdad de condiciones, gastan más carbono por unidad de área (Farquhar & Sharkey, 1994). Segundo, en condiciones naturales no todas las hojas trabajan a plena capacidad: muchas están sombreadas por otras hojas, y su alto potencial fotosintético queda sin aprovechar.

Es oportuno recordar que el crecimiento es un proceso integral que depende no solo de cuánto carbono se fija, sino también de cómo se distribuye ese carbono entre los órganos. A nivel de toda la planta, debemos considerar no solo la capacidad “donante” de las hojas (fuente), sino también la capacidad “aceptora” de los órganos consumidores: raíces, tallos, frutos, tejidos de reserva. La relación entre donantes y aceptores en fisiología vegetal se denomina relaciones fuente‑sumidero, y volveremos a ellas en conferencias posteriores cuando hablemos de las relaciones donante‑aceptor.

1.3. Ontogenia de la hoja: de sumidero a fuente

Es importante entender que la hoja pasa por varias etapas a lo largo de su vida. Una hoja joven, recién desplegada, es un sumidero: consume asimilados provenientes de otras hojas para su propio crecimiento. Solo después de alcanzar aproximadamente el 30‑50% de su área final, se convierte en fuente y comienza a exportar los productos de la fotosíntesis a otras partes de la planta (Morot‑Gaudry et al., 2012; Marschner, 2012). Esta transición de sumidero a fuente va acompañada de profundos cambios bioquímicos: disminuye la actividad de las enzimas que hidrolizan la sacarosa (invertasa, sacarosa sintasa) y aumenta la actividad de las enzimas que sintetizan sacarosa para la exportación (sacarosa fosfato sintasa) (Marschner, 2012).

Así, cada hoja tiene su propio “período de trabajo”, y la productividad de toda la planta está determinada por la eficiencia con que se organiza la sucesión de generaciones de hojas y por la sincronización de su trabajo con las necesidades de los órganos en desarrollo.

1.4. Transición a la comunidad vegetal

Pero incluso una planta aislada no es un campo. En el agroecosistema, las plantas interactúan entre sí. Compiten por luz, agua y elementos minerales. La competencia por la luz es especialmente importante: las hojas de los estratos superiores interceptan la mayor parte de la radiación fotosintéticamente activa (RFA), dejando solo una pequeña fracción a las inferiores (Connor et al., 2011).

En una planta aislada, cada hoja está iluminada de manera más o menos uniforme (a menos que hablemos de un árbol grande). En un cultivo, la situación cambia drásticamente: a medida que aumenta el área foliar por unidad de superficie de suelo, una proporción cada vez mayor de hojas queda a la sombra. Esto hace que la relación entre la productividad de todo el cultivo y la fotosíntesis de una hoja individual sea aún menos directa. A nivel de cultivo, pasamos del estudio de una hoja aislada al estudio del aparato fotosintético del cultivo como un sistema único.

1.5. Conclusiones clave

Entonces, ¿por qué una hoja no es suficiente?

1. La hoja no es un sistema autónomo, sino parte de una planta completa con un sistema desarrollado de relaciones fuente‑sumidero.

2. La fotosíntesis de la hoja cambia con la edad, y solo durante un período determinado funciona como fuente.

3. La planta en el cultivo es una comunidad donde las hojas compiten por la luz, y la eficiencia del uso de la luz no está determinada por la actividad de una hoja, sino por el trabajo de todo el sistema.

4. La productividad no está determinada tanto por la velocidad de la fotosíntesis, sino por su duración y la eficiencia del uso de la luz y el carbono a escala de todo el cultivo.

Por eso, al pasar de la hoja a la planta, debemos considerar la productividad no como la suma de las actividades fotosintéticas de hojas individuales, sino como el resultado integral del trabajo de un sistema complejo y dinámico. La siguiente pregunta a responder es: ¿cómo medir la productividad de todo este sistema y cómo se puede mejorar?

Términos principales de la conferencia:

  • Aparato fotosintético de la planta – conjunto de todos los órganos fotosintetizadores que aseguran el proceso de producción.
  • Relaciones fuente‑sumidero – sistema de conexiones entre los órganos fuente de asimilados (donantes) y los órganos consumidores (aceptores), que determina la distribución de los fotoasimilados.
  • Transición de la hoja de sumidero a fuente – etapa ontogenética en el desarrollo de la hoja en la que deja de consumir asimilados y comienza a exportarlos.
  • RFA – radiación fotosintéticamente activa (luz con longitudes de onda de 400‑700 nm) utilizada por las plantas para la fotosíntesis.

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2. ¿Cómo intercepta la luz el cultivo?

Cuando pasamos de una hoja aislada a todo un cultivo, surge una pregunta fundamental: ¿cómo distribuye entre sí una comunidad de plantas, cada una de las cuales trata de capturar la mayor cantidad de luz posible, este recurso? La respuesta a esta pregunta es la base para comprender la productividad de los agroecosistemas.

2.1. De la iluminación de una hoja al régimen lumínico del cultivo

En condiciones naturales, una hoja aislada, especialmente en un lugar bien iluminado, puede recibir hasta 2000 µmol de fotones por metro cuadrado por segundo (Taiz et al., 2023). Es un valor enorme, bajo la luz solar directa al mediodía. Sin embargo, la paradoja es que la gran mayoría de las plantas agrícolas nunca trabajan en ese régimen de forma continua. ¿Por qué? Porque las plantas forman un cultivo: una comunidad densa en la que las hojas superiores sombrean a las inferiores.

En un cultivo denso, por ejemplo, de trigo o maíz, en los estratos inferiores puede quedar solo del 1 al 5% de la luz que incide sobre el borde superior del dosel (Connor et al., 2011). El trabajo fotosintético principal en tales condiciones recae sobre las hojas superiores, mientras que las inferiores quedan en sombra profunda. Esto cambia radicalmente nuestra concepción de la productividad: el rendimiento no está determinado por cómo trabaja una hoja al sol, sino por cómo toda la comunidad intercepta y utiliza la luz incidente.

2.2. Índice de área foliar (IAF) como parámetro clave

Para describir la superficie fotosintética de un cultivo, los fisiólogos vegetales utilizan el índice de área foliar (IAF, o LAI en inglés). Es la relación entre el área foliar total (considerando solo una cara de la lámina) y la superficie de suelo que ocupan (Connor et al., 2011). Si IAF = 3, significa que por cada metro cuadrado de suelo hay 3 metros cuadrados de superficie foliar.

El IAF es quizás uno de los indicadores más importantes del estado del cultivo. Con IAF inferior a 3, el suelo entre las plantas aún está bien iluminado y una parte significativa de la energía solar se pierde calentando el suelo en lugar de usarse en fotosíntesis. Con IAF superior a 5‑6, las hojas de los estratos inferiores comienzan a sombrearse mutuamente y su contribución a la fotosíntesis es mínima. Existe el concepto de IAF crítico: el valor del índice en el que el cultivo intercepta el 90‑95% de la radiación fotosintéticamente activa incidente (Tretiakov et al., 2000). Para la mayoría de los cereales, este valor se sitúa entre 3 y 5, y para cultivos con hojas verticales (como maíz o sorgo), el IAF crítico puede ser mayor.

Curiosamente, durante la evolución y la mejora genética, el IAF de las plantas cultivadas ha aumentado notablemente. Por ejemplo, en las variedades modernas de trigo, el IAF en floración puede alcanzar 5‑8, mientras que en los ancestros silvestres era mucho menor. Esto se logró mediante dos procesos: primero, los mejoradores seleccionaron formas con hojas más grandes; segundo, se desarrolló una arquitectura que permite una mejor distribución de las hojas en el espacio. Sin embargo, aumentar el IAF es un arma de doble filo: un IAF demasiado alto conduce al sombreo mutuo y a una reducción de la eficiencia fotosintética, especialmente en los estratos inferiores (Connor et al., 2011).

2.3. Ley de atenuación de la luz en el cultivo

Ya en 1953, los científicos japoneses Monsi y Saeki demostraron que la atenuación de la luz en el dosel vegetal obedece a una ley simple, análoga a la ley de Bouguer‑Lambert‑Beer para medios homogéneos (Connor et al., 2011):

$$I = I₀ · exp(–k·IAF)$$

donde:

  • I – intensidad de la luz a cierta profundidad del dosel;
  • I₀ – intensidad de la luz sobre el dosel;
  • k – coeficiente de extinción, que caracteriza la capacidad de las hojas para interceptar luz;
  • IAF – índice de área foliar por encima de esa profundidad.

Esta ecuación es una herramienta fundamental para comprender el régimen lumínico del cultivo. Imaginemos: con IAF = 3 y coeficiente k = 0,7 (típico de un cultivo con hojas horizontales, como el trébol), en el nivel del suelo quedará solo aproximadamente el 12% de la luz: I = I₀ · exp(–0,7×3) = I₀ · exp(–2,1) ≈ 0,12 I₀. Es decir, el 88% de la luz es interceptada por las hojas. Con IAF = 5, solo quedará alrededor del 3% (Schopfer & Brennicke, 2016).

El coeficiente de extinción k es una medida de la eficacia con que cada capa de hojas sombrea a las capas inferiores. Está determinado principalmente por la arquitectura del dosel: la orientación de las hojas en el espacio. En plantas con hojas horizontales o plagiótropos (como muchas leguminosas), la luz queda retenida en los estratos superiores y k es alto. En plantas con hojas verticales o erectoides (como los cereales), la luz penetra más profundamente y k es menor (Tretiakov et al., 2000).

2.4. Arquitectura del dosel: cómo la forma determina la función

En fisiología vegetal, la arquitectura del dosel puede compararse con una estructura de ingeniería que optimiza la interceptación de la luz. Tomemos dos doseles con el mismo IAF: uno con hojas horizontales y otro con hojas verticales. En el dosel de hojas horizontales, los estratos superiores interceptan la mayor parte de la luz, dejando a las hojas inferiores en sombra profunda. En el dosel de hojas verticales, por el contrario, la luz penetra más profundamente y la distribución de la iluminación entre estratos es más uniforme (Connor et al., 2011).

¿Qué opción es más ventajosa? Depende del objetivo. Para plantas que buscan maximizar la biomasa en condiciones de luz abundante, es mejor tener hojas horizontales: forman rápidamente un dosel denso y “recogen” la luz de manera eficiente. Esta es la arquitectura de muchas plantas de hábitats abiertos. Sin embargo, en cultivos densos donde la competencia por la luz es especialmente aguda, las formas con hojas verticales obtienen ventaja: permiten “prolongar” la zona de trabajo del dosel hacia el interior, involucrando a un mayor número de hojas en la fotosíntesis (Medvédev, 2012). Por eso, las variedades modernas de cereales de alto rendimiento, especialmente arroz y maíz, tienen hojas superiores erectoides y hojas medias e inferiores más horizontales (Taiz et al., 2023).

2.5. Parches de sol: trabajo en condiciones de iluminación dinámica

Incluso en un dosel con alto IAF, la iluminación no es estática. Los parches de sol – rayos de luz que atraviesan aberturas en la cubierta foliar – pueden llevar luz de alta intensidad a los estratos inferiores por períodos breves (Taiz et al., 2023). Estos parches de sol pueden representar hasta el 50% de toda la energía lumínica que reciben las hojas inferiores durante el día. En un dosel forestal o en un cultivo denso, los parches de sol son las “ventanas” de luz que permiten a las hojas inferiores mantener un balance de carbono positivo.

Las plantas adaptadas a la vida bajo el dosel han desarrollado mecanismos especiales para aprovechar estos destellos breves de luz. Por ejemplo, pueden activar rápidamente el aparato fotosintético cuando aparece un parche de sol y pasar con igual rapidez a un modo de “ahorro de energía” cuando desaparece. Este es un ejemplo de regulación fisiológica fina a nivel de toda la comunidad (Schopfer & Brennicke, 2016).

2.6. Curvas de luz a nivel de dosel

Si trazamos la curva de respuesta a la luz de la fotosíntesis para una hoja aislada, vemos la clásica hipérbola con una meseta de saturación. Sin embargo, para todo el dosel la forma de la curva cambia. Dado que las hojas en el dosel se encuentran en diferentes condiciones de iluminación, sus curvas individuales se superponen. Como resultado, el dosel alcanza la saturación lumínica a intensidades significativamente mayores que una hoja aislada, y a veces no la alcanza en absoluto (Taiz et al., 2023). Esto significa que, en condiciones reales de campo, la luz rara vez es un factor absolutamente saturante para todo el sistema: siempre hay hojas trabajando en régimen limitante.

Este efecto tiene importancia práctica. Precisamente por eso la productividad del cultivo suele correlacionarse con la cantidad total de RFA interceptada, y no con la tasa fotosintética de una hoja aislada. La adición de cada hoja sucesiva aumenta la interceptación total de luz, pero con rendimientos decrecientes (Connor et al., 2011).

2.7. IAF óptimo: búsqueda del equilibrio

Así, la tarea del agrónomo es encontrar la relación óptima entre el IAF y la arquitectura del dosel. Con IAF bajo, la luz se pierde en el suelo; con IAF alto, se pierde en los estratos inferiores sombreados, donde las hojas no justifican los costos de su mantenimiento. Este equilibrio depende de muchos factores: cultivo, variedad, región, condiciones de humedad.

Es importante recordar que el IAF se puede regular:

  • mediante la mejora genética – creando variedades con un tipo específico de arquitectura y dinámica de formación de la superficie foliar;
  • mediante prácticas agronómicas – cambiando la densidad de siembra, las fechas de siembra y el esquema de colocación de las plantas.

En la agricultura moderna, aspiramos a que el cultivo alcance el IAF óptimo lo antes posible y lo mantenga durante el mayor tiempo posible. Esta es una de las tareas que los mejoradores abordan al crear variedades de alto rendimiento.

Términos principales de esta sección:

  • Índice de área foliar (IAF) – relación entre el área de las hojas y la superficie de suelo que ocupan.
  • Coeficiente de extinción (k) – medida de la atenuación de la luz al atravesar el dosel foliar (refleja la eficiencia de interceptación de luz).
  • Arquitectura del dosel – estructura espacial del cultivo, determinada por la orientación y disposición de las hojas en el espacio.
  • Hojas erectoides – hojas con orientación vertical, que permiten la penetración de la luz en el interior del dosel.
  • Hojas plagiótropas – hojas con orientación horizontal, que interceptan eficientemente la luz en los estratos superiores.
  • IAF crítico – valor del índice de área foliar en el que el cultivo intercepta el 90‑95% de la RFA incidente.
  • Parches de sol – destellos breves de luz que alcanzan los estratos inferiores del dosel a través de aberturas en la cubierta foliar.

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3. ¿Por qué se pierde la mayor parte de la energía solar?

Ya hemos visto cómo el cultivo intercepta la luz. Pero he aquí una pregunta que sorprende a la mayoría de los estudiantes: incluso si la planta intercepta la luz, solo una fracción ínfima de su energía se convierte en energía química de los compuestos orgánicos. ¿Por qué ocurre esto? ¿De dónde provienen estas pérdidas colosales? En esta sección recorreremos todas las etapas de la conversión de la energía solar – desde el rayo de luz hasta la molécula de carbohidrato – y veremos dónde y por qué se disipa la energía.

3.1. Panorama general: balance energético del cultivo

En un día claro de verano, sobre la superficie del cultivo inciden entre 30 y 50 MJ de energía solar por metro cuadrado al día (Connor et al., 2011). De esta energía, solo una parte estrictamente definida corresponde a longitudes de onda que pueden ser utilizadas por las plantas. E incluso de esa fracción de radiación fotosintéticamente activa (RFA), en última instancia, solo alrededor del 3‑5% en los mejores casos se convierte en biomasa. ¿Cómo es posible?

Sigamos el camino de un rayo de sol desde que incide en la hoja hasta que se convierte en incremento de materia seca, paso a paso, anotando todas las pérdidas.

3.2. Primera pérdida: composición espectral de la luz

El espectro solar abarca todo el rango de longitudes de onda, desde el ultravioleta hasta el infrarrojo. Pero solo una región limitada – de 400 a 700 nanómetros – es apta para la fotosíntesis; se denomina radiación fotosintéticamente activa (RFA) (Taiz et al., 2023). La RFA representa solo alrededor del 45% de la energía solar total que alcanza la superficie terrestre. El otro 55% es radiación infrarroja (calor) y ultravioleta, que las plantas prácticamente no utilizan para la fotosíntesis. Los rayos infrarrojos, por cierto, son vitales para el balance térmico, pero no para las transformaciones químicas.

Así, incluso antes de encontrarse con la hoja, se produce el primer gran “recorte”: más de la mitad de la energía solar no puede utilizarse en principio. Y esto es solo el comienzo.

3.3. Pérdidas a nivel de la hoja: reflexión, transmisión, disipación térmica

Cuando la luz alcanza la superficie de la hoja, se distribuye en tres flujos:

  • una parte se refleja (del 5 al 10% de la RFA en muchos cultivos, y hasta el 30‑50% en plantas con ceras o pubescencia);
  • una parte atraviesa la hoja (se transmite);
  • y solo la parte restante es absorbida por los pigmentos (Kuznetsov & Dmitrieva, 2006; Medvédev, 2012).

La fracción de RFA absorbida depende del tipo de hoja, su edad e iluminación. En general, una hoja verde madura absorbe el 80‑90% de la RFA que incide sobre ella. Pero incluso de la energía absorbida, no toda se destina a la fotoquímica. Una parte significativa se convierte en calor – es un mecanismo de protección, especialmente importante en días soleados brillantes, cuando la absorción de luz supera la capacidad del aparato fotosintético. Este proceso, denominado amortiguamiento no fotoquímico, permite disipar el exceso de energía en forma de calor a través del ciclo de las xantofilas, evitando daños en los centros de reacción (Taiz et al., 2023).

Por lo tanto, incluso después de la absorción por la hoja, perdemos energía en forma de calor. Pero las pérdidas principales nos esperan más adelante – en la etapa de transformaciones fotoquímicas y bioquímicas.

3.4. Límite fotoquímico: rendimiento cuántico

Pasemos al nivel molecular. La reacción fotoquímica principal es la excitación de electrones en los centros de reacción de los fotosistemas. Para ello se necesita la energía de un cuanto de luz. El rendimiento cuántico teórico de la fotosíntesis es el número máximo de moléculas de CO2 que pueden fijarse por cuanto de luz absorbido. Según la estequiometría de las reacciones luminosas y el ciclo de Calvin, para fijar una molécula de CO2 en una planta C₃ se necesitan al menos 8 cuantos de luz (4 cuantos por cada fotosistema) (Morot‑Gaudry et al., 2012; Schopfer & Brennicke, 2016). Esto significa que el rendimiento cuántico ideal no puede superar 0,125 mol CO2 por mol de cuantos.

En condiciones reales, especialmente con la presencia de fotorrespiración, el rendimiento cuántico para plantas C₃ es de aproximadamente 0,05‑0,07 mol CO2 por mol de cuantos. Para plantas C₄, en las que la fotorrespiración está suprimida, este valor se mantiene en 0,06‑0,07, pero no es mayor debido a los costos energéticos adicionales del mecanismo concentrador de CO2 (Taiz et al., 2023). ¿Por qué no alcanzamos el máximo teórico? La razón principal es la fotorrespiración, de la que hablaremos por separado. Además, parte de la energía de los electrones excitados se pierde inevitablemente en forma de fluorescencia y calor.

3.5. Balance energético del ciclo de Calvin y la respiración

Incluso si los cuantos han logrado poner en marcha el transporte de electrones y se han formado ATP y NADPH, eso aún no es biomasa. A continuación entra en juego el ciclo de Calvin – y aquí nos enfrentamos a costos energéticos. Para sintetizar una molécula de glucosa (C₆H₁₂O₆) se necesitan 18 moléculas de ATP y 12 de NADPH (Farquhar & Sharkey, 1994; Schopfer & Brennicke, 2016). Es un gran “pago” por la reducción del carbono. Pero incluso esto no es todo: parte de la materia orgánica sintetizada se consume inmediatamente en la respiración.

La respiración (mitocondrial) ocurre en todas las células vivas, tanto en luz como en oscuridad. Oxida parte de los fotoasimilados, proporcionando energía a las células para todos los procesos vitales. A lo largo del día, la respiración puede consumir del 25 al 50% (o incluso más) de los carbohidratos sintetizados durante el día (Connor et al., 2011; Lambers & Oliveira, 2019). La proporción de pérdidas respiratorias es especialmente alta en especies de crecimiento lento y en condiciones de estrés.

Además, en plantas C₃, la fotorrespiración juega un papel importante: un proceso en el que el oxígeno compite con el dióxido de carbono por el centro activo de la enzima Rubisco, lo que lleva a la formación de glicolato y a la pérdida de parte del carbono previamente fijado en forma de CO2. En condiciones de altas temperaturas y baja concentración de CO2, la fotorrespiración puede “consumir” hasta el 30‑40% del carbono asimilado durante la fase lumínica (Medvédev, 2012; Tretiakov et al., 2000). Esta es una de las principales razones por las que las plantas C₃ son menos eficientes en climas cálidos que las C₄.

3.6. ¿Qué es la RUE y por qué es tan baja?

Todas estas pérdidas pueden combinarse en un indicador integral: la eficiencia en el uso de la radiación (RUE, por sus siglas en inglés). La RUE es la relación entre la biomasa acumulada (materia seca) y la cantidad de RFA interceptada. Unidades: gramos de materia seca por megajulio de RFA interceptada (g/MJ) (Connor et al., 2011).

El máximo teórico de RUE puede estimarse de la siguiente manera (Connor et al., 2011; Farquhar & Sharkey, 1994). Supongamos que 1 MJ de energía solar contiene aproximadamente 2,06 moles de cuantos de RFA. De ellos, alrededor del 8% se refleja, el 10% se absorbe de manera ineficiente (calor), quedando 1,69 moles de cuantos para la fotosíntesis. Con un rendimiento cuántico de 0,10 mol CO2 por mol de cuantos (una estimación optimista), se forman 0,169 mol de CH₂O, lo que corresponde a 5,07 g de glucosa por 1 MJ. Pero la respiración consume aproximadamente un tercio, y entonces la producción neta sería de unos 3,4 g de materia seca por MJ. Ese es el máximo teórico de RUE (Connor et al., 2011).

Sin embargo, en un cultivo real, la RUE real es mucho menor. Incluso en los mejores cultivos C₄ (maíz, sorgo, caña de azúcar) durante períodos cortos de máxima productividad, la RUE puede alcanzar 2,5‑3,5 g/MJ, mientras que en cultivos C₃ es de 1,5‑2,5 g/MJ (Connor et al., 2011). Los valores medios durante toda la temporada de crecimiento son aún menores. ¿Por qué no se alcanza ni siquiera el máximo teórico? Porque no hemos tenido en cuenta muchos factores:

  • Arquitectura del dosel no ideal: parte de la luz cae al suelo o sobre órganos no funcionales.
  • Senescencia de las hojas: con la edad, el aparato fotosintético se degrada y la RUE disminuye.
  • Estrés: sequía, salinidad, deficiencia de nutrientes, enfermedades – todos reducen la eficiencia fotosintética y aumentan las pérdidas respiratorias.
  • Limitación por sumidero: si la planta no tiene suficiente demanda de asimilados (por ejemplo, por escaso número de flores o frutos), la fotosíntesis se frena por retroalimentación negativa – la acumulación de carbohidratos reprime la actividad de los genes fotosintéticos.

3.7. Comparación de la RUE entre plantas C₃ y C₄

Las diferencias en la RUE entre plantas C₃ y C₄ son un ejemplo clásico de adaptación fisiológica. Las plantas C₄ casi carecen de fotorrespiración, por lo que a altas temperaturas y con luz intensa tienen ventaja: su RUE es un 30‑50% mayor (Connor et al., 2011; Taiz et al., 2023). Sin embargo, las plantas C₃ tienen sus propios “nichos”: a bajas temperaturas y en condiciones de poca luz (por ejemplo, al inicio y final del ciclo, o con luz difusa), su eficiencia puede ser mayor, porque el mecanismo C₄ requiere energía adicional para la “bomba” de CO2, y en condiciones frías ese mecanismo funciona de manera ineficiente.

Por eso, en latitudes templadas cultivamos trigo, cebada, avena, papa – cultivos C₃ – mientras que en los trópicos y subtropicales cultivamos maíz, sorgo, caña de azúcar – cultivos C₄. El calentamiento global podría inclinar la balanza hacia las especies C₄ en algunas regiones.

3.8. ¿Por qué la RUE a nivel de cultivo es menor que la de una hoja aislada?

Un dato interesante: la RUE de una hoja aislada, medida en condiciones ideales, suele ser mayor que la RUE de todo el cultivo. Esto se debe a que en el dosel las hojas no trabajan todas a plena capacidad simultáneamente. Las hojas superiores pueden estar saturadas de luz y funcionar de manera ineficiente (exceso de luz, parte se va en calor), mientras que las inferiores están limitadas por la luz. Además, dentro del dosel cambia la composición espectral de la luz: aumenta la proporción de rojo lejano, que se absorbe con menor intensidad, lo que también reduce la eficiencia cuántica. Por último, la respiración de toda la biomasa (incluyendo tallos, raíces, órganos senescentes) reduce la ganancia neta. Por ello, al calcular el rendimiento siempre trabajamos con una RUE promedio, que determina cuánta materia seca se acumula al final de la temporada (Connor et al., 2011; Schopfer & Brennicke, 2016).

3.9. Resumen de la sección: por qué se pierde la mayor parte de la energía

Resumamos brevemente las pérdidas:

1. Pérdidas espectrales (~55%): solo la RFA (400‑700 nm) puede utilizarse.

2. Reflexión y transmisión (~10‑20% de la RFA): parte de la luz no es absorbida por las hojas.

3. Disipación térmica y fluorescencia (~10‑15% de lo absorbido): parte de la energía de excitación no llega a la fotoquímica.

4. Fotorrespiración (en C₃) y respiración (en todas): hasta el 30‑50% del carbono fijado se gasta en el mantenimiento.

5. Funcionamiento no ideal del dosel: la luz se distribuye de manera desigual, parte cae al suelo.

En definitiva, incluso en los cultivos más productivos, la eficiencia de conversión de la energía solar en energía química de la biomasa no supera el 3‑5%, y la mayoría de las veces es del 0,5‑2%. Esto puede parecer insignificante, pero es precisamente esa pequeña eficiencia la que alimenta a toda la humanidad. Por eso, cualquier forma de aumentar la RUE – ya sea mediante la mejora genética de variedades más eficientes, el mejoramiento de la arquitectura del dosel o el combate contra el estrés – produce un enorme efecto agronómico.

Términos principales de esta sección:

  • RFA (radiación fotosintéticamente activa) – parte del espectro solar (400‑700 nm) utilizada para la fotosíntesis.
  • Rendimiento cuántico – número de moléculas de CO2 fijadas por cuanto de luz absorbido; máximo teórico 0,125, real 0,04‑0,07.
  • RUE (eficiencia en el uso de la radiación) – gramos de materia seca por MJ de RFA interceptada.
  • Amortiguamiento no fotoquímico – mecanismo de disipación del exceso de energía lumínica en forma de calor a través del ciclo de las xantofilas.
  • Fotorrespiración – proceso en el que la Rubisco fija O2 en lugar de CO2, lo que provoca pérdida de carbono y reduce el rendimiento cuántico.
  • Máximo teórico de RUE – aproximadamente 3,4 g/MJ; real en cultivos C₄ hasta 3,5 g/MJ, en C₃ hasta 2,5 g/MJ.

En la siguiente sección veremos cómo la fotosíntesis bruta y la respiración se combinan para formar el balance neto de carbono del cultivo, y cómo esto determina el rendimiento final.

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4. Balance de carbono del cultivo

Ahora llegamos al punto más importante para entender la productividad: ¿cómo se forma el incremento final de materia seca, es decir, el rendimiento, a partir de todo lo que la planta ha sintetizado durante el día? Ya sabemos que la fotosíntesis es el proceso de fijación de dióxido de carbono. Pero simultáneamente, la planta realiza continuamente el proceso inverso – la respiración, que oxida parte de la materia orgánica hasta CO2. Lo que queda después de restar las pérdidas respiratorias de la fotosíntesis total (bruta) se denomina productividad primaria neta, y es lo que determina el rendimiento.

En esta sección analizaremos cómo se estructura el balance de carbono a nivel de todo el cultivo, por qué la respiración no es solo una “pérdida” sino un proceso necesario, y cómo el rendimiento surge del equilibrio de estos dos flujos.

4.1. Fotosíntesis bruta y neta: una primera aproximación

Comencemos con las definiciones formales. La fotosíntesis bruta es la cantidad total de CO2 fijado por los órganos fotosintetizadores por unidad de tiempo. La fotosíntesis neta (o aparente) es la diferencia entre la cantidad de CO2 fijado y la cantidad de CO2 liberado por la respiración (Farquhar & Sharkey, 1994; Schopfer & Brennicke, 2016).

En experimentos clásicos, esto se mide como el intercambio gaseoso de la hoja. Si colocamos una hoja en una cámara cerrada en oscuridad, liberará CO2 (respiración). En luz, comenzará a absorber CO2 (fotosíntesis), pero la absorción completa no ocurrirá hasta que la intensidad de la luz supere el punto de compensación lumínica – el momento en que la fotosíntesis y la respiración se equilibran (Schopfer & Brennicke, 2016). Por encima de este punto comienza la acumulación neta de carbono (fotosíntesis neta).

Sin embargo, a nivel de todo el cultivo, la situación es más compleja porque:

  • en el cultivo no solo hay hojas, sino también tallos, raíces, flores, frutos – todos respiran, pero no todos fotosintetizan;
  • la respiración no cesa ni siquiera con luz (aunque parte de ella se suprime por el efecto Kok);
  • además, en plantas C₃ existe la fotorrespiración, que también libera CO2, y es difícil separarla de la respiración mitocondrial en las mediciones de intercambio gaseoso (Farquhar & Sharkey, 1994).

Por lo tanto, el balance completo de carbono del cultivo se describe con una ecuación similar a la de Ivanov (Tretiakov et al., 2000):

$$\text{Rendimiento} = \text{Fotosíntesis bruta} - \text{Respiración} - \text{Pérdidas} - \text{Hojarasca}$$

donde “pérdidas” puede incluir exudados radiculares, compuestos orgánicos volátiles, y “hojarasca” – partes muertas (hojas, raíces).

4.2. Respiración: no solo pérdida, sino necesidad

A menudo, la respiración se percibe solo como un costo inevitable. En realidad, la respiración es un proceso fundamental que sustenta todas las funciones vitales de la planta. Suministra energía (ATP) y esqueletos de carbono para la síntesis de nuevas células, el transporte activo de iones, el mantenimiento de potenciales de membrana y la renovación de proteínas. El carbono “perdido” a través de la respiración es el precio por la vida y el crecimiento.

En fisiología vegetal, la respiración suele dividirse en tres componentes funcionales (Lambers & Oliveira, 2019; Marschner, 2012):

1. Respiración de crecimiento – energía y sustratos gastados en sintetizar nueva biomasa. Es un costo obligatorio por crear cada nueva célula. Representa aproximadamente el 20‑30% de la respiración total en plantas de crecimiento rápido y depende de la composición química del tejido sintetizado (proteínas, lípidos, celulosa requieren diferentes costos).

2. Respiración de mantenimiento – costos de renovación de proteínas, mantenimiento de gradientes iónicos, reparación de membranas y otros procesos necesarios para preservar la biomasa existente. En plantas viejas o de crecimiento lento, la fracción de mantenimiento aumenta hasta el 50‑80%.

3. Respiración de transporte de iones – costos de absorción de iones del suelo y su transporte en xilema y floema. En las raíces, esta fracción es especialmente grande y puede representar hasta el 30‑50% de la respiración total de la raíz, especialmente cuando la disponibilidad de nutrientes es baja (Lambers & Oliveira, 2019).

Así, la respiración total de la planta puede expresarse como:

$$R_{\text{total}} = R_{\text{crecimiento}} + R_{\text{mantenimiento}} + R_{\text{transporte}}$$

Y cada uno de estos componentes depende en gran medida de las condiciones ambientales y del estado de la planta.

4.3. ¿Cuánto carbono “consume” la respiración?

Para estimar la magnitud de las pérdidas, podemos citar los siguientes datos (Lambers & Oliveira, 2019; Connor et al., 2011):

  • En promedio, las plantas gastan en respiración entre el 25 y el 50% (y a veces hasta el 70%) del carbono fijado en la fotosíntesis durante el día.
  • En plantas jóvenes y de crecimiento activo, la proporción de respiración de crecimiento es alta, pero se “amortiza” rápidamente: se crea nueva superficie fotosintética.
  • En plantas envejecidas o sometidas a estrés (sequía, salinidad, deficiencia de nitrógeno), la proporción de respiración de mantenimiento aumenta porque aumentan los costos de reparación y regulación osmótica.

Curiosamente, en especies de crecimiento lento (por ejemplo, gramíneas perennes o árboles), la proporción de respiración en el balance suele ser mayor que en variedades cultivadas de crecimiento rápido (Lambers & Oliveira, 2019). Esta es una de las razones por las que los mejoradores buscan variedades de crecimiento rápido con una alta proporción de respiración de crecimiento (compensada por la rápida formación de rendimiento) y costos mínimos de mantenimiento.

A nivel de cultivo, la respiración total es la suma de:

  • la respiración de todas las partes verdes aéreas (hojas, tallos, espigas);
  • la respiración de las raíces, que es especialmente alta en cereales y leguminosas con sistemas radiculares desarrollados;
  • la respiración de la microflora del suelo, que oxida los exudados radiculares y la hojarasca (la llamada respiración heterótrofa del suelo).

En condiciones de campo, la respiración del suelo puede representar el 30‑60% de la respiración total del agroecosistema, lo que hace que la evaluación del balance de carbono del cultivo sea una tarea compleja que requiere tener en cuenta los procesos del suelo.

4.4. Fotorrespiración como pérdida adicional en plantas C₃

Un caso especial es la fotorrespiración, que ya hemos mencionado brevemente. En plantas C₃, que incluyen la mayoría de los cultivos de zonas templadas (trigo, cebada, arroz, papa, soja, girasol), alrededor del 25‑30% del carbono fijado puede perderse como CO2 a través de la fotorrespiración, y a altas temperaturas y baja concentración de CO2 (por ejemplo, cuando los estomas se cierran al mediodía), las pérdidas pueden alcanzar el 40‑50% (Medvédev, 2012; Tretiakov et al., 2000). En plantas C₄, la fotorrespiración está prácticamente ausente (menos del 5‑6%), porque el CO2 se concentra en las células de la vaina y suprime la actividad oxigenasa de la Rubisco (Medvédev, 2012; Kuznetsov & Dmitrieva, 2006).

Por lo tanto, en plantas C₃ la fotosíntesis bruta puede ser alta, pero la ganancia neta es significativamente menor debido a la fotorrespiración. Esto explica por qué en regiones cálidas los cultivos C₄ (maíz, sorgo) suelen ser más productivos.

4.5. Balance de carbono y crecimiento: dependencia de la etapa de desarrollo

El balance de carbono del cultivo no es estático: cambia a lo largo del ciclo vegetativo. Al principio del desarrollo, cuando el aparato foliar apenas se está formando, la respiración de crecimiento puede superar o ser comparable a la fotosíntesis, por lo que la ganancia neta es pequeña. Luego, cuando se alcanza el IAF crítico, la fotosíntesis neta es máxima y el cultivo acumula biomasa rápidamente. En la fase de floración y llenado del grano, la respiración de toda la planta (especialmente la de tallos, raíces y frutos en desarrollo) puede aumentar de nuevo, y la ganancia neta de biomasa se ralentiza o incluso se vuelve negativa (si la respiración de hojas viejas y raíces supera la fotosíntesis de las partes verdes restantes) (Connor et al., 2011; Tretiakov et al., 2000).

Esto se observa claramente en los cultivos anuales: primero hay un crecimiento exponencial de la masa foliar, luego un crecimiento lineal de toda la biomasa, y al final una acumulación de carbono en los órganos reproductivos mediante la reutilización de asimilados de las partes vegetativas (Farquhar & Sharkey, 1994). En esta etapa, el balance de carbono de todo el cultivo puede volverse negativo si la respiración de las hojas viejas y las raíces no es compensada por la fotosíntesis de la espiga o los frutos.

4.6. Medición del balance de carbono a nivel de cultivo

Para la evaluación práctica del balance de carbono del cultivo se utilizan varios enfoques:

1. Métodos de intercambio gaseoso (analizadores de gases infrarrojos) – medición de CO2 y H₂O sobre el cultivo (métodos micrometeorológicos) o en cámaras (Tretiakov et al., 2000). Permiten calcular el intercambio neto del ecosistema (NEE).

2. Método de cosecha (biomasa) – muestreo periódico y determinación de la masa seca (método directo).

3. Método del potencial fotosintético – integral del índice de área foliar en el tiempo. Este indicador se correlaciona con el rendimiento (Connor et al., 2011; Tretiakov et al., 2000).

Sin embargo, todos estos métodos ofrecen solo una imagen aproximada. Un verdadero balance de carbono solo es posible si se consideran simultáneamente la fotosíntesis, la respiración de todos los órganos (incluyendo raíces y microflora del suelo) y los flujos de carbono hacia el suelo.

4.7. Importancia práctica: cómo el balance de carbono controla el rendimiento

Comprender el balance de carbono es importante para la práctica. Si sabemos que el rendimiento está determinado por la diferencia entre la fotosíntesis y la respiración, podemos manejar el rendimiento de dos maneras:

  • Aumentar la fotosíntesis bruta (mediante la mejora de la interceptación de luz, el aumento de la concentración de CO2, la selección de una fotosíntesis más eficiente).
  • Reducir las pérdidas respiratorias (mediante la selección de una respiración de mantenimiento más baja, la optimización del suministro de agua, el control de enfermedades que aumentan la respiración de los tejidos afectados).

Sin embargo, la selección para una respiración más baja no siempre es beneficiosa, porque la respiración sustenta el crecimiento. El objetivo no es simplemente reducir la respiración, sino cambiar su estructura: aumentar la proporción de respiración de crecimiento y reducir la de mantenimiento. Esto se logra mediante un desarrollo acelerado, la formación temprana de rendimiento y la reducción del período vegetativo.

Otro punto importante: en condiciones de estrés (sequía, salinidad, altas temperaturas), la proporción de respiración de mantenimiento aumenta considerablemente debido a la necesidad de sintetizar osmoprotectores, reparar membranas y activar sistemas de defensa (Lambers & Oliveira, 2019). Por lo tanto, las variedades tolerantes a la sequía no solo son aquellas que transpiran menos, sino también aquellas en las que las pérdidas respiratorias bajo estrés son mínimas.

4.8. Resumen de la sección: productividad neta y sus componentes

Así, el balance de carbono del cultivo es un resultado integral de:

  • Fotosíntesis bruta – determinada por la interceptación de luz, la actividad de la Rubisco y la disponibilidad de CO2.
  • Respiración – compuesta por tres componentes (crecimiento, mantenimiento, transporte), cada uno dependiente de la etapa de desarrollo, el ambiente y el genotipo.
  • Fotorrespiración – una pérdida adicional en plantas C₃, que puede reducirse mediante el enriquecimiento con CO2 o la mejora genética.

En definitiva, la productividad neta del cultivo (incremento neto de biomasa) es lo que queda para la formación del rendimiento. La práctica agrícola busca maximizarla mediante el manejo de la densidad de siembra, las fechas de siembra, la fertilización nitrogenada y el riego. Comprender todos los componentes del balance de carbono es la clave para una agricultura racional.

Términos principales de esta sección:

  • Fotosíntesis bruta – cantidad total de CO2 fijado sin considerar la respiración.
  • Fotosíntesis neta (aparente) – diferencia entre la fotosíntesis bruta y la respiración (incluyendo la fotorrespiración).
  • Respiración de crecimiento – energía y sustratos gastados en sintetizar nueva biomasa.
  • Respiración de mantenimiento – costos de renovación de proteínas, mantenimiento de gradientes, reparación.
  • Respiración de transporte iónico – costos de absorción y transporte de iones desde el suelo.
  • Fotorrespiración – proceso de pérdida de carbono en plantas C₃ debido a la actividad oxigenasa de la Rubisco.
  • Productividad primaria neta – fotosíntesis bruta menos todas las pérdidas respiratorias (mitocondriales + fotorrespiración).

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5. ¿Cómo ayuda la fisiología a aumentar el rendimiento?

Hemos recorrido un largo camino: desde la hoja aislada, pasando por la interceptación de la luz y la eficiencia en el uso de la radiación, hasta el complejo balance de carbono de todo el cultivo. Ahora surge naturalmente la pregunta: ¿cómo pueden aplicarse todos estos conocimientos fundamentales en la práctica? ¿Qué puede ofrecer la fisiología vegetal al agrónomo, al mejorador, al productor, más allá de recomendaciones generales como “mejore las técnicas agronómicas”?

La respuesta es que la fisiología proporciona principios científicos para el manejo dirigido del proceso productivo. No solo permite seleccionar empíricamente técnicas, sino diseñar variedades y tecnologías con propiedades predeterminadas. En esta sección, consideraremos los principales enfoques fisiológicos para aumentar el rendimiento, sin repetir las prácticas agronómicas, sino centrándonos en cómo el conocimiento de los mecanismos permite intervenir de manera consciente.

5.1. Mejora genética para mejorar la interceptación de luz y la arquitectura del dosel

Como ya hemos comentado, la interceptación de la luz está determinada por dos parámetros clave: el índice de área foliar (IAF) y la arquitectura del dosel (coeficiente de extinción k). Ambos son caracteres hereditarios que pueden mejorarse mediante la selección.

Optimización del IAF. En las variedades modernas de alto rendimiento de cereales, el IAF en floración alcanza 5‑8, mientras que en variedades antiguas y formas silvestres era mucho menor (Connor et al., 2011). Los mejoradores han seleccionado deliberadamente formas con hojas más grandes y mayor número de hojas por tallo para alcanzar el IAF crítico más rápidamente y mantenerlo por más tiempo. Sin embargo, hay un límite: un IAF demasiado alto conduce a un sombreado excesivo de los estratos inferiores y, en consecuencia, a un aumento de la respiración de las hojas viejas sin un incremento de la fotosíntesis. Por lo tanto, la mejora genética moderna no busca simplemente el IAF máximo, sino el IAF óptimo para condiciones específicas (disponibilidad de luz, duración del ciclo, suministro de agua).

Arquitectura del dosel. El ángulo de las hojas es otro carácter importante para la selección (Taiz et al., 2023; Connor et al., 2011). En la mayoría de las variedades modernas de arroz, trigo y maíz, las hojas superiores tienen una orientación erectoide (vertical), lo que mejora la penetración de la luz en el interior del dosel y aumenta la fotosíntesis de los estratos inferiores. Las hojas medias suelen disponerse en ángulo intermedio, y las inferiores, más horizontales, para captar la luz difusa. Esto se logra seleccionando formas con determinada longitud de entrenudos, rigidez de las vainas foliares y sensibilidad al fotoperiodo.

La selección por arquitectura del dosel es un ejemplo clásico de enfoque fisiológico: no solo aumentamos el área foliar, sino que creamos una disposición espacial que maximiza la interceptación total de luz y garantiza una iluminación uniforme entre estratos. Estas variedades permiten densidades de siembra más altas sin el riesgo de reducir la productividad de las hojas inferiores.

5.2. Aumento de la RUE: de la fotosíntesis al rendimiento

Mejorar la interceptación de la luz es solo la mitad del trabajo. La otra mitad es aumentar la eficiencia en el uso de la luz interceptada, es decir, la RUE (Farquhar & Sharkey, 1994; Connor et al., 2011). Aquí la fisiología abre varias vías.

Aumento del rendimiento cuántico. El máximo teórico para plantas C₃ es de 0,125 mol CO2 por mol de cuantos, pero los valores reales son de 0,05‑0,07 debido a la fotorrespiración y otras pérdidas. Reducir la fotorrespiración es uno de los objetivos. Esto puede hacerse mediante:

  • selección de una Rubisco con mayor especificidad por CO2 frente a O2 (aunque en la mayoría de las especies esta especificidad ya está cerca del óptimo evolutivo);
  • creación de variedades con un metabolismo del glicolato más eficiente (por ejemplo, con una reutilización mejorada del carbono del ciclo del glicolato);
  • ingeniería genética para introducir elementos del mecanismo de concentración de CO2 de las C₄ en plantas C₃ (una de las tareas más ambiciosas de la fisiología moderna).

Para las plantas C₄, la tarea es diferente: su fotosíntesis ya está cerca del límite cuántico a altas temperaturas, pero a bajas temperaturas su RUE disminuye debido a los costos energéticos adicionales de la bomba C₄. Por lo tanto, la selección de cultivos C₄ para la tolerancia al frío es también un desafío fisiológico.

Mejora del funcionamiento de la Rubisco. La Rubisco es una enzima lenta; su número de recambio catalítico (moléculas de sustrato convertidas por unidad de tiempo) es de solo 3‑5 s⁻¹, mientras que la mayoría de las enzimas tienen valores varios órdenes de magnitud superiores. Por lo tanto, aumentar la cantidad o la actividad de la Rubisco es una vía directa para aumentar la fotosíntesis (Farquhar & Sharkey, 1994). Sin embargo, hay un matiz: la Rubisco contiene mucho nitrógeno (hasta el 25% del nitrógeno total de las hojas en plantas C₃). Por lo tanto, aumentar la Rubisco requiere una nutrición nitrogenada adicional, y en condiciones de deficiencia de nitrógeno esto se convierte en un factor limitante. Los mejoradores buscan formas con una Rubisco más eficiente (alta relación entre la velocidad máxima y el contenido de nitrógeno) o con una distribución optimizada del nitrógeno entre hojas de diferentes edades (Taiz et al., 2023).

Mejora de la regeneración de RuBP. La tasa de fotosíntesis a menudo está limitada no por la carboxilación, sino por la regeneración de ribulosa‑1,5‑bifosfato (RuBP) – un proceso que depende del transporte de electrones y la producción de ATP. Mejorar la eficiencia del transporte de electrones, aumentar el contenido de citocromos y plastoquinonas, y mejorar el acoplamiento con la fosforilación son objetivos potenciales para la selección y la biotecnología (Farquhar & Sharkey, 1994).

5.3. Manejo de las relaciones fuente‑sumidero: el papel del sumidero

Ya hemos mencionado que la fotosíntesis no siempre está limitada por la luz o el CO2. A menudo está limitada por la capacidad de la planta para usar los asimilados – la llamada limitación por sumidero (Marschner, 2012; Farquhar & Sharkey, 1994). Si la planta tiene pocos frutos, tubérculos u otros órganos de almacenamiento, el exceso de carbohidratos en las hojas suprime la fotosíntesis por retroalimentación negativa: la acumulación de azúcares reprime los genes que codifican enzimas fotosintéticas, y también provoca la acumulación de almidón en los cloroplastos, lo que altera mecánicamente su estructura.

El enfoque fisiológico para resolver este problema es crear un sistema fuente‑sumidero equilibrado. Esto se logra de dos maneras:

  • mediante la selección para aumentar el número y la capacidad de los órganos aceptores (por ejemplo, número de granos por espiga, tamaño de los tubérculos, masa de los frutos);
  • mediante prácticas agronómicas que estimulan el crecimiento de los aceptores (por ejemplo, fertilización en fases críticas, regulación de la densidad).

Curiosamente, en muchos cultivos, la mejora genética ha seguido el camino de aumentar la fuerza del sumidero: selección de espigas grandes, alto número de granos e índice de cosecha elevado (proporción de la parte económicamente valiosa en la biomasa total) (Connor et al., 2011). Esto ha llevado a que en las variedades modernas el sumidero deje de ser limitante, y ahora los esfuerzos se dirigen a aumentar la fotosíntesis – para abastecer a ese sumidero reforzado con asimilados. Así, volvemos a la tarea de aumentar la RUE y la fotosíntesis bruta, pero ahora en combinación con un sumidero más fuerte.

5.4. Reducción de las pérdidas respiratorias: cómo no perder rendimiento

La respiración, como hemos visto, puede consumir hasta la mitad o más del carbono fijado. La selección para reducir las pérdidas respiratorias es una tarea fundamental de la fisiología (Lambers & Oliveira, 2019). Pero hay que tener cuidado: no se puede simplemente reducir la respiración sin alterar el crecimiento. Por lo tanto, la estrategia es:

  • Reducir la respiración de mantenimiento. Esto se logra seleccionando formas con membranas más estables, menor tasa de recambio de proteínas (manteniendo la funcionalidad) y bombas iónicas más eficientes. También es importante la resistencia al estrés – en condiciones de sequía o salinidad, la respiración de mantenimiento aumenta bruscamente, por lo que las variedades tolerantes a la sequía suelen tener una respiración de mantenimiento más baja en condiciones de déficit hídrico.
  • Optimizar la respiración de crecimiento. En variedades de crecimiento rápido, la respiración de crecimiento representa una proporción mayor que la de mantenimiento, y esto es beneficioso porque se compensa con la rápida producción de biomasa. La selección por desarrollo acelerado y formación temprana de rendimiento es, en esencia, una selección para desplazar el equilibrio hacia la respiración de crecimiento.
  • Reducir la fotorrespiración (en plantas C₃) – una de las formas más eficaces de reducir pérdidas, pero hasta ahora no se han logrado avances reales en la selección para una fotorrespiración reducida sin pérdida de productividad (Farquhar & Sharkey, 1994). Sin embargo, los enfoques genéticos (por ejemplo, la introducción de vías bacterianas de utilización del glicolato que no liberan CO2) prometen avances en el futuro.

También es importante tener en cuenta que la respiración de las raíces depende en gran medida de la disponibilidad de nutrientes. En condiciones de deficiencia de nitrógeno o fósforo, las raíces deben gastar más energía en la absorción de iones, lo que aumenta la fracción de respiración de transporte (Lambers & Oliveira, 2019). Por lo tanto, optimizar la nutrición mineral es también una forma fisiológica de reducir las pérdidas respiratorias y aumentar la proporción de carbono destinada al rendimiento.

5.5. Uso de marcadores fisiológicos en la mejora genética

La selección por rendimiento es un proceso largo y laborioso, especialmente cuando el carácter es poligénico. La fisiología ofrece marcadores rápidos e informativos que permiten evaluar la productividad potencial incluso antes de la cosecha. Entre ellos:

  • Isótopos estables de carbono (¹³C). Como ya comentamos, la relación Δ¹³C/¹²C en los tejidos vegetales refleja la relación entre la concentración interna y atmosférica de CO2 (ci/ca), que a su vez está relacionada con el régimen hídrico y la fotosíntesis (Farquhar & Sharkey, 1994; Taiz et al., 2023). En plantas C₃, valores más negativos de Δ¹³C corresponden a estomas más abiertos y, por lo tanto, a una mayor actividad fotosintética, pero también a mayores pérdidas por transpiración. Este marcador se utiliza ampliamente para seleccionar formas tolerantes a la sequía.
  • Fluorescencia de la clorofila. Un método rápido y no destructivo para evaluar la eficiencia del fotosistema II. Los parámetros Fv/Fm (rendimiento cuántico máximo) y ΨPSII (rendimiento cuántico efectivo) permiten evaluar el estado del aparato fotosintético, el grado de daño fotooxidativo y la salud general de la planta (Taiz et al., 2023). Esto permite seleccionar formas resistentes al estrés (sequía, altas temperaturas, salinidad) o con alto potencial fotosintético.
  • Mediciones de intercambio gaseoso. La medición directa del intercambio de CO2 en condiciones de campo (con analizadores de gases infrarrojos portátiles) permite evaluar no solo la fotosíntesis actual, sino también la conductancia estomática y la concentración intercelular de CO2, lo que proporciona información sobre los factores limitantes (Tretiakov et al., 2000).
  • Contenido de clorofila y nitrógeno en las hojas. Aunque, como hemos mencionado, la relación directa entre el contenido de clorofila y la fotosíntesis no siempre es clara, este indicador se utiliza a menudo como un indicador integral del estado del nitrógeno y de la actividad fotosintética potencial (Marschner, 2012).

Estos métodos permiten al mejorador realizar una selección temprana de genotipos prometedores, sin esperar el final del ciclo vegetativo, y evaluar el estado fisiológico de las plantas a lo largo del tiempo.

5.6. Manejo fisiológico del cultivo: de la teoría a la práctica

Además de la mejora genética, los conocimientos fisiológicos se aplican directamente en el manejo de los cultivos:

  • Optimización de la densidad de siembra – para alcanzar el IAF crítico en el momento adecuado, pero sin superarlo. Se trata de un cálculo basado en el conocimiento de la arquitectura de la variedad y el régimen de radiación regional (Connor et al., 2011).
  • Regulación de la nutrición nitrogenada – el nitrógeno afecta no solo al crecimiento, sino también a la fotosíntesis (síntesis de Rubisco) y a la respiración. Las dosis y épocas de aplicación de nitrógeno se eligen para prolongar al máximo el trabajo activo del aparato fotosintético y evitar un crecimiento vegetativo excesivo en detrimento del rendimiento (Marschner, 2012; Tretiakov et al., 2000).
  • Riego y manejo de la sequía – el conocimiento de cómo el déficit hídrico afecta la conductancia estomática y la fotosíntesis permite elegir estrategias de riego (por ejemplo, riego por goteo que mantiene una humedad óptima, o sequías de endurecimiento para inducir adaptación).
  • Uso de reguladores del crecimiento – algunas fitohormonas (por ejemplo, las citoquininas) pueden estimular la exportación de asimilados desde las hojas y retrasar la senescencia, aumentando así el potencial fotosintético (Marschner, 2012). Otras (por ejemplo, los retardantes) reducen el crecimiento vegetativo, redirigiendo los asimilados a los frutos.

Es importante entender que los enfoques fisiológicos no reemplazan a las prácticas agronómicas – las fundamentan y refinan. Sabiendo cómo funciona realmente el aparato fotosintético y la respiración, el agrónomo puede tomar decisiones informadas en lugar de seguir esquemas.

5.7. Conclusión principal: la fisiología como base de una agricultura inteligente

Así, hemos completado nuestro recorrido desde la hoja hasta el rendimiento. ¿Qué hemos aprendido?

1. La alta fotosíntesis de una hoja aislada es una condición necesaria pero no suficiente para un alto rendimiento. El rendimiento está determinado por la interceptación de la luz, la RUE, el balance de carbono y las relaciones fuente‑sumidero a nivel de todo el cultivo.

2. La fisiología proporciona las claves para mejorar cada uno de estos parámetros: arquitectura del dosel, eficiencia fotosintética, reducción de pérdidas respiratorias, equilibrio fuente‑sumidero – todos son caracteres fisiológicos manejables.

3. La mejora genética armada con marcadores fisiológicos permite crear variedades con propiedades deseadas de manera dirigida, acelerando el progreso.

4. Las prácticas agronómicas basadas en principios fisiológicos permiten realizar el potencial genético de la variedad, adaptándola a las condiciones específicas del año y la región.

En última instancia, la fisiología vegetal es la ciencia de cómo obtener una cosecha a partir de un rayo de sol, agua y CO2. Y cada punto porcentual de aumento en la eficiencia de este proceso significa toneladas adicionales de grano, raíces u otros productos tan necesarios para la humanidad.

Términos principales de esta sección:

  • Relaciones fuente‑sumidero – sistema de conexiones entre los órganos fuente (donantes) y los órganos consumidores (aceptores) de asimilados, que determina la distribución del carbono.
  • Marcadores fisiológicos – indicadores medibles (composición isotópica, fluorescencia, intercambio gaseoso) que permiten evaluar la productividad potencial y la tolerancia al estrés de los genotipos.
  • Índice de cosecha – proporción de la parte económicamente valiosa de la planta en la biomasa total; carácter de mejora genética estrechamente relacionado con las relaciones fuente‑sumidero.
  • Limitación por sumidero – situación en la que la fotosíntesis está limitada no por la luz o el CO2, sino por la capacidad de la planta para usar los asimilados para el crecimiento y el almacenamiento.
  • Retardantes – reguladores del crecimiento que reducen el crecimiento vegetativo y redirigen los asimilados a los órganos reproductivos.

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