Fotoperiodismo, vernalización y control de la floración
1. ¿Por qué una planta no necesita un calendario?
Imaginemos una situación. Estamos en un campo, en un bosque o en la estepa. Vemos que alguna planta ha florecido. Podemos decir: «Hoy es 15 de mayo». Pero la planta en sí no sabe que hoy es 15 de mayo. No tiene calendario, ni reloj, ni acceso a internet.
Sin embargo, la mayoría de las plantas florecen con una precisión asombrosa año tras año. El trigo florece a mediados del verano, los crisantemos en otoño, y el centeno de invierno, si se siembra en primavera, puede no florecer en absoluto. ¿Cómo es posible?
La planta resuelve un problema nada trivial: cómo, en unas condiciones ambientales en constante cambio, elegir el único momento óptimo para pasar a la reproducción.
Un error aquí tiene un coste demasiado alto. Si florece demasiado pronto, las heladas dañarán los órganos generativos. Si florece demasiado tarde, las semillas no tendrán tiempo de madurar antes de que lleguen el frío o la sequía. Por eso, la naturaleza ha creado mecanismos que permiten a la planta orientarse no por fechas absolutas, sino por señales fiables que indican el cambio de estaciones.
Esa señal no puede ser simplemente la temperatura: un año el calor puede llegar temprano, otro más tarde. Tampoco puede ser simplemente la cantidad de precipitaciones: es un factor demasiado inestable.
La única señal absolutamente fiable y que se repite anualmente en las latitudes templadas es la duración del día (Garner & Allard, 1920; Horie, 1994).
La duración del día depende exclusivamente de la latitud geográfica y del día concreto del año. No cambia de un año a otro: el 1 de junio siempre es más largo que el 1 de octubre. Para la planta, esto es como un «calendario de la naturaleza» que nunca se equivoca.
Precisamente por eso, la capacidad de responder a la proporción entre día y noche – el fotoperiodismo – es una de las adaptaciones evolutivas clave (Roberts & Summerfield, 1987). Observemos un matiz importante: en los trópicos, donde el día apenas varía, este mecanismo es menos relevante, y allí son más frecuentes las especies que florecen al alcanzar un determinado tamaño (vía autónoma). Pero en nuestras latitudes, el fotoperiodismo se convierte en el principal «director» de la ontogenia.
Además, la planta no mide la duración del día como tal. Como veremos en el siguiente apartado, en realidad la planta mide la duración de la noche continua (Taiz et al., 2023). Registra el momento en que llega la oscuridad y el momento en que amanece. Un error de medición de incluso 15 o 20 minutos puede frustrar la floración (Salisbury, 1963). Por eso, una breve interrupción de la noche (night break) puede alterar por completo el programa de desarrollo de la planta.
Así, a la pregunta principal «¿Cómo determina la planta el momento?» obtenemos la primera respuesta fundamental:
La planta determina el momento por la duración del período oscuro del día. Esa señal es absolutamente fiable, pero para leerla necesita un «instrumento de medición» especial. Ese instrumento es el fitocromo.
Y es a él a quien nos dedicaremos en la siguiente parte de la conferencia.
2. ¿Cómo mide la planta la duración del día?
Entonces, la planta no conoce el calendario, pero sabe con exactitud cuánto duró la noche. El secreto de su asombrosa precisión reside en que las plantas poseen un sensor molecular único que funciona como un interruptor biológico. Ese sensor es el fitocromo (Schopfer & Brennicke, 2016; Hopkins & Hüner, 2009).
Pero es importante comprender de inmediato: el fitocromo no es simplemente un «pigmento que ve la luz». Es una proteína sensora que existe en dos formas interconvertibles. Una forma es activa, la otra inactiva. La transición entre ellas se produce bajo la acción de luz de una longitud de onda estrictamente definida.
Las dos formas del fitocromo: Pr y Pfr
En la oscuridad, el fitocromo se sintetiza en su forma inactiva, denominada Pr (del inglés red – rojo). Esta forma absorbe luz en la región roja del espectro, con un máximo alrededor de 660 nm. Al recibir luz roja, la molécula de Pr se reconfigura rápidamente y se convierte en la forma activa – Pfr (del inglés far‑red – rojo lejano). El Pfr, a su vez, absorbe luz en la región del rojo lejano, con un máximo alrededor de 730 nm, y bajo su influencia vuelve a la forma Pr (Schopfer & Brennicke, 2016).
Esta reacción es muy rápida y reversible:
Pr (inactivo) ⇌ Pfr (activo)
Luz roja (660 nm) → activación
Luz rojo lejana (730 nm) → inactivación
Es esta asombrosa fotorreversibilidad la que permite a la planta leer la señal luminosa. Durante el período oscuro, el Pfr se degrada gradualmente o se convierte en Pr (este proceso se denomina reversión oscura). Cuanto más larga es la noche, menos Pfr activo queda al amanecer (Taiz et al., 2023). La planta «siente» que la noche fue larga si el nivel de Pfr ha caído por debajo de un cierto umbral.
Pero, ¿por qué la planta mide la noche y no el día?
La cuestión es que el Pfr es la forma que solo se forma con la luz. Si la noche es corta, el Pfr no tiene tiempo de descomponerse y el nivel del sensor activo se mantiene alto. Si la noche es larga, el Pfr se degrada y su concentración disminuye. Así pues, midiendo la cantidad de Pfr al amanecer, la planta puede determinar cuánto duró la noche.
Este mecanismo se ilustra fácilmente con el clásico experimento de la interrupción nocturna (night break). Si en medio de una noche larga se da un breve destello de luz roja (660 nm), se produce una rápida conversión de Pr a Pfr, que la planta percibe como una «interrupción de la noche» y cambia la señal a «noche corta». Y si inmediatamente después del rojo se da rojo lejano (730 nm), el efecto se anula: la planta vuelve a «ver» una noche larga (Hopkins & Hüner, 2009; Schopfer & Brennicke, 2016).
Por lo tanto, el fitocromo no es solo un pigmento, sino un reloj molecular que conmuta los programas de desarrollo en función de la proporción de luz roja y rojo lejana en el entorno. Además, en la naturaleza, bajo el dosel vegetal, la proporción de rojo y rojo lejano cambia, y esto también sirve como señal para la respuesta de evitación de la sombra, pero lo discutiremos por separado.
Una aclaración importante: criptocromos y otros sensores
No debemos olvidar que, además del fitocromo, que opera principalmente en la región roja, las plantas tienen otros sensores que perciben la luz azul: los criptocromos y los fototropinos (Schopfer & Brennicke, 2016). También participan en las reacciones fotoperiódicas, especialmente en los procesos relacionados con los ritmos circadianos y la estabilización de reguladores clave de la floración, como la proteína CONSTANS (CO) (Taiz et al., 2023). La interacción de todos estos sistemas garantiza una gran precisión y fiabilidad en la lectura de la información estacional.
Así pues, sabemos cómo mide la planta la duración de la noche. Ahora surge la siguiente pregunta lógica: si todas las plantas tienen este sensor, ¿por qué unas florecen en verano y otras en otoño? Eso depende de cómo se interpreta la señal del Pfr en las distintas especies. La respuesta la veremos en el siguiente capítulo.
3. ¿Por qué diferentes plantas florecen en diferentes estaciones?
Así pues, el fitocromo proporciona a la planta una evaluación cuantitativa de la duración de la noche: cuanto más larga es la noche, menos Pfr activo queda al amanecer. Pero entonces comienza lo más interesante. Según el programa genético de la especie, un nivel bajo de Pfr puede percibirse como una señal de «es hora de florecer» o como una señal de «todavía no».
Esta división es la base de la clasificación clásica de las plantas según su respuesta fotoperiódica (Taiz et al., 2023; Horie, 1994).
Plantas de día corto (Short‑Day Plants, SDP)
Son plantas que florecen solo cuando la duración de la noche supera un cierto valor crítico. Dado que la noche se alarga en otoño, estas plantas florecen a finales del verano o en otoño. En términos de fitocromo: para ellas, un nivel bajo de Pfr (noche larga) es la señal permisiva para la floración. Si la noche es demasiado corta (en verano), el Pfr no se descompone hasta el nivel umbral y la floración queda bloqueada.
Ejemplos clásicos: soja (Glycine max), crisantemo (Chrysanthemum), arroz (Oryza sativa), tabaco «Maryland Mammoth» (Garner & Allard, 1920; Horie, 1994). Para ellos, la duración crítica del día puede ser, por ejemplo, de 12 a 14 horas. Si el día es más largo que ese umbral, vegetan; si es más corto, inician la floración.
Plantas de día largo (Long‑Day Plants, LDP)
Estas plantas, por el contrario, requieren que la noche sea más corta que un cierto valor crítico. Florecen en primavera o a principios del verano, cuando los días son largos y las noches cortas. Para ellas, un nivel alto de Pfr (noche corta) actúa como estímulo para la floración. Si la noche es demasiado larga (en invierno o principios de primavera), el Pfr se degrada y la floración no se inicia.
Ejemplos: trigo (Triticum aestivum), cebada (Hordeum vulgare), espinaca (Spinacia oleracea), rábano (Horie, 1994; Connor et al., 2011). En el trigo, la duración crítica del día puede ser de unas 10 a 14 horas, pero el valor exacto varía mucho entre las distintas variedades.
Plantas neutras al fotoperiodo (Day‑Neutral Plants, DNP)
Existe un tercer grupo que no presta atención al fotoperiodo. Estas plantas florecen al alcanzar una determinada edad, tamaño o biomasa acumulada. Para ellas, las señales de duración del día no son importantes; su floración está controlada por vías autónomas o por giberelinas (Connor et al., 2011; Taiz et al., 2023). Ejemplos: tomate, girasol, maíz (muchas variedades modernas). Evolutivamente, suelen proceder de los trópicos, donde los cambios estacionales del día son mínimos, o de lugares con humedad impredecible, donde es más importante «aprovechar el momento» que esperar una estación determinada.
Matices importantes: duración crítica del día y facultativo
Al hablar de la duración crítica del día, debemos tener claro que este valor no es absoluto para todas las plantas. Diferentes especies e incluso variedades tienen la suya propia. Por ejemplo, para una variedad de soja el día crítico puede ser de 14 horas, mientras que para otra puede ser de 13,5 (Horie, 1994). Por eso las variedades de soja se dividen en grupos de madurez: unas están adaptadas a latitudes septentrionales (donde los días de verano son más largos) y otras a latitudes meridionales.
Además, la respuesta fotoperiódica puede ser obligada (cualitativa) o facultativa (cuantitativa) (Connor et al., 2011; Schopfer & Brennicke, 2016).
- Obligada: la planta nunca florece sin el fotoperiodo requerido. Ejemplo: el abrojo de día corto (Xanthium).
- Facultativa: la planta florece incluso con un fotoperiodo no óptimo, pero significativamente más tarde. Ejemplo: la Arabidopsis thaliana de día largo. En este caso, el fotoperiodo acelera o retrasa la floración, pero no es una prohibición absoluta.
Sentido ecológico: ¿por qué es evolutivamente ventajoso?
Ahora, lo más importante: ¿por qué la naturaleza creó estrategias tan diferentes? La respuesta está en la adaptación a las condiciones específicas de crecimiento.
- Las plantas de día largo son habitantes típicos de latitudes templadas y altas. Florecen en primavera o principios del verano, aprovechando el día largo para acumular al máximo la masa vegetativa y formar las semillas antes de que llegue el frío otoñal. También suelen tener una necesidad de vernalización (frío) para no florecer demasiado pronto, cuando existe riesgo de heladas (Connor et al., 2011).
- Las plantas de día corto suelen ser originarias de los trópicos y subtrópicos. Florecen en otoño, cuando los días se acortan. Esto les permite evitar la floración en pleno calor y sequía estivales, y completar el ciclo reproductivo al comienzo de la estación seca (Roberts & Summerfield, 1987; Horie, 1994). Por ejemplo, la soja es originaria de Asia Oriental, donde el acortamiento del día señala la llegada del otoño y un período más húmedo.
Por último, algunas especies presentan patrones más complejos: por ejemplo, plantas de día largo‑corto o de día corto‑largo, que requieren una secuencia estricta de fotoperiodos para florecer (Hopkins & Hüner, 2009). Pero estos son casos particulares que no invalidan el principio general.
Vemos, pues, que una misma señal (el nivel de Pfr) puede conducir a resultados directamente opuestos en diferentes grupos taxonómicos. Este es un claro ejemplo de cómo la evolución utiliza un mismo mecanismo molecular en diferentes «interpretaciones».
Sin embargo, surge una pregunta lógica: si la señal se percibe en la hoja y la flor se forma en el ápice del brote, ¿cómo se transmite la información de la hoja al ápice? Esta pregunta nos lleva al descubrimiento del florígeno – y será el tema del siguiente capítulo.
4. ¿Por qué la hoja controla la floración?
A primera vista, parece lógico que la decisión de florecer deba tomarse allí donde aparece la flor, es decir, en el meristema apical del brote. Al fin y al cabo, es allí donde se forman los primordios florales, y allí donde se producen los cambios morfogenéticos. Sin embargo, los experimentos clásicos del siglo XX demostraron que se trata de una profunda equivocación.
Un hecho asombroso: la señal fotoperiódica no la percibe el ápice, sino la hoja madura (Hopkins & Hüner, 2009; Taiz et al., 2023).
¿Cómo se demostró? Los experimentos más convincentes los llevaron a cabo el fisiólogo ruso Mijaíl J. Chailakhyan (M. Chailakhyan) y sus seguidores. Utilizaron plantas en las que se podía actuar de forma aislada sobre diferentes partes, por ejemplo, cubriendo solo el ápice o solo las hojas con campanas opacas.
Este es el esquema clásico del experimento (Hopkins & Hüner, 2009; Schopfer & Brennicke, 2016):
1. Si se coloca una campana oscura solo sobre el ápice de una planta de día corto (por ejemplo, Perilla o Xanthium), y se dejan las hojas en día largo, no se produce la floración. El ápice está en día corto (en oscuridad), pero no produce efecto.
2. Si, por el contrario, se deja el ápice del brote en día largo (iluminado), mientras que una o varias hojas se someten a día corto, la planta florece. La hoja «siente» el día corto y envía una señal que hace que el ápice se conmute a la floración, a pesar de que el propio ápice se encuentra en condiciones no inductivas.
Estos experimentos demostraron de manera convincente: la hoja es el órgano de percepción del fotoperiodo. Es en ella donde se mide la duración de la noche mediante el fitocromo, y es en ella donde se produce un factor señalizador que se transmite al ápice.
Prueba de la existencia del «florígeno» – una señal transmisible
Experimentos posteriores demostraron que esta señal no es un simple cambio local en la hoja, sino una sustancia que puede transmitirse de una planta a otra mediante injertos (Hopkins & Hüner, 2009; Taiz et al., 2023). Si una hoja inducida (que ha recibido el fotoperiodo adecuado) se injerta en una planta no inducida, la segunda planta también florece, aunque ella misma no haya recibido el fotoperiodo requerido.
Además, resultó que esta señal es universal: puede transferirse entre diferentes especies e incluso entre plantas de diferentes grupos fotoperiódicos. Por ejemplo, injertar una planta de día largo sobre una de día corto puede provocar la floración en esta última si el donante fue inducido por el día largo, y viceversa (Taiz et al., 2023). Esto indica que la base de la inducción fotoperiódica es un factor químico único, que en 1937 M. J. Chailakhyan denominó «florígeno» (Schopfer & Brennicke, 2016; Medvédev, 2012).
Comprensión moderna: el florígeno es la proteína FT
Durante décadas, la naturaleza del florígeno siguió siendo un misterio. Solo en la década de 2000, con la ayuda de métodos moleculares y genéticos en la planta modelo Arabidopsis thaliana, se logró dilucidar que el componente clave del florígeno es una proteína codificada por el gen FLOWERING LOCUS T (FT) (Taiz et al., 2023; Medvédev, 2012).
El gen FT se expresa precisamente en las células acompañantes del floema de la hoja madura en respuesta a un fotoperiodo inductivo. Su expresión es activada por el factor de transcripción CONSTANS (CO), que, como ya hemos mencionado, se acumula en la hoja a una determinada duración del día (con día largo en las plantas de día largo, o con día corto en las de día corto, según la especie) (Taiz et al., 2023). La proteína FT se sintetiza en la hoja, se carga en el floema y se desplaza por el sistema vascular hasta el meristema apical del brote. Este transporte se realiza a través del floema, lo que explica por qué la señal se mueve a una velocidad comparable a la de la corriente de asimilados (Schopfer & Brennicke, 2016).
En el ápice, la proteína FT se une a otra proteína – el factor de transcripción FD (FLOWERING LOCUS D) – y este complejo activa los genes de identidad de los meristemas florales, como LEAFY (LFY) y APETALA1 (AP1) (Taiz et al., 2023; Medvédev, 2012). A partir de ese momento, el ápice cambia irreversiblemente del programa vegetativo al generativo: se produce la evocación floral.
¿Por qué es ventajoso desde el punto de vista evolutivo un esquema tan complejo?
Este control «descentralizado» proporciona a la planta una gran ventaja. La hoja es el órgano que está en contacto directo con el medio ambiente y puede evaluar con mayor precisión las condiciones externas (nivel de iluminación, composición espectral, presencia de competidores). Además, las distintas hojas pueden dar señales de diferente intensidad, y el floema integra estas señales y las transmite al ápice. Así, la decisión de florecer no se toma en un ápice aislado, sino sobre la base de la información global que llega de toda la superficie foliar. Esto hace que el sistema sea más flexible y fiable (Horie, 1994; Connor et al., 2011).
Así pues, ahora sabemos que:
- La hoja es el órgano de percepción del fotoperiodo.
- El floema es la vía de transporte de la señal.
- La proteína FT (florígeno) es el eslabón móvil clave que transmite la información de la hoja al ápice.
- El ápice es el órgano ejecutor donde se pone en marcha el programa de formación de la flor.
Parecería que el panorama está claro. Pero hay otro factor crucial que puede permitir o inhibir la respuesta al fotoperiodo: la temperatura. Muchas plantas, sobre todo en climas templados, necesitan un enfriamiento prolongado para «permitirse» florecer en respuesta al día largo. Este proceso se denomina vernalización y es un regulador tan importante como el fotoperiodismo. Hablaremos de él en el siguiente capítulo.
5. ¿Por qué el frío ayuda a florecer?
Imaginemos el trigo de invierno. Se siembra en otoño. Las plántulas emergen, las plantas vegetan y luego pasan el invierno en forma de roseta o pequeños arbustos. En primavera, reanudan rápidamente su crecimiento y florecen. Si ese mismo trigo se siembra en primavera, no florecerá en absoluto o lo hará con gran retraso, sin tiempo para dar una cosecha. ¿Por qué? Porque para pasar a la floración, esta planta necesita experimentar un período prolongado de temperaturas positivas bajas. Este proceso se denomina vernalización (del latín vernum – primavera) (Taiz et al., 2023; Schopfer & Brennicke, 2016; Connor et al., 2011).
La vernalización es un proceso fisiológico por el cual una exposición prolongada al frío (normalmente de 0 a +10 °C, con un óptimo de 1 a 7 °C) capacita a la planta para florecer. Sin este enfriamiento, la planta permanece en estado vegetativo, incluso si el fotoperiodo es ideal para ella (Hopkins & Hüner, 2009; Medvédev, 2012).
Sentido ecológico: ¿por qué es tan importante el frío?
La principal función de la vernalización es evitar la floración prematura en otoño. Si los cereales de invierno florecieran en otoño, tras un breve período de calor, morirían por las heladas invernales sin haber producido semillas. El frío actúa como una especie de «contraseña»: la planta no comenzará a formar flores hasta que se asegure de que el invierno ha pasado. Además, la vernalización permite a la planta distinguir claramente la primavera del otoño en aquellos períodos del año en que la duración del día es la misma (por ejemplo, el equinoccio de primavera y el de otoño). El frío indica inequívocamente el invierno, y por tanto, el posterior calentamiento es primavera, no otoño (Taiz et al., 2023).
¿Cómo y dónde se percibe el frío?
La vernalización es un proceso metabólico activo que requiere energía y respiración. No actúa sobre semillas secas; el frío debe actuar sobre semillas en germinación (hinchadas) o sobre partes vegetativas en crecimiento activo – principalmente sobre los meristemas (meristemas apicales del brote, hojas jóvenes) (Schopfer & Brennicke, 2016; Connor et al., 2011). Para que la vernalización tenga éxito, no solo se necesita una temperatura determinada, sino también un tiempo suficiente – desde varias semanas hasta varios meses. La eficacia aumenta con la duración de la exposición al frío hasta alcanzar la saturación (Taiz et al., 2023).
Es importante señalar que la vernalización no siempre es irreversible. Si tras el período de frío la planta se coloca en un ambiente cálido (por encima de 25–30 °C), el proceso puede ser desvernalizado, es decir, anulado. Sin embargo, cuanto más larga haya sido la exposición al frío, más estable será el estado de vernalización (Taiz et al., 2023; Schopfer & Brennicke, 2016).
Mecanismos moleculares: epigenética y represión de genes inhibidores
A nivel molecular, la vernalización es uno de los ejemplos más llamativos de regulación epigenética en las plantas. El estudio de este proceso en la planta modelo Arabidopsis thaliana llevó al descubrimiento del gen represor clave de la floración – FLOWERING LOCUS C (FLC) (Taiz et al., 2023; Medvédev, 2012).
FLC codifica una proteína represora (un factor de transcripción del dominio MADS) que suprime la expresión de FT en las hojas y de SOC1 en el ápice. Mientras FLC se expresa activamente, la planta no puede responder a un fotoperiodo inductivo, incluso si el día es largo (Taiz et al., 2023). Durante la vernalización ocurren los siguientes eventos:
1. El frío prolongado activa la expresión de genes implicados en el remodelado de la cromatina (por ejemplo, VIN3).
2. La cromatina en la región del gen FLC se modifica: las histonas sufren metilación (en particular, trimetilación de la lisina 27 y 9), lo que coloca al gen FLC en un estado heterocromático, transcripcionalmente inactivo.
3. El gen FLC se silencia durante el resto del ciclo de vida de la planta. Este estado se hereda en las divisiones celulares, pero no se transmite a la descendencia por semillas – en la embriogénesis, la marca epigenética se borra, y la progenie vuelve a necesitar vernalización (Taiz et al., 2023; Schopfer & Brennicke, 2016).
Tras la supresión de FLC, se levanta la represión de FT y SOC1, y la planta adquiere la capacidad de responder a la señal fotoperiódica. Así pues, la vernalización es una liberación del bloqueo, no una inducción directa de la floración.
Vernalización en cereales: diferencias con Arabidopsis
En los cultivos agrícolas más importantes – trigo, cebada, centeno – el mecanismo molecular de la vernalización es diferente. En ellos, los genes clave son VRN1, VRN2, VRN3 (Taiz et al., 2023; Medvédev, 2012; Slafer et al., 2015).
- VRN1 – gen que codifica un factor de transcripción que se activa con el frío. Desempeña un doble papel como represor y como promotor de la floración (según las interacciones).
- VRN2 – represor que suprime la expresión de VRN3 (análogo de FT) en días largos. El frío suprime VRN2, lo que permite que VRN1 estimule VRN3.
- VRN3 – el análogo de FT, el florígeno, que se sintetiza en las hojas y se desplaza al ápice.
En los cereales, la vernalización también está asociada a cambios epigenéticos, pero la diana no es FLC (que carecen de él) sino los promotores de VRN1 y VRN2. Como resultado, el frío altera la expresión de estos genes, lo que conduce a la «autorización» para florecer cuando llegan los días largos de primavera (Taiz et al., 2023; Slafer et al., 2015).
Interacción de la vernalización y el fotoperiodismo
En la mayoría de las plantas que requieren vernalización, esta no es una condición suficiente para la floración. Normalmente, tras completar la vernalización, la planta necesita también un fotoperiodo inductivo (generalmente día largo). Así, el trigo de invierno debe pasar primero por la vernalización invernal y, luego, en primavera, cuando los días se alargan, se activa la expresión de FT (gracias a la vía fotoperiódica) y se produce la floración. Este doble requisito hace que el sistema sea especialmente fiable: la planta no florecerá accidentalmente en otoño (si hace calor) ni se retrasará hasta el verano sin frío. De este modo, la temperatura y el fotoperiodo trabajan en pareja, formando un sistema integrado de control estacional de la floración (Connor et al., 2011; Slafer et al., 2015).
Así pues, tenemos una imagen completa: la duración del día (a través del fitocromo y CO) y la temperatura (a través de la vernalización y la epigenética) – dos calendarios independientes pero coordinados que permiten a la planta elegir el momento ideal para florecer. Queda por responder a la última pregunta: ¿por qué es todo esto importante para la agricultura? Lo veremos en el capítulo final.
6. ¿Por qué es importante para la agricultura?
Sabemos que la floración no es un evento aleatorio, sino un proceso estrictamente regulado que depende de la duración del día y de la historia térmica. Para la agricultura, este conocimiento tiene una importancia directa y, en ocasiones, decisiva. Estas son las principales conclusiones prácticas que se derivan del estudio del fotoperiodismo y la vernalización.
1. Selección de la variedad para una zona geográfica concreta – la base de la adaptación
Este es, quizás, el punto más importante. Las diferentes regiones del mundo tienen diferentes duraciones del día durante la temporada de crecimiento. Una variedad que crece muy bien en el sur (donde los días son más cortos), si se traslada al norte (donde los días de verano son largos), puede no florecer en absoluto si es una planta de día corto obligada.
- Ejemplo clásico: la soja (Glycine max). Este cultivo se divide en grupos de madurez (del 000 al X) que están vinculados a la sensibilidad fotoperiódica. Las variedades de los grupos septentrionales (00, 0, I) florecen con días más largos, mientras que las meridionales (VI, VII, VIII) lo hacen con días más cortos. Si un agricultor en Canadá siembra una variedad meridional de soja, con el día largo del norte la planta vegetará toda la temporada, florecerá demasiado tarde y no dará cosecha. Por el contrario, una variedad septentrional en el sur florecerá demasiado pronto, dará plantas enanas y una cosecha exigua (Connor et al., 2011; Horie, 1994). Por eso los mejoradores crean específicamente variedades con la duración crítica de día adecuada para cada zona.
- Tipos de primavera e invierno en cereales. Para el trigo, el centeno y la cebada, la necesidad de vernalización es crucial (Slafer et al., 2015). Las variedades de invierno no florecen sin el frío invernal. Si se siembra trigo de invierno en primavera en la región no chernozémica, solo producirá masa vegetativa y entrará en el invierno sin formar espiga. Las variedades de primavera, en cambio, no requieren frío, pero su rendimiento suele ser inferior al de las de invierno. La elección entre la forma de primavera y la de invierno es una decisión consciente del agrónomo, basada en el conocimiento del clima y las características varietales.
2. Predicción de las fechas de floración y cosecha
Conociendo la respuesta fotoperiódica y térmica de una variedad, se puede calcular con gran precisión cuándo se producirá la floración y, posteriormente, la maduración. Esto es fundamental para la planificación:
- De las fechas de cosecha: para que la maquinaria de recolección esté lista a tiempo.
- Del riego: el riego debe ser lo más eficiente posible precisamente en las fases críticas (floración, llenado del grano).
- De la fertilización: los abonados deben aplicarse en la fase de máxima absorción de nutrientes (por ejemplo, el nitrógeno durante el período de crecimiento intensivo).
Para ello se han creado modelos fenológicos que, basándose en el fotoperiodo y la temperatura (en forma de unidades térmicas – grados‑día), permiten predecir la fecha de floración. Por ejemplo, los modelos para el arroz (Horie, 1994) o el trigo (Angus et al., 1981) dan un error de 3 a 5 días, lo que es de gran ayuda para el agrónomo.
3. Control de la floración en cultivos protegidos (invernaderos, invernaderos ornamentales)
El conocimiento del fotoperiodismo permite controlar la floración de cultivos ornamentales durante todo el año.
- Las plantas de día corto (crisantemos, pascueros / poinsettias) pueden florecer en cualquier época del año creándoles artificialmente días cortos (sombreándolas durante 12 a 14 horas) (Taiz et al., 2023; Connor et al., 2011).
- Las plantas de día largo (lechuga, espinaca) – por el contrario, se les da luz suplementaria para acelerar el paso a la floración (si se necesita obtener semillas) o, al contrario, para evitar el espigado (si el producto comercial es la masa foliar).
Además, la interrupción nocturna (luz roja) se utiliza activamente en la floricultura comercial para suprimir la floración de los crisantemos cuando se quiere mantenerlos en estado vegetativo (Hopkins & Hüner, 2009). Este es un ejemplo de cómo un hecho científico fundamental se convierte en una práctica tecnológica.
4. Mejora genética para la neutralidad al fotoperiodo y a la vernalización
La agricultura moderna tiende a crear variedades con una amplia plasticidad ecológica. Las variedades neutras a la duración del día o que no requieren vernalización (por ejemplo, muchas variedades modernas de maíz, tomate, girasol) pueden cultivarse en un amplio rango de latitudes. Esto simplifica la logística y reduce los riesgos.
Sin embargo, este enfoque también tiene su lado negativo: las variedades con una clara dependencia del fotoperiodo suelen estar mejor adaptadas a los estreses de su región específica. El fitomejorador debe elegir entre «universalidad» y «especialización» – y esta decisión se basa en la comprensión de la fisiología.
5. Control de malas hierbas
El conocimiento del fotoperiodismo de las especies de malas hierbas ayuda a predecir su floración y producción de semillas, y por tanto a planificar las fechas de escarda mecánica o química. Si la mala hierba es de día corto, su floración puede suprimirse o estimularse (según el objetivo) modificando las prácticas agronómicas, por ejemplo, mediante el sombreo o el ajuste de la fecha de siembra del cultivo principal.
6. Planificación de las fechas de siembra en zonas de agricultura de riesgo
En regiones con veranos cortos (Norte de Europa, Siberia, Canadá), es importante que el cultivo consiga florecer y madurar antes de que lleguen las heladas. Utilizando modelos que tienen en cuenta el fotoperiodo y la vernalización, se puede determinar la ventana óptima de siembra para ajustarse al período vegetativo. Por ejemplo, para el trigo de primavera en Canadá, un desplazamiento de la siembra de 5 a 7 días puede cambiar el rendimiento en un 20‑30% (Slafer et al., 2015).
Conclusión: de la teoría a la práctica
Así pues, vemos que los mecanismos de control de la floración no son sutilezas moleculares abstractas. Son herramientas que permiten:
- Elegir la variedad adecuada para el campo.
- Predecir el desarrollo del cultivo.
- Controlar la floración en invernaderos.
- Aumentar la precisión de las prácticas agronómicas.
El fotoperiodismo y la vernalización son los «anclajes» que vinculan el potencial genético de la planta con las condiciones ambientales reales. Al comprenderlos, el agrónomo deja de ser un observador pasivo y se convierte en un gestor activo del organismo vegetal.
En eso radica el principal valor de la fisiología vegetal para la agricultura práctica: proporciona las llaves para controlar el ciclo vital y, por tanto, para obtener cosechas estables y elevadas.
Conclusión final de la conferencia:
La floración es el resultado de la integración de dos «calendarios» fiables: el fotoperiódico (medición de la noche por el fitocromo) y el térmico (vernalización). Las señales son percibidas por la hoja, convertidas en la proteína móvil FT (florígeno) y transmitidas al ápice, donde se pone en marcha el programa genético de formación de la flor. Estos conocimientos son la base de la moderna ciencia varietal, la agronomía y la biotecnología.
Referencias
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