La sistemática como herramienta de la agronomía

Actualizado: 24 Septiembre 2026

1. La sistemática no es una abstracción, sino una herramienta de trabajo

Hemos llegado a la conferencia final del módulo «Sistemática práctica: herramientas y aplicación». Durante este tiempo hemos recorrido un largo camino: desde los conceptos fundamentales de la taxonomía hasta los métodos moleculares modernos, desde las reglas de la nomenclatura hasta el análisis de árboles filogenéticos. Y ahora ha llegado el momento de reunir todo esto en una imagen única y responder a la pregunta principal: ¿cómo se integra la sistemática en la actividad práctica del agrónomo?

La sistemática no es una ciencia abstracta sobre nombres y colecciones. Es una herramienta de trabajo que se utiliza a diario en la agronomía, a menudo sin que el propio especialista lo note. Y el objetivo de nuestra conferencia es hacer explícita esta conexión, mostrar que todos los módulos del curso sirven a una misma tarea: dar al agrónomo un «mapa» fiable del mundo vivo y un «lenguaje» para la comunicación profesional.

1.1. Recordemos los conceptos clave del curso

Antes de pasar a ejemplos prácticos, es necesario fijar con claridad la terminología que hemos utilizado a lo largo de todo el curso. Como señala Pandey (2021), la sistemática es la ciencia de la diversidad de los organismos, que incluye el descubrimiento, la descripción y la interpretación de la diversidad biológica, así como su uso en forma de sistemas de clasificación predictivos. La taxonomía, a su vez, es la rama de la sistemática que se ocupa de los principios y la práctica de la clasificación, incluida la identificación, la descripción, la clasificación y la denominación de taxones (Pandey, 2021).

Un taxón es un grupo de organismos al que se le ha asignado un rango determinado en una clasificación jerárquica. Un taxón puede ser de cualquier nivel: especie, género, familia, orden. Por ejemplo, la especie Solanum tuberosum L. (patata) es un taxón de rango específico, mientras que el género Solanum es un taxón de rango genérico (Caliskan et al., 2023).

Un clado es un grupo formado por un antepasado común y todos sus descendientes. En la sistemática filogenética, solo los clados se reconocen como grupos naturales. Judd et al. (2018) subrayan que un grupo monofilético (clado) puede ser eliminado de un árbol filogenético con un solo «corte». Este es un concepto clave que distingue la sistemática moderna de la tradicional, en la que a menudo se reconocían grupos parafiléticos, por ejemplo las «dicotiledóneas» (Judd et al., 2018).

La filogenia es la historia evolutiva de un grupo de organismos, que se reconstruye a partir del análisis de caracteres: morfológicos, moleculares y bioquímicos. El árbol filogenético es un diagrama que refleja las relaciones de parentesco entre antepasados y descendientes (Judd et al., 2018).

La nomenclatura es la denominación formal de los taxones de acuerdo con reglas establecidas. Para las plantas, algas y hongos rige el Código Internacional de Nomenclatura para algas, hongos y plantas (ICNafp). La nomenclatura garantiza la universalidad y la estabilidad de los nombres científicos, lo cual es críticamente importante para la comunicación (Pandey, 2021).

La identificación es el proceso de establecer la pertenencia de una muestra desconocida a un taxón conocido. Es una habilidad práctica que requiere conocimiento de los caracteres diagnósticos y la capacidad de utilizar claves de identificación (Pandey, 2021).

Todos estos conceptos están interconectados. La sistemática proporciona el lenguaje (la nomenclatura) y el mapa (la filogenia), mientras que la identificación es la habilidad práctica de orientarse en ese mapa.

1.2. La sistemática como lenguaje

Imaginemos la siguiente situación: un agrónomo en Rusia descubre en tomates síntomas de una enfermedad que él llama «mancha marrón». Su colega en España ve los mismos síntomas y los llama «mancha parda». Y un agricultor en China utiliza un nombre completamente diferente. ¿Cómo pueden entenderse? La respuesta es simple: utilizar el nombre científico del patógeno.

El nombre científico Alternaria tomatophila E.G. Simmons (sinónimo Alternaria solani Sorauer) identifica de manera inequívoca al agente causal de la mancha de Alternaria del tomate en todo el mundo (Blancard, 2012). Es precisamente la nomenclatura la que garantiza esa comunicación universal sin la cual no serían posibles ni el comercio internacional, ni el intercambio de información científica, ni las medidas de cuarentena.

Pandey (2021) subraya que la nomenclatura no es simplemente la asignación de nombres, sino un sistema estricto de reglas que garantiza que cada nombre esté vinculado a un taxón determinado y no pueda utilizarse de manera arbitraria. Por ejemplo, cuando hablamos de Fusarium oxysporum f. sp. lycopersici (la forma especializada que afecta a los tomates), sabemos con precisión de qué patógeno se trata, incluso si en diferentes países se le llama de manera distinta (Blancard, 2012).

Además, la nomenclatura garantiza la continuidad del conocimiento. Si una revisión taxonómica ha dividido una especie en varias, los nombres antiguos se conservan como sinónimos para que la información en publicaciones antiguas pueda encontrarse. Esto es especialmente importante en agronomía, donde los datos sobre patógenos y plagas se acumulan durante décadas.

1.3. La sistemática como mapa

La filogenia es un mapa de las relaciones evolutivas. Y como cualquier mapa, permite no solo orientarse, sino también predecir. Si sabemos que dos especies son parientes cercanos, podemos suponer que poseen caracteres similares: resistencia a determinados patógenos, composición bioquímica, preferencias ecológicas.

Judd et al. (2018) dan un ejemplo clásico: la búsqueda de compuestos medicinales en plantas. Al descubrir precursores de la cortisona en algunas especies del género Dioscorea (ñame), los investigadores comenzaron a buscarlos en especies cercanamente emparentadas y encontraron concentraciones más altas. El mismo principio funciona en agronomía.

Además, la filogenia permite predecir dónde buscar donantes de caracteres de valor económico. Como señalan Biancardi et al. (2012), el pariente silvestre de la remolacha cultivada Beta maritima es una valiosa fuente de resistencia a la cercosporiosis, la rizomanía, los nematodos y otros patógenos. El conocimiento de las relaciones filogenéticas entre B. maritima y las formas cultivadas de remolacha permitió transferir de manera dirigida estos genes a las variedades modernas (Biancardi et al., 2012).

Caliskan et al. (2023) subrayan que la filogenia del género Solanum (sección Petota) sirve como base para la búsqueda de fuentes de resistencia al tizón tardío, virus, nematodos e insectos entre las especies silvestres de patata. Sin comprender las relaciones de parentesco, el fitomejorador no sabe con qué especies puede cruzar la patata cultivada ni qué caracteres puede esperar en la descendencia.

Así, la filogenia no es un esquema meramente teórico, sino una herramienta práctica que orienta la búsqueda de recursos genéticos y ayuda a predecir los resultados de los cruzamientos.

1.4. La sistemática en acción: varios ejemplos

Para no ser infundados, consideremos varias situaciones concretas en las que la sistemática influye directamente en las decisiones del agrónomo.

Ejemplo 1. Hongos y oomicetos: ¿por qué es importante?

Durante mucho tiempo, los agentes causales del tizón tardío y de los mildius vellosos se clasificaron como hongos. Sin embargo, como explica Agrios (2005), los oomicetos (Oomycota) tienen paredes celulares compuestas por glucanos y una pequeña cantidad de celulosa, pero sin quitina, mientras que los hongos verdaderos contienen quitina. Esta no es una diferencia meramente académica. Determina la elección del fungicida: muchos fungicidas sistémicos eficaces contra los hongos verdaderos no actúan sobre los oomicetos, y viceversa. Por ejemplo, el metalaxil es eficaz contra Phytophthora infestans (agente causal del tizón tardío de la patata y el tomate), pero inútil contra Alternaria tomatophila (Blancard, 2012; Agrios, 2005).

Este ejemplo muestra que la pertenencia taxonómica del patógeno determina directamente la estrategia de protección química.

Ejemplo 2. Razas de patógenos y elección de una variedad resistente

Blancard (2012) describe tres razas de Fusarium oxysporum f. sp. lycopersici — el agente causal de la marchitez por Fusarium del tomate. Las variedades de tomate pueden ser resistentes a una, dos o tres razas según la presencia de genes de resistencia (I, I-2, I-3). Para elegir correctamente una variedad, el agrónomo debe saber qué razas del patógeno están presentes en un campo concreto. Y para ello se necesita una identificación precisa: morfológica o molecular. Sin conocimientos sistemáticos, esta elección se vuelve aleatoria.

Ejemplo 3. Objetos de cuarentena

EPPO (2025) publica las listas A1 y A2 de plagas cuarentenarias recomendadas para su regulación. Estas listas contienen cientos de especies: bacterias, hongos, virus, insectos, nematodos. Por ejemplo, Ralstonia solanacearum (marchitez bacteriana) y Globodera rostochiensis (nematodo dorado de la papa) están incluidas en la lista A2. Para los inspectores del servicio de cuarentena es críticamente importante saber identificar estos objetos y distinguirlos de especies cercanas pero no cuarentenarias. La sistemática proporciona herramientas para tal identificación: claves morfológicas, pruebas moleculares y colecciones de referencia (EPPO, 2025).

Ejemplo 4. Control biológico

Fujino et al. (2025) analizan el papel de los protistas depredadores en la supresión de patógenos. Por ejemplo, Colpoda sp. es capaz de alimentarse directamente de Ralstonia solanacearum, reduciendo la incidencia de la enfermedad en tomate. Sin embargo, para el uso exitoso del control biológico es necesario conocer con precisión la identidad específica tanto del agente como del objetivo. Un error en la identificación puede conducir a efectos indeseables: el agente puede atacar especies beneficiosas o resultar ineficaz contra el patógeno objetivo. Aquí la sistemática es la base de la seguridad y la eficacia.

Ejemplo 5. Fitomejoramiento y recursos genéticos

Haverkort y Anisimov (2007) describen el trabajo del Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR) en la conservación y el uso de los recursos genéticos de la patata. La colección del VIR incluye alrededor de 9.000 accesiones, incluidas 3.000 accesiones de especies silvestres. Estos recursos se utilizan para crear variedades resistentes al tizón tardío, virus y nematodos. Pero para utilizar eficazmente esta diversidad se necesita un sistema: clasificación filogenética, datos sobre ploidía, capacidad de cruzamiento y preferencias ecológicas. La sistemática proporciona este sistema.

1.5. Conexión de todos los módulos del curso

Nuestro curso constó de varios módulos: conceptos fundamentales de la sistemática, nomenclatura, métodos de identificación, análisis filogenético, recursos genéticos, cuarentena, control biológico. Cada uno de estos módulos es una herramienta separada. Pero solo juntos forman una imagen coherente.

  • Los conceptos fundamentales (taxón, clado, filogenia) proporcionan la base teórica.
  • La nomenclatura garantiza la estabilidad y la universalidad de la comunicación.
  • La identificación es una habilidad práctica que permite «reconocer» objetos en el campo.
  • La filogenia proporciona una perspectiva evolutiva y poder predictivo.
  • Los recursos genéticos (CWR, acervos genéticos) son la base material para el fitomejoramiento.
  • La cuarentena es una función regulatoria basada en datos sistemáticos.
  • El control biológico es la aplicación de conocimientos sistemáticos para gestionar agrocenosis.
  • La conservación de la biodiversidad es una tarea ética y ecológica que también se apoya en la sistemática.

Todos estos módulos están interconectados. Por ejemplo, para elegir un agente de control biológico, es necesario conocer sus relaciones filogenéticas con otras especies (para evitar efectos no objetivo), su nomenclatura (para identificarlo correctamente) y sus preferencias ecológicas (para crear condiciones de supervivencia). Para incluir un objeto de cuarentena en una lista, es necesario conocer su taxonomía, distribución y nocividad. Para encontrar un donante de resistencia, es necesario conocer la filogenia de la especie cultivada y de sus parientes silvestres.

1.6. La sistemática como base del profesionalismo

Para concluir este capítulo, subrayemos: la sistemática no es un dogma, sino un campo del conocimiento en desarrollo. Las revisiones taxonómicas ocurren constantemente: las especies se renombran, los géneros se reorganizan, los árboles filogenéticos se refinan. El agrónomo moderno debe estar preparado para que los nombres que aprendió en la universidad puedan cambiar. Pero esto no es motivo para ignorar la sistemática; al contrario, es motivo para seguir las actualizaciones y utilizar herramientas modernas.

Pandey (2021) señala que la sistemática es la base de toda la biología, ya que los organismos no pueden discutirse científicamente hasta que se alcanza una clasificación que permita reconocerlos y nombrarlos. En agronomía esto es especialmente importante, porque los errores de identificación pueden provocar pérdidas económicas significativas y consecuencias ecológicas.

El agrónomo que domina la sistemática toma decisiones más precisas y fundamentadas. Sabe qué patógeno tiene delante, cómo combatirlo, dónde buscar variedades resistentes, qué medidas de cuarentena aplicar y qué agentes biológicos utilizar. Comprende que la agrocenosis es parte de la biosfera y que su gestión requiere un enfoque sistémico.

En los siguientes capítulos consideraremos aplicaciones concretas de la sistemática en el diagnóstico de enfermedades y plagas, en el fitomejoramiento y los recursos genéticos, en la cuarentena vegetal, en el control biológico y en la conservación de la biodiversidad. Veremos cómo el conocimiento teórico se convierte en soluciones prácticas y cómo la sistemática se convierte en una herramienta indispensable de la agricultura sostenible.

2. Diagnóstico de enfermedades y plagas

En el primer capítulo establecimos que la sistemática no es una abstracción, sino una herramienta de trabajo, un «mapa» y un «lenguaje» del agrónomo. Ahora consideremos cómo funciona este mapa en el primer y quizá más crítico punto de toma de decisiones: el diagnóstico de enfermedades y plagas.

Como señala Agrios (2005), la mayoría de las enfermedades graves de los cultivos agrícolas aparecen en unas pocas plantas, se propagan rápidamente y son difíciles de tratar una vez iniciado su desarrollo. Por ello, casi todos los métodos de control están dirigidos a proteger las plantas de la enfermedad y no a tratarlas. Pero para proteger una planta, hay que saber con precisión de qué protegerla. La identificación precisa del patógeno o de la plaga es el primer paso obligatorio hacia una protección exitosa (Agrios, 2005). Un error en esta etapa hace que todos los esfuerzos posteriores carezcan de sentido y, a veces, sean perjudiciales.

2.1. ¿Por qué es críticamente importante la identificación precisa?

Imaginemos una situación: en un campo de tomates han aparecido manchas en las hojas. El agrónomo puede suponer varias causas: mancha de Alternaria, septoriosis, mancha bacteriana o incluso una enfermedad fisiológica. Si se equivoca y aplica un fungicida contra una infección fúngica cuando la causa real es una bacteria, el tratamiento no solo no ayudará, sino que puede dañar la microflora beneficiosa y el medio ambiente. Además, como veremos más adelante, incluso dentro de un mismo grupo de patógenos, diferentes taxones requieren distintos principios activos.

Blancard (2012), en su guía sobre enfermedades del tomate, subraya que muchos síntomas causados por patógenos diferentes pueden ser muy similares. Por ejemplo, las manchas causadas por Alternaria tomatophila, Stemphylium spp. y algunas bacterias pueden parecer casi idénticas para un ojo inexperto. Sin embargo, el diagnóstico preciso requiere no solo una inspección visual, sino también la comprensión de la biología del agente causal, su pertenencia taxonómica y su ciclo de vida. Solo sobre esta base puede elegirse la estrategia de protección correcta.

2.2. Hongos y oomicetos: ¿por qué no es una diferencia meramente académica?

Uno de los ejemplos más claros en los que la sistemática influye directamente en la elección del método de control es la diferencia entre los hongos verdaderos (Fungi) y los oomicetos (Oomycota). Durante mucho tiempo, los oomicetos como Phytophthora infestans (agente causal del tizón tardío de la patata y el tomate) y Pythium spp. se consideraron hongos. Sin embargo, como explica Agrios (2005), la sistemática moderna los sitúa en un reino separado, Chromista (o Stramenopila), porque sus paredes celulares contienen celulosa y glucanos, pero no contienen quitina, característica de los hongos verdaderos. Además, los oomicetos son diploides en la fase vegetativa, mientras que la mayoría de los hongos son haploides.

Esta diferencia tiene una enorme importancia práctica. Muchos fungicidas eficaces contra los hongos verdaderos no actúan sobre los oomicetos, y viceversa. Por ejemplo, como señala Blancard (2012), el metalaxil (Ridomil) es muy eficaz contra Phytophthora infestans y otros oomicetos, pero inútil contra Alternaria tomatophila o Botrytis cinerea. A la inversa, las estrobilurinas (azoxistrobina) actúan sobre un amplio espectro de hongos, pero su eficacia contra los oomicetos puede ser limitada. Sin conocer la pertenencia taxonómica del patógeno, el agrónomo corre el riesgo de aplicar el producto equivocado, perder la cosecha y causar daño ambiental.

Además, Agrios (2005) subraya que los oomicetos como Pythium y Phytophthora requieren agua libre para la formación y el movimiento de las zoosporas. Esto también determina las medidas de control cultural: drenaje, evitar el encharcamiento y un riego adecuado. Mientras que muchos hongos verdaderos, por ejemplo los oidios, pueden desarrollarse con alta humedad atmosférica pero sin agua libre sobre las hojas. Así, la sistemática proporciona la clave para comprender la ecología del patógeno, y la ecología determina la estrategia de protección.

2.3. Razas y cepas: ¿por qué no basta con un nombre de especie?

El siguiente nivel de complejidad es la diferenciación intraespecífica. Muchos patógenos existen como formas especializadas (formae speciales), razas o cepas que difieren en virulencia hacia determinadas variedades. Blancard (2012) da el ejemplo de Fusarium oxysporum f. sp. lycopersici — el agente causal de la marchitez por Fusarium del tomate. Este hongo existe como tres razas: raza 0 (a veces llamada raza 1), raza 1 (raza 2) y raza 2 (raza 3). Las variedades de tomate pueden ser resistentes a una, dos o tres razas según la presencia de genes de resistencia (I, I-2, I-3). Para elegir correctamente una variedad, el agrónomo debe saber qué razas del patógeno están presentes en un campo concreto. Y para ello se necesita una identificación precisa: morfológica o molecular.

Una situación similar existe con Phytophthora infestans. Agrios (2005) describe que hasta la década de 1980 solo predominaba un tipo de apareamiento (A1) en Europa y otras regiones, y el patógeno se reproducía asexualmente. Sin embargo, tras la introducción del segundo tipo (A2) desde México, se hizo posible la reproducción sexual con formación de oosporas, que pueden sobrevivir en el suelo durante años. Esto condujo a la aparición de cepas nuevas, más agresivas, resistentes a algunos fungicidas (por ejemplo, al metalaxil). Para el agrónomo, esto significa que los esquemas antiguos de protección pueden no funcionar y que se necesitan diagnóstico y monitoreo constantes de la composición racial del patógeno.

Caliskan et al. (2023), en el capítulo sobre taxonomía de la patata, también subrayan que el conocimiento de las razas y cepas es críticamente importante para el fitomejoramiento orientado a la resistencia. Por ejemplo, la resistencia a Globodera rostochiensis (nematodo dorado de la papa) está determinada por los genes H1, H2 y otros, que son eficaces contra determinados patotipos (Ro1, Ro2, etc.). Sin la identificación del patotipo, es imposible seleccionar correctamente una variedad resistente.

2.4. Métodos de diagnóstico: de la morfología a las moléculas

¿Cómo puede un agrónomo o un fitopatólogo identificar con precisión un patógeno? La sistemática ofrece todo un arsenal de métodos que pueden dividirse en varios grupos.

Los métodos morfológicos siguen siendo la base del diagnóstico. Agrios (2005) describe que los caracteres más significativos para la identificación de hongos son las esporas y las estructuras esporógenas, así como las características del micelio. Por ejemplo, Alternaria tomatophila forma conidios multicelulares claviformes con un largo apéndice filiforme, mientras que Stemphylium spp. forma esporas multicelulares con superficie verrugosa y extremo puntiagudo (Blancard, 2012). Estos caracteres pueden observarse al microscopio tras el aislamiento del patógeno en medio nutritivo o directamente a partir de tejidos afectados.

Sin embargo, la identificación morfológica tiene limitaciones. Como señala Blancard (2012), algunos patógenos, por ejemplo Fusarium oxysporum f. sp. lycopersici, no siempre forman esporas características en cultivo, y su identificación requiere métodos adicionales. Además, muchas especies son morfológicamente indistinguibles, pero difieren en patogenicidad y requieren medidas de control diferentes.

Los métodos moleculares han revolucionado el diagnóstico. Agrios (2005) señala que la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) y la secuenciación de ADN permiten detectar el patógeno en los tejidos vegetales en las primeras etapas de la infección, cuando su presencia es mínima. Esto es especialmente importante para objetos de cuarentena y para material de semilla. Por ejemplo, para detectar Clavibacter michiganensis subsp. michiganensis (agente causal del cáncer bacteriano del tomate) en semillas, se utilizan cebadores de ADN específicos de los espaciadores internos transcritos del ADN ribosomal (Blancard, 2012). Esto permite identificar semillas infectadas antes de la siembra y prevenir la propagación de la enfermedad.

Los métodos moleculares también permiten identificar razas y cepas. Por ejemplo, para Fusarium oxysporum f. sp. lycopersici se han desarrollado cebadores que distinguen la raza 1, la raza 2 y la raza 3 (Blancard, 2012). Esto permite no solo diagnosticar la enfermedad, sino también predecir qué variedad será resistente.

Los métodos serológicos, como el ELISA, se utilizan ampliamente para el análisis masivo de semillas y plantas en busca de virus. Blancard (2012) señala que el ELISA se emplea para detectar el virus del mosaico del tomate (ToMV), el virus del bronceado del tomate (TSWV) y muchos otros. Estos métodos son rápidos, relativamente económicos y adecuados para analizar grandes muestras.

Las colecciones y bases de datos desempeñan un papel importante en el diagnóstico. Haverkort y Anisimov (2007) describen la colección del Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR), que incluye miles de accesiones de patata y de sus parientes silvestres. Tales colecciones sirven como referencias para la comparación y la identificación. Además, las bases de datos internacionales, como la EPPO Global Database, contienen información sobre organismos de cuarentena, su distribución y métodos de detección e identificación (EPPO, 2025).

2.5. Objetos de cuarentena: el diagnóstico al servicio de la seguridad

Un lugar especial en el diagnóstico lo ocupan los objetos de cuarentena. EPPO (2025) publica las listas A1 y A2 de plagas recomendadas para su regulación en los países miembros de la región de la EPPO. La lista A1 incluye organismos ausentes de la región pero que representan una amenaza potencial, por ejemplo Ralstonia solanacearum (marchitez bacteriana) y Globodera rostochiensis (nematodo dorado de la papa). La lista A2 incluye organismos presentes en la región pero no ampliamente distribuidos, por ejemplo Clavibacter michiganensis (cáncer bacteriano) y Synchytrium endobioticum (verruga de la papa).

Para los inspectores del servicio de cuarentena es críticamente importante saber identificar estos objetos y distinguirlos de especies cercanas pero no cuarentenarias. La sistemática proporciona herramientas para tal identificación: claves morfológicas, pruebas moleculares y colecciones de referencia. Por ejemplo, para detectar Synchytrium endobioticum en el suelo se utilizan pruebas biológicas con variedades de patata susceptibles, así como microscopía de esporas en reposo (EPPO, 2025). Para Ralstonia solanacearum se utilizan métodos serológicos y moleculares, incluida la PCR.

Además, las listas de cuarentena se actualizan constantemente. Por ejemplo, en 2025 se incluyó en la lista A2 el Tomato brown rugose fruit virus (ToBRFV), un nuevo virus que causa graves pérdidas en el tomate (EPPO, 2025). Esto significa que los agrónomos y fitopatólogos deben estar al tanto de los cambios taxonómicos y de las nuevas amenazas. Aquí la sistemática actúa como base para el monitoreo y la alerta temprana.

2.6. Ejemplos prácticos: patata y tomate

Consideremos varios ejemplos concretos para ilustrar cómo funciona la sistemática en el diagnóstico.

Tizón tardío de la patata y el tomate. El agente causal es Phytophthora infestans, un oomiceto. Como ya hemos dicho, su pertenencia taxonómica determina la elección de fungicidas (metalaxil, mancozeb) y medidas culturales (evitar el encharcamiento). Además, la identificación del tipo de apareamiento (A1 o A2) es importante para predecir la aparición de oosporas y de nuevas cepas agresivas (Agrios, 2005).

Marchitez por Fusarium del tomate. El agente causal es Fusarium oxysporum f. sp. lycopersici. La identificación de la raza (1, 2 o 3) determina la elección de una variedad resistente. Morfológicamente las razas son indistinguibles, por lo que se necesitan métodos moleculares o pruebas en variedades diferenciales (Blancard, 2012).

Cáncer bacteriano del tomate. El agente causal es Clavibacter michiganensis subsp. michiganensis. Es una bacteria grampositiva que puede transmitirse con las semillas. Para el diagnóstico se utilizan métodos serológicos y moleculares, así como aislamiento en medios selectivos (Blancard, 2012). Aquí la sistemática ayuda a distinguir esta especie de otras corinebacterias fitopatógenas.

Septoriosis del tomate. El agente causal es Septoria lycopersici. Morfológicamente forma picnidios con conidios filiformes multicelulares. Sin embargo, los síntomas pueden parecerse a los de la mancha de Alternaria. La identificación precisa requiere microscopía y, en algunos casos, aislamiento en cultivo puro (Blancard, 2012).

Nematodo de la patata. Los agentes causales son Globodera rostochiensis y G. pallida. La identificación de especies y patotipos es críticamente importante para elegir una variedad resistente. Para el diagnóstico se utilizan la morfometría de los quistes y métodos moleculares (Caliskan et al., 2023). Además, como señalan Haverkort y Anisimov (2007), en Rusia predomina el patotipo Ro1, pero existe el riesgo de introducción de otros patotipos (Ro2, Ro3, Ro4, Ro5), por lo que se necesita un diagnóstico constante.

2.7. El papel de la sistemática en el diagnóstico de plagas

Aunque hemos hablado principalmente de patógenos, la sistemática no es menos importante para el diagnóstico de plagas: insectos, ácaros y nematodos. Por ejemplo, la identificación del pulgón Myzus persicae (pulgón verde del melocotonero) es importante porque es un vector eficiente de muchos virus, incluido el virus Y de la patata (PVY) y el virus del mosaico del pepino (CMV). Otras especies de pulgones pueden no ser vectores o transmitir virus diferentes (Blancard, 2012). Un error en la identificación puede conducir a una estrategia incorrecta de control del vector.

La sistemática también es importante para la identificación de entomófagos y antagonistas utilizados en el control biológico. Fujino et al. (2025) describen el uso de protistas depredadores, como Colpoda sp., para suprimir Ralstonia solanacearum. Para aplicar con éxito este método, es necesario conocer con precisión la identidad específica tanto del agente como del objetivo. Un error puede conducir a efectos indeseables: el agente puede atacar especies beneficiosas o resultar ineficaz contra el patógeno objetivo.

3. Fitomejoramiento y recursos genéticos

En los capítulos anteriores establecimos que la sistemática es una herramienta de trabajo del agrónomo y examinamos cómo funciona en el diagnóstico de enfermedades y plagas. Ahora pasemos a otra área críticamente importante en la que la sistemática desempeña un papel fundamental: el fitomejoramiento y el trabajo con recursos genéticos.

Como señala Agrios (2005), el uso de variedades resistentes es el medio menos costoso, más simple, más seguro y uno de los más eficaces para controlar las enfermedades de las plantas. Para muchas enfermedades, como las causadas por patógenos vasculares y virus, que a menudo no pueden controlarse adecuadamente por otros métodos, las variedades resistentes ofrecen la posibilidad de obtener rendimientos aceptables sin el uso de pesticidas. Más del 85 % de la superficie agrícola total en Estados Unidos se siembra con variedades resistentes a una o más enfermedades (Agrios, 2005). Pero ¿de dónde vienen estas variedades? ¿Dónde encuentra el fitomejorador los genes de resistencia? La respuesta a estas preguntas se encuentra en el campo de la sistemática y la filogenia.

3.1. La filogenia como base para la búsqueda de parientes silvestres

La idea clave que ya discutimos en el primer capítulo es que la filogenia es un mapa de relaciones evolutivas que permite predecir dónde buscar caracteres de valor económico. Si sabemos que dos especies son parientes cercanos, podemos suponer que poseen caracteres similares: resistencia a determinados patógenos, composición bioquímica y preferencias ecológicas (Judd et al., 2018).

Biancardi et al. (2012), en el libro sobre Beta maritima — el pariente silvestre de la remolacha cultivada — subrayan que la proximidad evolutiva entre la remolacha silvestre y las formas cultivadas favorece los cruzamientos accidentales. Importantes caracteres de resistencia a enfermedades que ahora están presentes en las variedades cultivadas se aislaron de material silvestre. Según varios autores, B. maritima también es un medio importante para aumentar la diversidad genética de las formas cultivadas, que actualmente es bastante estrecha debido al cuello de botella de la domesticación y a la selección continua para mejorar la productividad y la calidad (Biancardi et al., 2012).

Caliskan et al. (2023), en el capítulo sobre taxonomía de la patata, señalan que los parientes silvestres y las variedades locales de patata están distribuidos en una amplia gama de hábitats geográficos, lo que representa una gran diversidad genética en el acervo génico Petota en cuanto a variación de humedad, temperatura, condiciones del suelo y estreses bióticos. Muchos estudios han examinado la diversidad genética de parientes silvestres y variedades locales de patata en términos de respuestas agromorfológicas, moleculares y bioquímicas en diversas condiciones ambientales. Así, se han utilizado como donantes para ampliar la base genética de los acervos génicos europeos y norteamericanos (Caliskan et al., 2023).

3.2. Centros de origen y diversidad (concepto de Vavilov)

Nikolai Vavilov, destacado genetista y fitotecnista ruso, formuló el concepto de centros de origen de las plantas cultivadas. Según Vavilov, cada especie cultivada tiene un centro de origen donde se concentra la máxima diversidad genética de sus parientes silvestres y formas primitivas (Caliskan et al., 2023).

Para la patata, ese centro son los Andes en América del Sur. Caliskan et al. (2023) describen dos hipótesis principales sobre el origen de la patata cultivada. La primera, apoyada por científicos rusos (Bukasov, Juzepczuk, Vavilov), supone un origen múltiple de la patata a partir del altiplano peruano-boliviano y del sur de Chile. Según la clasificación de Vavilov, los Andes son el centro de origen y distribución de la patata. Las especies silvestres tuberíferas de Solanum están distribuidas en un vasto territorio geográfico desde el suroeste de Estados Unidos hasta el centro de Argentina y Chile adyacente, con una gran diversidad de rangos adaptativos, incluidas las regiones altoandinas de 3.500 a 4.500 m (Caliskan et al., 2023).

La segunda hipótesis, propuesta por científicos ingleses (Salaman, Simmonds, Hawkes), se conoce como «hipótesis del origen restringido». Según ella, América del Sur, concretamente el sur de Perú y el norte de Bolivia adyacente, se considera el centro original de la patata cultivada. Los estudios moleculares con marcadores AFLP apoyaron el origen monofilético (único) de la patata a partir del sur de Perú (Caliskan et al., 2023).

La datación por radiocarbono mostró que los restos de tubérculos de patata encontrados por Engel tienen 7.000 años de antigüedad. Esto indica que la patata fue domesticada en la antigüedad (Caliskan et al., 2023).

El conocimiento de los centros de origen tiene una importancia práctica directa para el fitomejoramiento. Es precisamente en estas regiones donde se concentra la máxima diversidad genética, y es allí donde el fitomejorador puede encontrar fuentes de resistencia a enfermedades, plagas y estreses abióticos. Biancardi et al. (2012) señalan que B. maritima está distribuida a lo largo de las costas del Mediterráneo y del Mar del Norte, y fue allí donde se encontraron fuentes de resistencia a la cercosporiosis, la rizomanía y los nematodos.

3.3. Acervos génicos: GP1, GP2, GP3

El concepto de acervos génicos (gene pools) fue propuesto por Harlan y de Wet (1971) y desarrollado en trabajos sobre la sistemática de las plantas cultivadas. Clasifica a los parientes silvestres de las especies cultivadas según la facilidad con que los genes pueden transferirse a la especie cultivada (Biancardi et al., 2012).

El acervo génico primario (GP-1) incluye las formas cultivadas (GP-1A) y las formas silvestres o arvenses de la misma especie (GP-1B). El cruzamiento entre representantes del acervo génico primario generalmente no encuentra barreras graves, y los genes se transmiten con facilidad. Para la remolacha, el GP-1 incluye la remolacha cultivada (Beta vulgaris subsp. vulgaris) y la remolacha silvestre (B. vulgaris subsp. maritima). Biancardi et al. (2012) señalan que, a diferencia de otras especies del género Beta, la proximidad evolutiva entre B. maritima y las formas cultivadas favorece los cruzamientos accidentales.

El acervo génico secundario (GP-2) incluye especies menos cercanamente emparentadas con la especie cultivada, de las cuales la transferencia de genes es difícil pero posible mediante métodos tradicionales de fitomejoramiento. Para la remolacha, el GP-2 incluye especies que se cruzan con las formas cultivadas con dificultad, pero que aún producen descendencia viable (Biancardi et al., 2012).

El acervo génico terciario (GP-3) incluye especies de las cuales la transferencia de genes a la especie cultivada es imposible o requiere métodos biotecnológicos complejos (Biancardi et al., 2012).

Caliskan et al. (2023) aplican este concepto a la patata. Señalan que la sección Petota del género Solanum contiene alrededor de 200 especies, incluidas especies silvestres, variedades locales y variedades modernas, distribuidas desde el suroeste de Estados Unidos hasta el centro de Argentina. Los recursos genéticos de la patata se dividen en cuatro categorías principales: parientes silvestres, variedades locales, variedades modernas y material de investigación (Caliskan et al., 2023).

Comprender los acervos génicos es críticamente importante para el fitomejorador. Determina la estrategia de los cruzamientos: si un gen de resistencia se encuentra en el GP-1, puede transferirse con relativa facilidad; si está en el GP-2, se requerirán métodos especiales (por ejemplo, cultivo de embriones); si está en el GP-3, puede requerirse transformación genética (Biancardi et al., 2012).

3.4. Ejemplos de uso exitoso de parientes silvestres

La historia del fitomejoramiento conoce muchos ejemplos en los que parientes silvestres de plantas cultivadas salvaron industrias enteras de pérdidas catastróficas. Consideremos algunos de los más destacados.

Resistencia del trigo a la roya. Agrios (2005) describe que la roya del tallo del trigo, causada por Puccinia graminis f. sp. tritici, fue durante siglos una de las enfermedades más destructivas. El uso de variedades resistentes se convirtió en el método principal de control. Los genes de resistencia se encontraron en parientes silvestres del trigo, y su transferencia a variedades cultivadas permitió reducir significativamente las pérdidas. Por ejemplo, los genes Sr31 y Sr38 se transfirieron de especies silvestres de trigo y proporcionaron resistencia a varias razas del patógeno (Agrios, 2005).

Resistencia del tomate a enfermedades. Blancard (2012) describe que muchos genes de resistencia del tomate se transfirieron de especies silvestres de Lycopersicon. Por ejemplo, el gen Mi de L. peruvianum proporciona resistencia a los nematodos agalladores Meloidogyne spp. El gen Sw-5 de L. peruvianum proporciona resistencia al virus del bronceado del tomate (TSWV). Los genes Cf-2, Cf-4, Cf-5, Cf-6 y Cf-9 de L. pimpinellifolium y L. hirsutum proporcionan resistencia a Mycovellosiella fulva (agente causal del moho de la hoja) (Blancard, 2012).

Agrios (2005) también señala que el uso de parientes silvestres del tomate permitió mejorar el sabor de los frutos. El botánico Hugh Iltis recolectó en los Andes peruanos muestras de una nueva especie, Solanum chmielewskii, que fue cruzada con el tomate cultivado y transmitió genes que mejoraron significativamente el sabor (Judd et al., 2018).

Resistencia de la patata a nematodos. Caliskan et al. (2023) describen que la resistencia al nematodo dorado de la papa (Globodera rostochiensis) se encontró en especies silvestres de Solanum. El gen H1 de S. tuberosum grupo Andigena proporciona resistencia a los patotipos Ro1 y Ro4. Los genes Gpa2, Gpa5, Gpa1, H2 y H3 de S. vernei y otras especies proporcionan resistencia a G. pallida (Caliskan et al., 2023).

Haverkort y Anisimov (2007) describen el trabajo del Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR) en la creación de variedades de patata resistentes al nematodo. Sobre la base de las especies silvestres S. chacoense y S. vernei se crearon las variedades «Bryanskii delikates» y «Nakra», resistentes al patotipo Ro1. Actualmente, en el fitomejoramiento se utilizan líneas parentales creadas especialmente, retrocruzamientos 88.16/20 y 88.34/14, que poseen alta fertilidad, resistencia al PVY y resistencia moderada a P. infestans (Haverkort y Anisimov, 2007).

Resistencia de la remolacha a la cercosporiosis y la rizomanía. Biancardi et al. (2012) describen en detalle la historia del uso de B. maritima en el fitomejoramiento de la remolacha. El primer caso documentado de transferencia exitosa de resistencia a enfermedades de la remolacha silvestre a la cultivada fue realizado por Munerati, quien utilizó B. maritima del delta del Po como fuente de resistencia a la cercosporiosis. Posteriormente, otros investigadores europeos también comenzaron a trabajar con B. maritima como fuente de resistencia a enfermedades (Biancardi et al., 2012).

La resistencia a la rizomanía (causada por el virus BNYVV) se encontró en B. maritima y se transfirió a variedades cultivadas. El gen Rz1, que proporciona resistencia cualitativa, se identificó en la variedad «Rizor», creada en Italia. El gen Rz2 se encontró en la accesión WB42 de Dinamarca y proporciona un nivel de resistencia superior al de Rz1. Los genes Rz3, Rz4 y Rz5 también se identificaron en diversas accesiones de B. maritima (Biancardi et al., 2012).

3.5. Poliploidía, EBN e hibridación en el fitomejoramiento

Uno de los problemas clave en el uso de parientes silvestres es la incompatibilidad asociada con diferentes niveles de ploidía y el Número de Equilibrio del Endospermo (EBN). Este problema es especialmente agudo en la patata, donde las variedades cultivadas son tetraploides (2n = 4x = 48), mientras que muchas especies silvestres son diploides (2n = 2x = 24) o tienen otros niveles de ploidía.

Caliskan et al. (2023) explican que el número cromosómico básico de todas las especies de Petota es x = 12. Existen cuatro niveles de ploidía: diploide (2n = 2x = 24), triploide (2n = 3x = 36), tetraploide (2n = 4x = 48) y pentaploide (2n = 5x = 60). Los parientes silvestres también incluyen hexaploides (2n = 6x = 72) (Caliskan et al., 2023).

Sin embargo, la ploidía no es la única barrera. El concepto de EBN (Endosperm Balance Number) fue propuesto por Johnston y Hanneman (1980) para explicar el éxito o fracaso de los cruzamientos interespecíficos. El EBN es la ploidía efectiva en el endospermo, que debe estar en una proporción de 2 materna : 1 paterna para el desarrollo normal del endospermo (Ortiz y Mihovilovich, 2020).

Caliskan et al. (2023) explican que cada especie de Solanum tiene un EBN específico, determinado experimentalmente. Por ejemplo, S. commersonii (1EBN) y S. berthaultii (2EBN) son especies diploides, pero el cruzamiento entre ellas fracasa debido a la diferencia de EBN. Al mismo tiempo, S. chacoense (2EBN) y S. tuberosum subsp. andigena (2EBN) se cruzan con éxito porque tienen el mismo EBN (Caliskan et al., 2023).

Ortiz y Mihovilovich (2020) añaden que el EBN no siempre refleja la ploidía real de una especie. Por ejemplo, existen especies de Solanum 2x (1EBN), 2x (2EBN), 3x (2EBN), 4x (2EBN), 4x (4EBN), 5x (4EBN) y 6x (4EBN). Esto significa que para un cruzamiento exitoso es necesario conocer no solo el número de cromosomas, sino también el EBN.

Para superar las barreras de incompatibilidad, los fitomejoradores utilizan varios enfoques:

Haploides. Ortiz y Mihovilovich (2020) describen que los haploides (2n = 2x = 24) obtenidos de S. tuberosum tetraploide permiten simplificar el análisis genético y facilitar el cruzamiento con especies silvestres diploides. Los haploides se obtienen por ginogénesis utilizando inductores especiales: clones de S. tuberosum grupo Phureja, como «IVP 35», «IVP 101» y «PL-4». Estos inductores favorecen el desarrollo de embriones haploides a partir de las células huevo de la planta materna (Ortiz y Mihovilovich, 2020).

Gametos 2n. Caliskan et al. (2023) explican que los gametos 2n son gametos con el número somático de cromosomas. Se forman como resultado de alteraciones meióticas (FDR — first division restitution, SDR — second division restitution). Los progenitores 2x heterocigotos transmiten el 80 % (FDR) o el 40 % (SDR) de su heterocigosidad a la descendencia híbrida 4x después de la poliploidización sexual. El uso de gametos 2n permite superar las barreras de ploidía y transferir genes valiosos de especies diploides a variedades tetraploides (Caliskan et al., 2023).

Cruzamientos puente. Ortiz y Mihovilovich (2020) describen el uso de S. verrucosum (2x, 2EBN) como «especie puente» para transferir genes de especies diploides 1EBN, como S. bulbocastanum, S. pinnatisectum y S. polyadenium, a la patata cultivada. La ausencia de S-RNasa en los pistilos de plantas autofértiles de S. verrucosum permite que los tubos polínicos de estas especies 1EBN crezcan y fecunden las células huevo (Ortiz y Mihovilovich, 2020).

Hibridación somática. Caliskan et al. (2023) señalan que la hibridación somática se ha utilizado para superar la incompatibilidad sexual entre especies diploides (1EBN y 2EBN) y la patata cultivada del grupo Tuberosum (4EBN). La síntesis somática se ha utilizado para la introgresión de caracteres de resistencia de parientes silvestres (podredumbre blanda y tizón temprano de S. brevidens, tizón tardío de S. bulbocastanum) en la patata cultivada (Caliskan et al., 2023).

3.6. Conservación ex situ e in situ de los recursos genéticos

La conservación de los recursos genéticos es la base del fitomejoramiento. Sin colecciones de parientes silvestres y variedades locales, el fitomejorador no tiene material para trabajar. Existen dos enfoques principales de conservación: ex situ e in situ.

La conservación ex situ es la conservación de material vegetal fuera de su hábitat natural. Es el método más extendido, e incluye la creación de bancos de genes donde se almacenan semillas, tubérculos, ADN y polen, así como colecciones in vitro y crioconservación (Caliskan et al., 2023).

Haverkort y Anisimov (2007) describen la colección del Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR), que es una de las más grandes del mundo. Contiene alrededor de 9.000 accesiones, incluidas 3.000 accesiones de especies silvestres, 3.500 accesiones de especies cultivadas, 2.100 variedades y 400 híbridos interespecíficos y dihaploides. Alrededor de 300 variedades antiguas creadas hace 60 o más años son únicas, ya que se conservan solo en el banco de genes del VIR (Haverkort y Anisimov, 2007).

Caliskan et al. (2023) proporcionan datos sobre los mayores bancos de genes de patata: el Centro Internacional de la Papa (CIP) en Perú (4.727 accesiones de patata cultivada y 4.052 accesiones de patata silvestre), el Instituto Leibniz de Genética Vegetal e Investigación de Cultivos (IPK) en Alemania (6.200 accesiones), el Banco de Genes de la Papa de EE. UU. (5.700 accesiones), el Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR) (alrededor de 10.000 accesiones) y otros.

Las colecciones in vitro desempeñan un papel especial para la patata, ya que se propaga vegetativamente y sus tubérculos no pueden almacenarse durante largos períodos. Haverkort y Anisimov (2007) señalan que la colección in vitro del VIR contiene alrededor de 300 accesiones y fue creada como una colección duplicada de plantas libres de virus que representan material único y más valioso. Las accesiones se mantienen en condiciones de crecimiento mínimo a +20 °C en forma de microtubérculos y se almacenan de 1 a 3 años sin transferencia a medio nutritivo fresco (Haverkort y Anisimov, 2007).

La crioconservación es el método más prometedor de almacenamiento a largo plazo. Caliskan et al. (2023) explican que la crioconservación implica la conservación de órganos, tejidos y organismos a temperaturas ultrabajas (generalmente en nitrógeno líquido a -196 °C). A tal temperatura, todos los procesos metabólicos se detienen y el material puede almacenarse indefinidamente. Para la patata se han desarrollado métodos de vitrificación (PVS2 droplet-vitrification), que permiten obtener altas tasas de supervivencia después de la crioconservación (Caliskan et al., 2023).

La conservación in situ es la conservación de poblaciones en su hábitat natural. Este método permite conservar procesos evolutivos e interacciones ecológicas. Caliskan et al. (2023) señalan que la conservación in situ es especialmente importante para los parientes silvestres de las plantas cultivadas (CWR), ya que permite conservar la diversidad genética y el potencial adaptativo de las poblaciones. Sin embargo, este método es vulnerable a desastres naturales, impacto antrópico y cambio climático (Caliskan et al., 2023).

Biancardi et al. (2012) subrayan la importancia de la conservación in situ de B. maritima, ya que muchas poblaciones de esta especie están amenazadas de extinción debido a la destrucción del hábitat. Señalan que es necesario identificar no solo las especies sujetas a protección en las áreas correspondientes, sino también determinar medidas para su conservación in situ y ex situ (Biancardi et al., 2012).

3.7. Marcadores moleculares y herramientas genómicas en el fitomejoramiento

El fitomejoramiento moderno es inconcebible sin marcadores moleculares. Permiten acelerar la selección, aumentar su precisión y reducir los costos. Caliskan et al. (2023) describen varios tipos de marcadores utilizados para caracterizar el germoplasma de patata: RAPD, AFLP, SSR, ISSR, IRAP y SNP.

SSR (microsatélites) son repeticiones cortas en tándem de ADN que poseen alto polimorfismo, codominancia y reproducibilidad. Se utilizan ampliamente para genotipificar variedades, evaluar la diversidad genética, identificar duplicados en colecciones y analizar la estructura de poblaciones. Ghislain et al. (2004) desarrollaron un conjunto de 18 marcadores SSR (Potato Genetic Identification kit), que se utilizan para caracterizar 931 accesiones de patata de ocho grupos de variedades diferentes (Caliskan et al., 2023).

SNP (polimorfismos de nucleótido único) son el tipo más común de variación genética. Caliskan et al. (2023) señalan que los SNP existen como marcadores bialélicos con amplia distribución en regiones no codificantes del genoma. En la patata se han identificado desde 3,8 millones de SNP en diploides hasta 12,9 millones de SNP en pentaploides. La plataforma SolCAP Infinium (matrices 8K, 12K, 20K, 69K) permite el genotipado de alto rendimiento y se utiliza para analizar la estructura de poblaciones, el mapeo de QTL y los GWAS (Caliskan et al., 2023).

El mapeo de QTL permite identificar loci que controlan caracteres cuantitativos, como resistencia a enfermedades, rendimiento y calidad de los tubérculos. Caliskan et al. (2023) describen el mapeo de QTL de resistencia al tizón tardío, al virus Y de la patata (PVY), a nematodos y a otros patógenos. Por ejemplo, el gen Ryadg de S. tuberosum grupo Andigena y el gen Rysto de S. stoloniferum se han mapeado en los cromosomas 11 y 12, respectivamente, y proporcionan resistencia al PVY (Caliskan et al., 2023).

GWAS (estudio de asociación del genoma completo) es un método que utiliza recombinaciones históricas en poblaciones naturales existentes para identificar genes asociados con caracteres fenotípicos. Caliskan et al. (2023) dan un ejemplo de un estudio GWAS de 330 genotipos de patata en el que se identificó el gen Sen1, que proporciona resistencia a la verruga de la papa, asociado con el marcador SNP PotVar0067008. Otro estudio con la matriz 12K SolCAP identificó marcadores SNP asociados con resistencia a la sarna común (Yuan et al., 2019, citado en Caliskan et al., 2023).

Haverkort y Anisimov (2007) señalan que en los últimos años se utilizan en el fitomejoramiento de la patata métodos moleculares-genéticos, incluido el análisis por PCR, para genotipificar variedades, estudiar la variabilidad de líneas meristemáticas, identificar mutaciones, detectar virus y viroides, así como para estudiar material de fitomejoramiento utilizando marcadores de ADN de genes de resistencia a diversos patógenos (Haverkort y Anisimov, 2007).

Буквоед

4. Cuarentena vegetal

En los capítulos anteriores examinamos cómo funciona la sistemática en el diagnóstico de enfermedades y plagas, así como en el fitomejoramiento y el trabajo con recursos genéticos. Ahora pasemos a otra área críticamente importante en la que la sistemática desempeña el papel de fundamento y punto de partida: la cuarentena vegetal.

La cuarentena vegetal es un sistema de medidas estatales dirigidas a prevenir la introducción y propagación de plagas cuarentenarias. Es un área en la que la precisión de la identificación tiene una importancia crítica para la seguridad nacional e internacional, para la seguridad alimentaria y para la economía de países enteros. Y en la base de este sistema se encuentra la sistemática.

4.1. ¿Por qué es tan importante la cuarentena vegetal?

Agrios (2005) ofrece ejemplos históricos convincentes de las consecuencias catastróficas de la introducción de patógenos en nuevas regiones. Cuando un patógeno llega a un área donde sus hospedantes se desarrollaron en su ausencia, las consecuencias pueden ser mucho más destructivas que las de los patógenos endémicos. Las plantas que se desarrollaron sin contacto con el patógeno no tienen oportunidad de seleccionar factores de resistencia específicos contra él y, por lo tanto, quedan desprotegidas y extremadamente vulnerables. Además, en una nueva región, por regla general, están ausentes los microorganismos antagonistas o competidores del patógeno, mientras que el propio patógeno encuentra una enorme cantidad de tejido susceptible disponible en el que puede reproducirse sin obstáculos (Agrios, 2005).

Algunas de las epidemias más destructivas de enfermedades de las plantas fueron causadas por patógenos introducidos desde el extranjero. Agrios (2005) enumera ejemplos como el mildiu de la vid en Europa, el cáncer bacteriano de los cítricos, el chancro del castaño, la enfermedad holandesa del olmo y el nematodo del quiste de la soja en Estados Unidos. Todas estas enfermedades fueron introducidas desde otras regiones y causaron enormes daños. Se ha estimado que si la roya de la soja se introdujera en Estados Unidos, las pérdidas para los consumidores y otros sectores de la economía ascenderían a varios miles de millones de dólares al año (Agrios, 2005).

Por eso, en 1912 se adoptó en Estados Unidos la Ley de Cuarentena Vegetal (Plant Quarantine Act), que prohíbe o restringe la importación al país de plantas, productos vegetales, suelo y otros materiales que puedan portar patógenos no establecidos en el país. Reglas de cuarentena similares existen en la mayoría de los demás países (Agrios, 2005).

4.2. La sistemática como base de las listas de cuarentena

Las listas de cuarentena son listas de plagas recomendadas para su regulación. EPPO (2025) publica las listas A1 y A2, que son la base para la legislación nacional de cuarentena en los países miembros de la Organización Europea y Mediterránea para la Protección de las Plantas.

La lista A1 incluye plagas ausentes de la región de la EPPO pero que representan una amenaza potencial. La lista A2 incluye plagas presentes en la región de la EPPO pero no ampliamente distribuidas (EPPO, 2025).

Estas listas se construyen sobre una base sistemática. Cada organismo se identifica por su nombre científico, que garantiza una comunicación universal. Por ejemplo, en la lista A1 encontramos Ralstonia solanacearum (marchitez bacteriana), Globodera rostochiensis (nematodo dorado de la papa), Synchytrium endobioticum (verruga de la papa), Tomato brown rugose fruit virus (ToBRFV) y muchos otros (EPPO, 2025).

La sistemática determina no solo los nombres, sino también la pertenencia taxonómica, que es críticamente importante para comprender la biología del patógeno y desarrollar medidas de control. Por ejemplo, Ralstonia solanacearum es una bacteria gramnegativa que puede transmitirse con semillas, suelo, residuos vegetales y agua. El conocimiento de su taxonomía permite desarrollar métodos de diagnóstico específicos y medidas de cuarentena (EPPO, 2025).

Además, las listas de cuarentena se actualizan constantemente. EPPO (2025) describe el procedimiento para añadir y eliminar plagas de las listas. La inclusión de un organismo en la lista A1 o A2 se basa en la propuesta de un país miembro, que proporciona un análisis de riesgo fitosanitario (PRA) correspondiente a la norma EPPO PM 5/3. Desde 2006, grupos especiales de expertos (Expert Working Groups for PRA) realizan PRA sobre la base de la NIMF 11 y las normas de la EPPO (EPPO, 2025).

Esto significa que la sistemática no se detiene: se desarrolla, y las listas de cuarentena reflejan estos cambios. Por ejemplo, en 2025 se incluyó en la lista A2 el Tomato brown rugose fruit virus (ToBRFV), un nuevo virus que causa graves pérdidas en el tomate (EPPO, 2025). Esto significa que los agrónomos y fitopatólogos deben estar al tanto de los cambios taxonómicos y de las nuevas amenazas.

4.3. Identificación de objetos de cuarentena: morfología y moléculas

El servicio de cuarentena es un área en la que la precisión de la identificación tiene una importancia crítica. Un error puede hacer que un patógeno peligroso pase la frontera o, por el contrario, que se destruya un lote sano de productos. Por ello, el diagnóstico de cuarentena utiliza todo el arsenal de métodos disponibles para la sistemática.

Los métodos morfológicos siguen siendo la base del diagnóstico de cuarentena. Agrios (2005) describe que para la identificación de hongos se utilizan esporas y estructuras esporógenas; para nematodos, caracteres morfométricos (tamaño, forma, disposición de órganos); para insectos, caracteres morfológicos externos. Por ejemplo, para identificar Globodera rostochiensis y G. pallida se utilizan caracteres morfométricos de quistes y larvas (EPPO, 2025).

Sin embargo, la identificación morfológica tiene limitaciones. Muchas especies son morfológicamente indistinguibles, pero difieren en patogenicidad y requieren medidas de cuarentena diferentes. Además, la identificación morfológica requiere alta cualificación del especialista y a menudo lleva mucho tiempo.

Los métodos moleculares han revolucionado el diagnóstico de cuarentena. Agrios (2005) señala que la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) y la secuenciación de ADN permiten detectar el patógeno en los tejidos vegetales en las primeras etapas de la infección, cuando su presencia es mínima. Esto es especialmente importante para objetos de cuarentena, que pueden estar presentes en semillas o material de plantación en bajas concentraciones.

Blancard (2012) describe el uso de métodos moleculares para detectar Clavibacter michiganensis subsp. michiganensis (agente causal del cáncer bacteriano del tomate) en semillas. Para ello se utilizan cebadores de ADN específicos de los espaciadores internos transcritos del ADN ribosomal. Esto permite identificar semillas infectadas antes de la siembra y prevenir la propagación de la enfermedad (Blancard, 2012).

EPPO (2025) señala que para la detección de objetos de cuarentena se utilizan diversos métodos moleculares, incluidos PCR, PCR en tiempo real, LAMP y secuenciación. Por ejemplo, para detectar Ralstonia solanacearum en suelo y agua se utilizan pruebas de PCR, y para identificar razas y cepas se utiliza PCR multiplex.

Los métodos serológicos, como el ELISA, se utilizan ampliamente para el análisis masivo de semillas y plantas en busca de virus. Blancard (2012) señala que el ELISA se emplea para detectar el virus del mosaico del tomate (ToMV), el virus del bronceado del tomate (TSWV) y muchos otros. Estos métodos son rápidos, relativamente económicos y adecuados para analizar grandes muestras.

Las colecciones y bases de datos desempeñan un papel importante en el diagnóstico de cuarentena. Haverkort y Anisimov (2007) describen la colección del Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR), que incluye miles de accesiones de patata y de sus parientes silvestres. Tales colecciones sirven como referencias para la comparación y la identificación. Además, las bases de datos internacionales, como la EPPO Global Database, contienen información sobre organismos de cuarentena, su distribución y métodos de detección e identificación (EPPO, 2025).

4.4. Riesgos de introducción: nuevos patógenos, plagas, malas hierbas

La cuarentena vegetal no es solo el control de patógenos ya conocidos, sino también la prevención de la introducción de nuevas amenazas aún desconocidas. Agrios (2005) subraya que los patógenos pueden introducirse en forma de esporas o huevos en portadores insospechados, y las infecciones latentes de semillas y otros órganos reproductivos pueden persistir incluso después del tratamiento.

La globalización moderna del comercio y el turismo aumenta el riesgo de introducción de nuevos patógenos. EPPO (2025) señala que la creciente globalización de los mercados y la expansión de los viajes humanos por todo el mundo han llevado a un aumento de la intensidad y frecuencia de introducción de organismos invasores en diversos países. Por ello, se necesitan estrategias de gestión adecuadas y eficaces para estas plagas y patógenos invasores.

Caliskan et al. (2023) dan un ejemplo con la patata. Señalan que en Rusia predomina el patotipo Ro1 del nematodo dorado de la papa (Globodera rostochiensis), pero en Europa están extendidos otros patotipos (Ro2, Ro3, Ro4, Ro5), y existe la probabilidad de su introducción en Rusia. Por ello, los fitomejoradores rusos deben trabajar no solo en la resistencia al patotipo Ro1, sino también comenzar a utilizar en el fitomejoramiento material de partida que posea resistencia a diversos patotipos de G. rostochiensis y a otras especies: G. pallida (Pa1, Pa2, Pa3) (Caliskan et al., 2023).

Otro ejemplo es el Tomato brown rugose fruit virus (ToBRFV). Este virus fue descrito por primera vez en 2014 en Israel y desde entonces se ha propagado a Europa, América y Asia. Causa graves pérdidas en el tomate y ha sido incluido en la lista A2 de la EPPO (EPPO, 2025). Esto muestra que las listas de cuarentena deben actualizarse constantemente para reflejar nuevas amenazas.

Las malas hierbas también son objetos de cuarentena. EPPO (2025) incluye en la lista A2 especies invasoras como Ambrosia artemisiifolia (ambrosía de hoja de ajenjo), Heracleum sosnowskyi (perejil gigante de Sosnowsky), Solidago canadensis (vara de oro de Canadá) y muchas otras. Estas plantas causan daños a la agricultura al competir con las plantas cultivadas por luz, agua y nutrientes, y algunas de ellas son tóxicas para humanos y animales.

4.5. Cooperación internacional: EPPO, FAO, IPPC

La cuarentena vegetal es un área en la que la cooperación internacional tiene una importancia crítica. Los patógenos no reconocen fronteras, y los esfuerzos de un país pueden verse anulados si los países vecinos no adoptan medidas similares.

La IPPC (International Plant Protection Convention) es un tratado internacional destinado a proteger las plantas y los productos vegetales de plagas. La IPPC fue adoptada en 1951 bajo los auspicios de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) y actualmente cuenta con más de 180 países miembros. La IPPC desarrolla normas internacionales para medidas fitosanitarias (NIMF), que son la base para las legislaciones nacionales de cuarentena (IPPC, 1997).

La EPPO (European and Mediterranean Plant Protection Organization) es una organización regional de cuarentena y protección de plantas que reúne a 52 países miembros. La EPPO desarrolla normas, realiza análisis de riesgo fitosanitario, publica las listas A1 y A2 y coordina los esfuerzos de los países miembros en el control de organismos de cuarentena (EPPO, 2025).

EPPO (2025) describe el procedimiento para desarrollar normas. Las normas de la EPPO son desarrolladas por grupos de trabajo y paneles de expertos, aprobadas por el Consejo de la EPPO y publicadas en el Boletín de la EPPO. Las normas cubren una amplia gama de cuestiones: desde el análisis de riesgo fitosanitario hasta protocolos de diagnóstico y medidas de control.

La FAO (Food and Agriculture Organization) desempeña un papel clave en la coordinación de los esfuerzos internacionales en cuarentena vegetal. La FAO proporciona la secretaría de la IPPC y apoya el desarrollo de normas internacionales. Además, la FAO publica directrices y recomendaciones sobre cuarentena vegetal (FAO, 2013).

Agrios (2005) señala que en Estados Unidos existe el Centro Nacional de Cuarentena de Germoplasma Vegetal (National Plant Germplasm Quarantine Center) en Glenn Dale, Maryland, donde todas las plantas introducidas se mantienen y se someten a pruebas para determinados patógenos durante 1 a 4 años antes de su liberación. Este es un ejemplo de cómo la sistemática y la cuarentena trabajan juntas para proteger al país de la introducción de patógenos peligrosos (Agrios, 2005).

4.6. El papel de las colecciones y bases de datos en la cuarentena

Las colecciones y bases de datos son la infraestructura de la cuarentena vegetal. Sin especímenes de referencia, es imposible identificar con precisión un patógeno. Sin bases de datos, es imposible obtener rápidamente información sobre la distribución, la biología y los métodos de control de un objeto de cuarentena.

Haverkort y Anisimov (2007) describen la colección del Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR), que incluye alrededor de 9.000 accesiones de patata y de sus parientes silvestres. Esta colección sirve como referencia para la identificación de patógenos y para el fitomejoramiento orientado a la resistencia. Además, el VIR realiza una evaluación integral de las accesiones para determinar su resistencia a enfermedades y plagas, incluidos objetos de cuarentena (Haverkort y Anisimov, 2007).

EPPO (2025) mantiene la EPPO Global Database, una base de datos en línea que contiene información sobre organismos de cuarentena, su distribución y métodos de detección e identificación. La base de datos incluye más de 90.000 registros sobre plagas y sus hospedantes. Está disponible para especialistas en cuarentena vegetal de todo el mundo (EPPO, 2025).

Caliskan et al. (2023) describen bases de datos de germoplasma de patata, incluida la base de datos del CIP (Centro Internacional de la Papa) en Perú, que contiene información sobre 4.727 accesiones de patata cultivada y 4.052 accesiones de patata silvestre. Estas bases de datos se utilizan para buscar fuentes de resistencia a enfermedades y plagas, incluidos objetos de cuarentena (Caliskan et al., 2023).

4.7. Ejemplos de objetos de cuarentena

Consideremos varios ejemplos concretos de objetos de cuarentena para ilustrar cómo funciona la sistemática en la cuarentena.

Ralstonia solanacearum (marchitez bacteriana). EPPO (2025) incluye esta especie en la lista A2. Es una bacteria gramnegativa que afecta a más de 200 especies de plantas, incluidas patata, tomate, berenjena, pimiento y muchas otras. La bacteria puede transmitirse con semillas, suelo, residuos vegetales y agua. Para el diagnóstico se utilizan métodos serológicos y moleculares, incluida la PCR. Las medidas de cuarentena incluyen la prohibición de importar material de plantación infectado, la desinfección del suelo y la destrucción de plantas infectadas (EPPO, 2025).

Globodera rostochiensis (nematodo dorado de la papa). EPPO (2025) incluye esta especie en la lista A2. Es un nematodo formador de quistes que afecta a la patata, el tomate, la berenjena y otras solanáceas. Los quistes pueden sobrevivir en el suelo más de 30 años. Para el diagnóstico se utilizan caracteres morfométricos de quistes y larvas, así como métodos moleculares. Las medidas de cuarentena incluyen la prohibición de importar material de plantación infectado, la desinfección del suelo y la rotación de cultivos con cultivos no hospedantes (EPPO, 2025).

Synchytrium endobioticum (verruga de la papa). EPPO (2025) incluye esta especie en la lista A2. Es un parásito obligado que afecta a la patata y causa la formación de agallas en los tubérculos. El patógeno puede sobrevivir en el suelo más de 40 años en forma de esporas en reposo. Para el diagnóstico se utilizan pruebas biológicas con variedades de patata susceptibles, así como microscopía de esporas en reposo. Las medidas de cuarentena incluyen la prohibición de importar material de plantación infectado, la desinfección del suelo y el uso de variedades resistentes (EPPO, 2025).

Tomato brown rugose fruit virus (ToBRFV). EPPO (2025) incluye este virus en la lista A2. Es un tobamovirus que afecta al tomate y al pimiento y causa graves pérdidas de rendimiento. El virus puede transmitirse con semillas, por contacto y a través de plantas infectadas. Para el diagnóstico se utilizan métodos moleculares, incluida la RT-PCR. Las medidas de cuarentena incluyen la prohibición de importar semillas y plantas infectadas, así como la destrucción de lotes infectados (EPPO, 2025).

5. Control biológico

En los capítulos anteriores examinamos cómo funciona la sistemática en el diagnóstico, el fitomejoramiento y la cuarentena vegetal. Ahora pasemos a otra área en la que la sistemática desempeña un papel fundamental: el control biológico o biocontrol.

El biocontrol es el uso de organismos vivos para suprimir patógenos y plagas. Es uno de los componentes clave de la agricultura sostenible, ya que permite reducir la dependencia de los pesticidas químicos, disminuir la carga ambiental y aumentar la seguridad de los productos. Agrios (2005) subraya que el control biológico de patógenos, es decir, la destrucción total o parcial de sus poblaciones por otros organismos, ocurre constantemente en la naturaleza. La tarea del agrónomo es utilizar estas relaciones antagónicas naturales para gestionar las agrocenosis.

Pero para que el biocontrol sea eficaz y seguro, es necesario saber con precisión quién interactúa con quién. Y esto es imposible sin la sistemática. En este capítulo consideraremos cómo la sistemática ayuda a seleccionar agentes de biocontrol, evitar efectos indeseables, integrar el biocontrol con otros métodos de protección y monitorear su eficacia.

5.1. La sistemática como base para la elección de un agente de biocontrol

Lo primero que hay que hacer al desarrollar una estrategia de biocontrol es identificar el objetivo. Como ya dijimos en el capítulo 2, el diagnóstico preciso del patógeno o de la plaga es el primer paso hacia una protección exitosa. Pero no es menos importante identificar al propio agente de biocontrol. Un error en la identificación puede hacer que el agente resulte ineficaz contra la especie objetivo o, peor aún, que comience a atacar organismos beneficiosos.

La sistemática proporciona herramientas para tal identificación. Los caracteres morfológicos, los marcadores moleculares y las pruebas serológicas permiten determinar con precisión la identidad específica tanto del objetivo como del agente. Pero la sistemática no se limita a la identificación. Proporciona una comprensión de las relaciones filogenéticas que permiten predecir la especificidad del agente.

Fujino et al. (2025), en su revisión sobre el papel de los protistas depredadores en la supresión de patógenos, subrayan que la identificación precisa del agente de biocontrol es críticamente importante, ya que diferentes especies pueden tener diferente especificidad. Por ejemplo, Colpoda sp. es capaz de alimentarse directamente de Ralstonia solanacearum, reduciendo la incidencia de la enfermedad en tomate. Sin embargo, otras especies de protistas pueden no ser eficaces contra este patógeno o, por el contrario, atacar bacterias beneficiosas. Sin conocimientos sistemáticos, es imposible predecir qué especie será eficaz y segura.

Hasanuzzaman (2019), en el capítulo sobre protección integrada de plantas, señala que el biocontrol no es simplemente sustituir un producto químico por otro. Es una estrategia que requiere una comprensión profunda de las interacciones ecológicas. La sistemática aquí sirve como base para tal comprensión, ya que permite establecer qué organismos son enemigos naturales de las plagas, cuáles son antagonistas de los patógenos y cuáles son neutros o beneficiosos.

5.2. Principales grupos de agentes de biocontrol

Los agentes de biocontrol pueden dividirse en varios grupos según su pertenencia taxonómica y su mecanismo de acción. Consideremos los principales.

Entomófagos y ácarifagos son insectos y ácaros depredadores y parasitoides que se alimentan de plagas. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, Trichogramma (Trichogramma spp.), Phytoseiulus (Phytoseiulus persimilis), Encarsia (Encarsia formosa) y Macrolophus (Macrolophus caliginosus). Hasanuzzaman (2019) describe el uso de Trichogramma para el control del barrenador del tallo de la caña de azúcar y otras plagas de lepidópteros, y de Phytoseiulus para el control de arañas rojas. Estos agentes poseen alta especificidad, y su eficacia depende de la correspondencia precisa entre la especie del agente y la especie objetivo.

Microorganismos antagonistas son bacterias y hongos que suprimen patógenos mediante competencia, antibiosis, parasitismo o inducción de reacciones de defensa de las plantas. Entre ellos se encuentran, por ejemplo, Trichoderma spp., Bacillus subtilis, Pseudomonas fluorescens y Gliocladium virens. Agrios (2005) describe el uso de Trichoderma harzianum para el control de Rhizoctonia solani, Pythium spp. y Sclerotium rolfsii. Blancard (2012) señala que Trichoderma también es eficaz contra Botrytis cinerea en tomate.

Entomopatógenos son microorganismos que causan enfermedades en insectos. El más conocido es Bacillus thuringiensis (Bt), que produce toxinas específicas para larvas de lepidópteros, dípteros y coleópteros. Hasanuzzaman (2019) describe el uso de Bt para el control de muchas plagas, incluidas las orugas cortadoras y los barrenadores. Otros entomopatógenos incluyen los hongos Beauveria bassiana, Metarhizium anisopliae y virus como los baculovirus.

Protistas depredadores son un grupo relativamente nuevo de agentes de biocontrol. Fujino et al. (2025) describen cómo los protistas depredadores, como Cercomonas spp., Acanthamoeba spp., Leptomyxa spp. y Colpoda sp., pueden alimentarse directamente de hongos y bacterias patógenas. Por ejemplo, Colpoda sp. fue aislada de la rizosfera del tomate y mostró la capacidad de consumir directamente Ralstonia solanacearum en experimentos de invernadero. Esto abre nuevas posibilidades para el biocontrol, ya que los protistas pueden actuar tanto directamente (comiendo patógenos) como indirectamente (estimulando la actividad de bacterias antagonistas).

5.3. Sistemática y especificidad: cómo evitar efectos indeseables

Uno de los principales problemas del biocontrol son los efectos indeseables sobre organismos no objetivo. Si un agente de biocontrol tiene una especificidad amplia, puede atacar especies beneficiosas, alterando el equilibrio ecológico. La sistemática ayuda a predecir tales riesgos, ya que permite evaluar la proximidad filogenética entre el objetivo y las especies no objetivo.

Fujino et al. (2025) advierten que, aunque la mayoría de los estudios informan de un efecto positivo de los protistas depredadores, potencialmente los protistas pueden transportar, proteger y aumentar la supervivencia de microorganismos patógenos. Por ejemplo, algunas bacterias pueden sobrevivir y multiplicarse dentro de la vacuola digestiva de los protistas e incluso evitar los efectos de los desinfectantes. Aunque hasta ahora no se han descrito casos similares en ecosistemas edáficos, la posibilidad de que los protistas puedan ser vectores de patógenos debe investigarse a fondo antes de utilizarlos como agentes de biocontrol (Fujino et al., 2025).

Hasanuzzaman (2019) subraya que el uso de agentes de biocontrol puede tener consecuencias negativas. Por ejemplo, los agentes bacterianos que producen quitinasa o toxinas pueden dañar hongos no objetivo, nematodos y lombrices de tierra. Por ello, antes de liberar un agente, es necesaria una evaluación exhaustiva de su especificidad, incluidas pruebas con especies cercanamente emparentadas. La sistemática proporciona la base para tal evaluación: conociendo las relaciones filogenéticas, se puede predecir qué especies pueden verse afectadas.

Agrios (2005) también señala que algunos antagonistas pueden ser eficaces en el laboratorio pero no en el campo, ya que no pueden competir con la microflora existente. La sistemática ayuda a comprender los nichos ecológicos del agente y del objetivo, lo que permite predecir su supervivencia y actividad en condiciones concretas.

5.4. Ejemplos de aplicación exitosa del biocontrol

Consideremos varios ejemplos concretos para ilustrar cómo funciona la sistemática en el biocontrol.

Trichogramma (Trichogramma spp.). Es un género de avispas parasitoides que ponen huevos en los huevos de plagas de lepidópteros. Hasanuzzaman (2019) describe el uso de Trichogramma chilonis para el control del barrenador del tallo de la caña de azúcar. La sistemática de Trichogramma es compleja: existen muchas especies que difieren en su especificidad hacia el hospedante. Para un uso exitoso, es necesario identificar con precisión la especie de Trichogramma y la especie de plaga. Un error puede hacer que el parasitoide no encuentre hospedante o ataque especies no objetivo. Los métodos moleculares, como la PCR y la secuenciación, permiten distinguir especies cercanamente emparentadas de Trichogramma (Hasanuzzaman, 2019).

Phytoseiulus (Phytoseiulus persimilis). Es un ácaro depredador que se alimenta de arañas rojas. Hasanuzzaman (2019) señala que Phytoseiulus es un agente de biocontrol eficaz en invernaderos. La sistemática de los ácaros es crucial: es necesario identificar con precisión tanto al depredador como a la presa. Algunas especies de arañas rojas pueden ser resistentes a Phytoseiulus, o el propio Phytoseiulus puede ser sensible a determinadas condiciones. Comprender las relaciones filogenéticas entre las especies de ácaros permite predecir qué pares depredador-presa serán eficaces (Hasanuzzaman, 2019).

Bacillus thuringiensis (Bt). Es una bacteria entomopatógena que produce toxinas cristalinas (proteínas Cry) específicas para determinados grupos de insectos. Hasanuzzaman (2019) describe el uso de Bt para el control de plagas. La sistemática de Bt incluye muchas cepas que difieren en su espectro de acción. Por ejemplo, Bt subsp. kurstaki es eficaz contra lepidópteros, Bt subsp. israelensis contra dípteros y Bt subsp. tenebrionis contra coleópteros. Para un uso exitoso, es necesario identificar con precisión la cepa y sus toxinas, así como la especie de plaga. La sistemática de los insectos y la sistemática de las bacterias trabajan juntas para garantizar la eficacia y la seguridad (Hasanuzzaman, 2019).

Trichoderma spp. Es un género de hongos que son antagonistas de muchos patógenos del suelo. Agrios (2005) describe el uso de Trichoderma harzianum para el control de Rhizoctonia solani, Pythium spp. y Sclerotium rolfsii. Blancard (2012) señala que Trichoderma también es eficaz contra Botrytis cinerea en tomate. La sistemática de Trichoderma es compleja: existen muchas especies que difieren en sus mecanismos de acción y especificidad. Los métodos moleculares, como la secuenciación de regiones ITS, permiten identificar con precisión las especies. Comprender la filogenia de Trichoderma ayuda a seleccionar la cepa más eficaz para un patógeno concreto (Agrios, 2005; Blancard, 2012).

Protistas depredadores. Fujino et al. (2025) describen el uso de Colpoda sp. para el control de Ralstonia solanacearum en tomate. En experimentos de invernadero, Colpoda sp. consumió directamente R. solanacearum, reduciendo la incidencia de la enfermedad. Otros estudios han mostrado que Cercomonas spp. y Bacillus spp. interactúan suprimiendo Fusarium spp. La sistemática de los protistas está en una etapa de desarrollo activo, y los métodos moleculares permiten identificar nuevas especies prometedoras para el biocontrol. Sin embargo, deben tenerse en cuenta los riesgos mencionados anteriormente (Fujino et al., 2025).

5.5. Compatibilidad del biocontrol con otros métodos de protección

El biocontrol rara vez se utiliza de forma aislada. Por regla general, se integra con otros métodos de protección dentro de un sistema de gestión integrada de plagas (IPM). Hasanuzzaman (2019) subraya que el IPM es una estrategia que combina métodos culturales, mecánicos, genéticos y biológicos, considerando el control químico como último recurso.

La compatibilidad del biocontrol con otros métodos es crucial. Por ejemplo, algunos pesticidas químicos pueden ser tóxicos para los agentes de biocontrol. Por ello, al elegir pesticidas, debe tenerse en cuenta su compatibilidad con organismos beneficiosos. Hasanuzzaman (2019) señala que el uso de pesticidas selectivos que no matan a los entomófagos permite integrar el control químico y biológico.

Los métodos culturales también pueden aumentar la eficacia del biocontrol. Por ejemplo, el uso de cultivos de cobertura, la rotación de cultivos y un riego adecuado crean condiciones favorables para la supervivencia y la actividad de los antagonistas. Haverkort y Anisimov (2007) señalan que en el fitomejoramiento de la patata para resistencia a enfermedades y plagas se utilizan tanto recursos genéticos como agentes de biocontrol. Por ejemplo, las variedades resistentes a nematodos reducen la necesidad de nematicidas químicos y crean condiciones para la actividad de los enemigos naturales de los nematodos.

5.6. Monitoreo de la eficacia y la seguridad

Después de liberar un agente de biocontrol, es necesario monitorear su eficacia y seguridad. Esto incluye evaluar la reducción del número de plagas o patógenos, evaluar la supervivencia y propagación del agente y evaluar el impacto sobre organismos no objetivo.

Fujino et al. (2025) subrayan que la interacción entre protistas y patógenos debe estudiarse a fondo antes de utilizarlos como agentes de biocontrol. Esto incluye pruebas de especificidad, evaluación de riesgos de transferencia de patógenos y evaluación del efecto sobre microorganismos beneficiosos. La sistemática proporciona herramientas para tal evaluación: los métodos moleculares permiten identificar al agente y al objetivo, y el análisis filogenético permite predecir posibles efectos no objetivo (Fujino et al., 2025).

Hasanuzzaman (2019) señala que el monitoreo de la eficacia del biocontrol debe formar parte del sistema general de IPM. Esto incluye inspecciones regulares de los campos, el uso de trampas para monitorear plagas y la evaluación de la eficacia económica. La sistemática ayuda en la identificación tanto de las plagas como de los agentes de biocontrol, lo cual es necesario para un monitoreo preciso.

EPPO (2025) señala que el uso de agentes de biocontrol está regulado por normas nacionales e internacionales. Por ejemplo, la EPPO desarrolla normas para evaluar los riesgos asociados con la introducción de agentes de biocontrol. Esto incluye evaluar la especificidad, evaluar el impacto potencial sobre especies no objetivo y desarrollar medidas para prevenir efectos indeseables. La sistemática es la base para tales evaluaciones, ya que permite identificar al agente y evaluar sus relaciones filogenéticas con otras especies (EPPO, 2025).

Garshinka

6. Conservación de la biodiversidad

En los capítulos anteriores examinamos cómo funciona la sistemática en el diagnóstico, el fitomejoramiento, la cuarentena y el biocontrol. Ahora pasemos a otra área fundamental en la que la sistemática desempeña el papel no solo de herramienta sino también de base conceptual: la conservación de la biodiversidad.

La conservación de la biodiversidad no es simplemente una tarea ética o estética. Es una condición para la supervivencia de la humanidad. Como señalan Judd et al. (2018), la sistemática ocupa una posición central en la biología evolutiva y desempeña un papel cada vez más importante en muchas otras disciplinas, incluidas la ecología, la biología molecular, la biología del desarrollo e incluso la antropología. Sin comprender la diversidad de los organismos vivos, es imposible evaluarla o conservarla. Y las agrocenosis no son algo separado de la biosfera, sino una parte integral de ella.

6.1. Las agrocenosis como parte de la biosfera

Las tierras agrícolas ocupan alrededor del 40 % de la superficie terrestre. Es un territorio enorme que no puede considerarse aislado de los ecosistemas naturales. Las agrocenosis no son espacios «vacíos» llenos solo de plantas cultivadas. Son ecosistemas complejos habitados por cientos y miles de especies: microorganismos del suelo, insectos, aves, mamíferos y malas hierbas. Muchas de estas especies son beneficiosas o neutras, y algunas son dañinas.

Hasanuzzaman (2019) subraya que la agricultura sostenible es imposible sin tener en cuenta la biodiversidad. Los métodos culturales, como los cultivos de cobertura, los cultivos intercalados, la rotación de cultivos y el acolchado, no solo reducen el número de plagas y enfermedades, sino que también apoyan a organismos beneficiosos: polinizadores, entomófagos y antagonistas de patógenos. Por ejemplo, los cultivos de cobertura aumentan el número de escarabajos del suelo y arañas que se alimentan de plagas. Los cultivos intercalados de leguminosas con cereales reducen la incidencia de enfermedades y aumentan el rendimiento (Hasanuzzaman, 2019).

Fujino et al. (2025) añaden que los protistas del suelo son un componente importantísimo de la biodiversidad que influye directamente en la salud de las plantas. Los protistas depredadores regulan el número de bacterias y hongos, incluidos los patógenos, y favorecen el ciclo de nutrientes. Su diversidad es un «seguro» para la agrocenosis, ya que diferentes especies cumplen diferentes funciones. La pérdida de esta diversidad hace que el sistema sea menos resistente a los estreses.

Así, la conservación de la biodiversidad en las agrocenosis no es solo la conservación de especies raras, sino también el mantenimiento de la diversidad funcional que garantiza la productividad y la sostenibilidad de la agricultura.

6.2. El papel de la sistemática en la evaluación de la diversidad

¿Cómo evaluar la biodiversidad? ¿Cuántas especies habitan una agrocenosis? ¿Cuáles son raras, cuáles comunes, cuáles invasoras? Es imposible responder a estas preguntas sin la sistemática.

Pandey (2021) subraya que la sistemática es la base de toda la biología, ya que los organismos no pueden discutirse científicamente hasta que se alcanza una clasificación que permita reconocerlos y nombrarlos. La evaluación de la biodiversidad comienza con el inventario: recolección de muestras, su identificación y descripción. Para ello se utilizan claves morfológicas, métodos moleculares (código de barras de ADN), colecciones de referencia y bases de datos.

Judd et al. (2018) señalan que un enfoque filogenético de la sistemática permite no solo enumerar especies, sino también evaluar su singularidad evolutiva. La diversidad filogenética es una medida que tiene en cuenta no solo el número de especies, sino también sus relaciones evolutivas. Por ejemplo, conservar dos especies cercanamente emparentadas es menos valioso desde el punto de vista de la historia evolutiva que conservar dos especies pertenecientes a clados principales diferentes. Tal enfoque permite establecer prioridades de conservación (Judd et al., 2018).

Caliskan et al. (2023) muestran cómo se utiliza la sistemática para evaluar la diversidad de la patata. La sección Petota del género Solanum incluye alrededor de 200 especies distribuidas desde el suroeste de Estados Unidos hasta el centro de Argentina. Los marcadores moleculares (SSR, SNP) permiten evaluar la diversidad genética dentro y entre especies, identificar duplicados en colecciones e identificar genotipos únicos. Sin tal evaluación, es imposible gestionar eficazmente los bancos de genes y utilizar los recursos para el fitomejoramiento (Caliskan et al., 2023).

Biancardi et al. (2012) describen de manera similar la evaluación de la diversidad de Beta maritima. Los marcadores moleculares y los caracteres morfológicos permiten identificar poblaciones que son fuentes de genes valiosos y determinar prioridades para su conservación. Por ejemplo, las poblaciones del delta del Po en Italia resultaron ser una fuente de resistencia a la cercosporiosis, mientras que las poblaciones de Dinamarca resultaron ser una fuente de resistencia a la rizomanía (Biancardi et al., 2012).

6.3. Especies indicadoras, especies raras y amenazadas

En la conservación de la biodiversidad desempeñan un papel especial las especies indicadoras: especies que reaccionan con sensibilidad a los cambios ambientales y pueden servir como «papel de tornasol» para evaluar el estado de un ecosistema. Por ejemplo, muchos invertebrados del suelo (colémbolos, ácaros, lombrices de tierra) son indicadores de la salud del suelo. Su diversidad y abundancia reflejan el nivel de materia orgánica, la humedad, el pH y la presencia de contaminantes.

La sistemática es necesaria para identificar especies indicadoras. Un error en la identificación puede conducir a conclusiones incorrectas sobre el estado del ecosistema. Los métodos moleculares, como el código de barras de ADN, permiten identificar especies de manera rápida y precisa, incluso si están representadas por fragmentos o larvas.

Las especies raras y amenazadas son una categoría especial. Los libros rojos, las listas nacionales e internacionales de especies protegidas, todo ello se construye sobre datos sistemáticos. Por ejemplo, EPPO (2025) incluye en la lista A2 plantas invasoras como Ambrosia artemisiifolia, Heracleum sosnowskyi y Solidago canadensis. Estas especies causan daños a la agricultura y a los ecosistemas naturales, y su identificación es el primer paso hacia el control.

En las agrocenosis, las especies raras pueden ser no solo especies «de libro rojo», sino también variedades locales, variedades autóctonas y parientes silvestres de plantas cultivadas. Caliskan et al. (2023) señalan que las variedades locales de patata en los Andes suman más de 3.000 formas, muchas de las cuales están adaptadas a condiciones específicas y poseen caracteres valiosos. Su pérdida significa la pérdida de diversidad genética que puede ser necesaria para el fitomejoramiento futuro.

6.4. Estrategias de conservación

La conservación de la biodiversidad incluye dos enfoques principales: in situ y ex situ.

La conservación in situ es la conservación de poblaciones en su hábitat natural. Este método permite conservar no solo genes, sino también interacciones ecológicas, procesos evolutivos y potencial adaptativo. Biancardi et al. (2012) subrayan la importancia de la conservación in situ de Beta maritima, ya que muchas poblaciones de esta especie están amenazadas de extinción debido a la destrucción del hábitat. Señalan que es necesario identificar no solo las especies sujetas a protección, sino también determinar medidas para su conservación in situ y ex situ (Biancardi et al., 2012).

Caliskan et al. (2023) señalan que la conservación in situ de los parientes silvestres de la patata es especialmente importante, ya que permite conservar la diversidad genética y el potencial adaptativo de las poblaciones. Sin embargo, este método es vulnerable a desastres naturales, impacto antrópico y cambio climático.

La conservación ex situ es la conservación de material vegetal fuera de su hábitat natural. Es el método más extendido, e incluye la creación de bancos de genes donde se almacenan semillas, tubérculos, ADN y polen, así como colecciones in vitro y crioconservación. Haverkort y Anisimov (2007) describen la colección del Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR), que contiene alrededor de 9.000 accesiones de patata, incluidas 3.000 accesiones de especies silvestres. Alrededor de 300 variedades antiguas creadas hace 60 o más años son únicas, ya que se conservan solo en el banco de genes del VIR (Haverkort y Anisimov, 2007).

Caliskan et al. (2023) proporcionan datos sobre los mayores bancos de genes de patata: el Centro Internacional de la Papa (CIP) en Perú (4.727 accesiones de patata cultivada y 4.052 accesiones de patata silvestre), el Instituto Leibniz de Genética Vegetal e Investigación de Cultivos (IPK) en Alemania (6.200 accesiones), el Banco de Genes de la Papa de EE. UU. (5.700 accesiones) y el Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR) (alrededor de 10.000 accesiones). Las colecciones in vitro desempeñan un papel especial para la patata, ya que se propaga vegetativamente y sus tubérculos no pueden almacenarse durante largos períodos. La crioconservación es el método más prometedor de almacenamiento a largo plazo, ya que permite conservar material a -196 °C indefinidamente (Caliskan et al., 2023).

Los esquemas agroecológicos son un enfoque que integra la conservación de la biodiversidad en la práctica agrícola. Hasanuzzaman (2019) describe el uso de cultivos de cobertura, cultivos intercalados, rotación de cultivos, acolchado y biocontrol para apoyar a organismos beneficiosos. Por ejemplo, los cultivos de cobertura aumentan el número de escarabajos del suelo y arañas que se alimentan de plagas. Los cultivos intercalados de leguminosas con cereales reducen la incidencia de enfermedades y aumentan el rendimiento (Hasanuzzaman, 2019). Tales esquemas no solo conservan la biodiversidad, sino que también aumentan la resiliencia de las agrocenosis.

Las variedades de agricultores y las variedades locales son un reservorio importante de diversidad genética. Caliskan et al. (2023) señalan que las variedades locales de patata en los Andes suman más de 3.000 formas, muchas de las cuales están adaptadas a condiciones específicas y poseen caracteres valiosos. Su conservación no es solo la conservación de genes, sino también la conservación de conocimientos tradicionales y patrimonio cultural. Biancardi et al. (2012) subrayan que las variedades antiguas de remolacha creadas hace 60 o más años son únicas y se conservan solo en bancos de genes. Su pérdida significa la pérdida de diversidad genética que puede ser necesaria para el fitomejoramiento futuro.

6.5. Ciencia ciudadana y monitoreo

La conservación de la biodiversidad es imposible sin monitoreo. Es necesario saber qué especies viven dónde, cómo cambia su número y qué amenazas enfrentan. La ciencia ciudadana es un enfoque que involucra a voluntarios en la recolección de datos sobre biodiversidad. Por ejemplo, plataformas como iNaturalist, eBird y PlantNet permiten a cualquier persona fotografiar una planta o un animal y recibir ayuda en la identificación. Estos datos son utilizados por los científicos para monitorear la distribución de especies, incluidas las invasoras y las raras.

Judd et al. (2018) señalan que los herbarios y otras colecciones científicas son un recurso importantísimo para el monitoreo de la biodiversidad. Contienen especímenes recolectados durante siglos que permiten rastrear cambios en la distribución y la morfología de las especies. La digitalización de las colecciones y la creación de bases de datos en línea hacen que estos recursos sean accesibles a un público amplio.

EPPO (2025) mantiene la EPPO Global Database, una base de datos en línea que contiene información sobre organismos de cuarentena, su distribución y métodos de detección e identificación. La base de datos incluye más de 90.000 registros sobre plagas y sus hospedantes. Está disponible para especialistas en cuarentena vegetal de todo el mundo (EPPO, 2025).

La ciencia ciudadana y el monitoreo no son solo recolección de datos, sino también educación. La participación en tales proyectos aumenta la conciencia de las personas sobre la biodiversidad y su importancia. Esto es especialmente importante para los agrónomos, que trabajan a diario con organismos vivos y pueden contribuir significativamente al monitoreo.

6.6. Ejemplos: de Beta maritima a los protistas del suelo

Consideremos varios ejemplos concretos para ilustrar cómo funciona la sistemática en la conservación de la biodiversidad.

Beta maritima. Biancardi et al. (2012) describen que B. maritima está distribuida a lo largo de las costas del Mediterráneo y del Mar del Norte. Muchas poblaciones de esta especie están amenazadas de extinción debido a la destrucción del hábitat, la urbanización y el cambio climático. Sin embargo, B. maritima es una valiosa fuente de genes de resistencia a la cercosporiosis, la rizomanía y los nematodos. La conservación de esta especie no es solo conservación de la biodiversidad, sino también conservación de un recurso para el fitomejoramiento futuro. Biancardi et al. (2012) subrayan la necesidad tanto de la conservación in situ como ex situ de B. maritima, incluida la recolección de semillas, la creación de bancos de genes y la protección de poblaciones naturales.

Parientes silvestres de la patata. Caliskan et al. (2023) señalan que los parientes silvestres de la patata están distribuidos desde el suroeste de Estados Unidos hasta el centro de Argentina. Poseen una enorme diversidad genética y son una fuente de resistencia al tizón tardío, virus, nematodos e insectos. Sin embargo, muchas poblaciones están amenazadas por cambios en el uso de la tierra y el cambio climático. La conservación de estos recursos requiere tanto la protección in situ de los hábitats naturales como la conservación ex situ en bancos de genes. Caliskan et al. (2023) describen los mayores bancos de genes de patata, incluidos CIP, IPK, VIR y otros, que conservan miles de accesiones de especies silvestres. La crioconservación permite conservar material indefinidamente, lo cual es especialmente importante para cultivos de propagación vegetativa (Caliskan et al., 2023).

Protistas del suelo. Fujino et al. (2025) abren una nueva página en la conservación de la biodiversidad. Los protistas del suelo son un grupo enorme y poco estudiado de organismos que desempeña un papel clave en el funcionamiento de los ecosistemas edáficos. Los protistas depredadores regulan el número de bacterias y hongos, incluidos los patógenos, y favorecen el ciclo de nutrientes. Su diversidad es un «seguro» para la agrocenosis. Sin embargo, el conocimiento sobre la diversidad de los protistas aún es muy limitado. Fujino et al. (2025) subrayan que es necesario seguir estudiando los protistas y sus interacciones con los patógenos para utilizarlos en la gestión sostenible de patógenos de plantas. La conservación de esta diversidad invisible es la conservación de la base funcional de los suelos sanos (Fujino et al., 2025).

7. Visión final: la sistemática, el mapa con el que el agrónomo se orienta en el mundo vivo

A lo largo de todo el curso hemos examinado la sistemática desde diferentes lados: como lenguaje, como mapa, como herramienta de diagnóstico, fitomejoramiento, cuarentena, biocontrol y conservación de la biodiversidad. Ahora ha llegado el momento de reunir todo esto en un todo único y formular la visión final de la sistemática como ese «mapa» con el que el agrónomo se orienta en el mundo vivo.

Este capítulo no es simplemente una repetición de lo tratado. Es una síntesis. Es un intento de mostrar que todos los módulos de nuestro curso, desde los conceptos fundamentales hasta las herramientas prácticas, están interconectados y forman un sistema unificado de conocimiento necesario para todo especialista en el campo de la agronomía.

7.1. La sistemática como disciplina integradora

La sistemática no es una de muchas disciplinas biológicas. Es la disciplina que las une a todas. Pandey (2021) subraya que la sistemática es la base de toda la biología, ya que los organismos no pueden discutirse científicamente hasta que se alcanza una clasificación que permita reconocerlos y nombrarlos. La sistemática recopila y resume todo lo que se conoce sobre las características de los organismos: geográficas, morfológicas, fisiológicas, genéticas, ecológicas y moleculares (Pandey, 2021).

En agronomía esto es especialmente importante, ya que el agrónomo trabaja con organismos vivos de diferentes grupos taxonómicos. Las plantas cultivadas pertenecen a las plantas con flores (Angiospermae), pero sus patógenos pueden ser hongos (Fungi), oomicetos (Oomycota), bacterias (Bacteria), virus, viroides y fitoplasmas. Las plagas son insectos (Insecta), ácaros (Acari), nematodos (Nematoda), roedores (Rodentia) y aves (Aves). Las malas hierbas son representantes de decenas de familias de plantas con flores. Los organismos beneficiosos son entomófagos (insectos y ácaros), antagonistas (hongos y bacterias) y polinizadores (insectos, aves, mamíferos).

Sin la sistemática, el agrónomo no puede orientarse en esta diversidad. No sabe qué organismos son beneficiosos, cuáles dañinos y cuáles neutros. No sabe cómo interactúan, cómo identificarlos ni cómo gestionar sus poblaciones. La sistemática es el «mapa» que permite orientarse en el mundo vivo.

Judd et al. (2018) señalan que la sistemática ocupa una posición central en la biología evolutiva y desempeña un papel cada vez más importante en muchas otras disciplinas, incluidas la ecología, la biología molecular, la biología del desarrollo e incluso la antropología. En agronomía, la sistemática une la botánica, la zoología, la micología, la microbiología, la virología, la nematología, la entomología y otras disciplinas en un sistema unificado de conocimiento sobre los organismos vivos con los que trabaja el agrónomo.

7.2. La filogenia como perspectiva evolutiva

La filogenia es la historia evolutiva de un grupo de organismos, que se reconstruye a partir del análisis de caracteres. Judd et al. (2018) subrayan que un enfoque filogenético de la sistemática permite no solo enumerar especies, sino también comprender sus relaciones evolutivas. El árbol filogenético es un diagrama que refleja las relaciones de parentesco entre antepasados y descendientes (Judd et al., 2018).

En agronomía, la filogenia tiene una importancia práctica directa. Biancardi et al. (2012) muestran cómo las relaciones filogenéticas entre Beta maritima y la remolacha cultivada permitieron transferir de manera dirigida genes de resistencia a la cercosporiosis, la rizomanía y los nematodos. Caliskan et al. (2023) describen cómo la filogenia del género Solanum (sección Petota) sirve como base para la búsqueda de fuentes de resistencia al tizón tardío, virus, nematodos e insectos entre las especies silvestres de patata.

La filogenia también permite predecir las propiedades de los organismos. Si dos especies son parientes cercanos, probablemente poseen características bioquímicas y ecológicas similares. Judd et al. (2018) dan el ejemplo de la búsqueda de compuestos medicinales en plantas: al descubrir precursores de la cortisona en algunas especies del género Dioscorea, los investigadores comenzaron a buscarlos en especies cercanamente emparentadas y encontraron concentraciones más altas. El mismo principio funciona en agronomía: conociendo la filogenia, se puede predecir dónde buscar donantes de caracteres de valor económico.

Finalmente, la filogenia proporciona una perspectiva evolutiva. Permite comprender cómo surgieron determinados caracteres, cómo evolucionaron y cómo pueden cambiar en el futuro. Por ejemplo, comprender la evolución de la resistencia a los fungicidas permite predecir la aparición de cepas resistentes y desarrollar estrategias de gestión de la resistencia (Agrios, 2005).

7.3. La nomenclatura como base de una comunicación estable

La nomenclatura es la denominación formal de los taxones de acuerdo con reglas establecidas. Pandey (2021) subraya que la nomenclatura no es simplemente la asignación de nombres, sino un sistema estricto de reglas que garantiza que cada nombre esté vinculado a un taxón determinado y no pueda utilizarse de manera arbitraria. Para las plantas, algas y hongos rige el Código Internacional de Nomenclatura para algas, hongos y plantas (ICNafp). Para las bacterias, el Código Internacional de Nomenclatura de Procariontes. Para los virus, el Comité Internacional de Taxonomía de Virus (ICTV).

En agronomía, la nomenclatura garantiza una comunicación universal. Blancard (2012) describe cómo los nombres científicos de los patógenos permiten a especialistas de diferentes países entenderse entre sí. Alternaria tomatophila es el mismo nombre en Rusia, España, China y Estados Unidos. Sin la nomenclatura, hablaríamos idiomas diferentes y la cooperación internacional en protección vegetal sería imposible.

La nomenclatura también garantiza la continuidad del conocimiento. Si una revisión taxonómica ha dividido una especie en varias, los nombres antiguos se conservan como sinónimos para que la información en publicaciones antiguas pueda encontrarse. Esto es especialmente importante en agronomía, donde los datos sobre patógenos y plagas se acumulan durante décadas. Blancard (2012) da el ejemplo de Fusarium oxysporum f. sp. lycopersici, que existe como tres razas, y el conocimiento de la nomenclatura permite interpretar correctamente los datos sobre la resistencia de las variedades.

La nomenclatura se desarrolla constantemente. EPPO (2025) señala que cuando cambia el nombre preferido de una plaga después de su inclusión en las listas A1 y A2, se actualiza en la siguiente revisión de las listas. Si una revisión taxonómica conduce a la división de una especie en varias o a su fusión con otras, la categorización de todas las especies afectadas es revisada por el Panel de Medidas Fitosanitarias y el Grupo de Trabajo sobre Reglamentos Fitosanitarios (EPPO, 2025). Esto significa que el agrónomo debe seguir los cambios taxonómicos y utilizar nombres actuales.

7.4. La identificación como habilidad práctica

La identificación es el proceso de establecer la pertenencia de una muestra desconocida a un taxón conocido. Pandey (2021) subraya que la identificación es la función primaria de la taxonomía y, aplicando la nomenclatura, desempeña un papel esencial como medio de comunicación. Para identificar plantas se utilizan claves taxonómicas, que generalmente son dicotómicas, es decir, consisten en una serie de dos afirmaciones contrastantes (Pandey, 2021).

En agronomía, la identificación es una habilidad práctica que se utiliza a diario. Agrios (2005) subraya que la mayoría de las enfermedades graves de los cultivos agrícolas aparecen en unas pocas plantas, se propagan rápidamente y son difíciles de tratar una vez iniciado su desarrollo. Por ello, la identificación precisa del patógeno o de la plaga es el primer paso obligatorio hacia una protección exitosa (Agrios, 2005).

Blancard (2012) describe que muchos síntomas causados por patógenos diferentes pueden ser muy similares. Por ejemplo, las manchas causadas por Alternaria tomatophila, Stemphylium spp. y algunas bacterias pueden parecer casi idénticas para un ojo inexperto. Sin embargo, el diagnóstico preciso requiere no solo una inspección visual, sino también la comprensión de la biología del agente causal, su pertenencia taxonómica y su ciclo de vida. Solo sobre esta base puede elegirse la estrategia de protección correcta (Blancard, 2012).

La identificación también es importante para la cuarentena vegetal. EPPO (2025) publica las listas A1 y A2 de plagas cuarentenarias, y para los inspectores del servicio de cuarentena es críticamente importante saber identificar estos objetos y distinguirlos de especies cercanas pero no cuarentenarias. La sistemática proporciona herramientas para tal identificación: claves morfológicas, pruebas moleculares y colecciones de referencia (EPPO, 2025).

En el biocontrol, la identificación también es crucial. Fujino et al. (2025) subrayan que la identificación precisa del agente de biocontrol es críticamente importante, ya que diferentes especies pueden tener diferente especificidad. Por ejemplo, Colpoda sp. es capaz de alimentarse directamente de Ralstonia solanacearum, reduciendo la incidencia de la enfermedad en tomate. Sin embargo, otras especies de protistas pueden no ser eficaces contra este patógeno o, por el contrario, atacar bacterias beneficiosas. Sin conocimientos sistemáticos, es imposible predecir qué especie será eficaz y segura (Fujino et al., 2025).

7.5. Colecciones y bases de datos como infraestructura

Las colecciones y bases de datos son la infraestructura de la sistemática y la agronomía. Sin especímenes de referencia, es imposible identificar con precisión un patógeno. Sin bases de datos, es imposible obtener rápidamente información sobre la distribución, la biología y los métodos de control de un objeto de cuarentena.

Haverkort y Anisimov (2007) describen la colección del Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR), que es una de las más grandes del mundo. Contiene alrededor de 9.000 accesiones de patata, incluidas 3.000 accesiones de especies silvestres, 3.500 accesiones de especies cultivadas, 2.100 variedades y 400 híbridos interespecíficos y dihaploides. Alrededor de 300 variedades antiguas creadas hace 60 o más años son únicas, ya que se conservan solo en el banco de genes del VIR (Haverkort y Anisimov, 2007).

Caliskan et al. (2023) proporcionan datos sobre los mayores bancos de genes de patata: el Centro Internacional de la Papa (CIP) en Perú, el Instituto Leibniz de Genética Vegetal e Investigación de Cultivos (IPK) en Alemania, el Banco de Genes de la Papa de EE. UU., el Instituto Panruso de Recursos Genéticos Vegetales (VIR) y otros. Las colecciones in vitro desempeñan un papel especial para la patata, ya que se propaga vegetativamente y sus tubérculos no pueden almacenarse durante largos períodos. La crioconservación es el método más prometedor de almacenamiento a largo plazo, ya que permite conservar material a -196 °C indefinidamente (Caliskan et al., 2023).

Las bases de datos también son un recurso importantísimo. EPPO (2025) mantiene la EPPO Global Database, una base de datos en línea que contiene información sobre organismos de cuarentena, su distribución y métodos de detección e identificación. La base de datos incluye más de 90.000 registros sobre plagas y sus hospedantes. Está disponible para especialistas en cuarentena vegetal de todo el mundo (EPPO, 2025).

Los herbarios y otras colecciones científicas son un recurso fundamental para el monitoreo de la biodiversidad. Judd et al. (2018) señalan que los herbarios contienen ejemplares recolectados a lo largo de siglos, que permiten rastrear cambios en la distribución y la morfología de las especies. La digitalización de las colecciones y la creación de bases de datos en línea hacen que estos recursos sean accesibles para un público amplio (Judd et al., 2018).

7.6. Métodos moleculares como herramienta moderna

Los métodos moleculares han revolucionado la sistemática y el diagnóstico. Agrios (2005) indica que la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) y la secuenciación de ADN permiten detectar el patógeno en los tejidos vegetales en las etapas tempranas de la infección, cuando su presencia es mínima. Esto es especialmente importante para los objetos de cuarentena y para el material de semilla (Agrios, 2005).

Blancard (2012) describe el uso de métodos moleculares para detectar Clavibacter michiganensis subsp. michiganensis (agente causal del cancro bacteriano del tomate) en semillas. Para ello se utilizan cebadores de ADN específicos para los espaciadores transcritos internos del ADN ribosomal. Esto permite detectar las semillas infectadas antes de la siembra y prevenir la propagación de la enfermedad (Blancard, 2012).

Caliskan et al. (2023) describen distintos tipos de marcadores utilizados para caracterizar el germoplasma de la papa: RAPD, AFLP, SSR, ISSR, IRAP y SNP. Los SSR (microsatélites) poseen alto polimorfismo, codominancia y reproducibilidad. Los SNP (polimorfismos de nucleótido único) son el tipo más común de variaciones genéticas, y la plataforma SolCAP Infinium permite realizar genotipificación de alto rendimiento (Caliskan et al., 2023).

El mapeo de QTL permite identificar loci que controlan caracteres cuantitativos, como la resistencia a enfermedades, el rendimiento y la calidad de los tubérculos. Caliskan et al. (2023) describen el mapeo de QTL de resistencia al tizón tardío, al virus Y de la papa (PVY), a los nematodos y a otros patógenos. El GWAS (estudio de asociación del genoma completo) utiliza recombinaciones históricas en poblaciones naturales existentes para identificar genes asociados con caracteres fenotípicos (Caliskan et al., 2023).

Haverkort and Anisimov (2007) señalan que en los últimos años en la selección de papa se utilizan métodos moleculares-genéticos, incluido el análisis por PCR, para el genotipado de variedades, el estudio de la variabilidad de líneas meristemáticas, la identificación de mutaciones, la detección de virus y viroides, así como para el estudio de material de selección con ayuda de marcadores de ADN de genes de resistencia a diversos patógenos (Haverkort and Anisimov, 2007).

Fujino et al. (2025) abren nuevos horizontes al mostrar que los métodos moleculares permiten estudiar incluso grupos tan poco estudiados como los protistas del suelo. La secuenciación de ADN y el metabarcoding permiten detectar nuevas especies de protistas y evaluar su papel en la supresión de patógenos (Fujino et al., 2025).

7.7. El pensamiento crítico como base del profesionalismo

La sistemática no es un dogma, sino un área del conocimiento en desarrollo. Las revisiones taxonómicas ocurren constantemente: las especies se renombran, los géneros se reorganizan, los árboles filogenéticos se precisan. El agrónomo moderno debe estar preparado para que los nombres que aprendió en la universidad puedan cambiar. Pero esto no es motivo para ignorar la sistemática; al contrario, es motivo para seguir las actualizaciones y utilizar herramientas modernas.

Pandey (2021) subraya que la sistemática es la base de toda la biología, ya que los organismos no pueden discutirse científicamente hasta que se alcanza una clasificación que permita reconocerlos y nombrarlos. En la agronomía esto es especialmente importante, porque los errores de identificación pueden provocar pérdidas económicas significativas y consecuencias ecológicas (Pandey, 2021).

Agrios (2005) señala que la mayoría de los métodos de control están dirigidos a proteger las plantas de la enfermedad, y no a curarlas. Por eso el diagnóstico en las etapas tempranas es la clave del éxito. Y la sistemática es la herramienta que hace posible ese diagnóstico (Agrios, 2005).

Hasanuzzaman (2019) subraya que la protección integrada de plantas (IPM) es una estrategia que combina métodos culturales, mecánicos, genéticos y biológicos, considerando el control químico como último recurso. La sistemática está en la base de la IPM, ya que permite identificar plagas y patógenos, comprender su biología y ecología, y elegir los métodos de control más eficaces y seguros (Hasanuzzaman, 2019).

Judd et al. (2018) señalan que nuestro conocimiento de la sistemática vegetal crece rápidamente. Nuevas hipótesis filogenéticas aparecen a gran velocidad, y puede esperarse cambios significativos incluso en los próximos años. En estas condiciones es imposible que un manual permanezca actualizado y, sin duda, será necesario complementar el material con información adicional, posiblemente obtenida a través de bases de datos informáticas (Judd et al., 2018).

El pensamiento crítico es la base del profesionalismo. El agrónomo debe saber evaluar la fiabilidad de las fuentes, verificar la identificación, tener en cuenta el contexto y tomar decisiones basadas en pruebas. La sistemática proporciona herramientas para ese pensamiento, pero la decisión final queda en manos del especialista.

7.8. Conexión de todos los módulos del curso

Nuestro curso constó de varios módulos: conceptos fundamentales de sistemática, nomenclatura, métodos de identificación, análisis filogenético, recursos genéticos, cuarentena, biocontrol, conservación de la biodiversidad. Cada uno de estos módulos es una herramienta separada. Pero solo juntos forman una imagen integral.

  • Los conceptos fundamentales (taxón, clado, filogenia) proporcionan la base teórica.
  • La nomenclatura garantiza la estabilidad y universalidad de la comunicación.
  • La identificación es una habilidad práctica que permite «reconocer» objetos en el campo.
  • La filogenia ofrece una perspectiva evolutiva y capacidad predictiva.
  • Los recursos genéticos (CWR, acervos genéticos) son la base material para la selección.
  • La cuarentena es una función reguladora basada en datos sistemáticos.
  • El biocontrol es la aplicación de conocimientos sistemáticos para gestionar agrocenosis.
  • La conservación de la biodiversidad es una tarea ética y ecológica que también se apoya en la sistemática.

Todos estos módulos están interconectados. Por ejemplo, para elegir un agente de biocontrol hay que conocer sus relaciones filogenéticas con otras especies (para evitar efectos no objetivo), su nomenclatura (para identificarlo correctamente) y sus preferencias ecológicas (para crear condiciones para su supervivencia). Para incluir un objeto de cuarentena en una lista hay que conocer su taxonomía, distribución y nocividad. Para encontrar un donante de resistencia hay que conocer la filogenia de la especie cultivada y de sus parientes silvestres.

La sistemática no es una suma de disciplinas separadas, sino su integración. Es el «mapa» por el que el agrónomo se orienta en el mundo de lo vivo. Es el «lenguaje» con el que se comunica con colegas de todo el mundo. Es la «herramienta» que permite tomar decisiones fundamentadas.

Максидом

8. Conclusión

Hemos llegado al final de nuestro artículo final y de todo el curso «Sistemática y taxonomía de los organismos de la agrosfera». A lo largo de ocho capítulos hemos recorrido el camino desde los conceptos fundamentales de la sistemática hasta sus aplicaciones prácticas en la agronomía. Hemos visto que la sistemática no es una ciencia abstracta sobre nombres y colecciones, sino una herramienta de trabajo que se utiliza a diario en el diagnóstico, la selección, la cuarentena, el biocontrol y la conservación de la biodiversidad. Ahora ha llegado el momento de resumir y mirar hacia el futuro.

8.1. La sistemática no es un dogma, sino un área del conocimiento en desarrollo

Una de las ideas clave que me gustaría dejarles tras este curso es que la sistemática no es un dogma petrificado, sino un área del conocimiento en dinámico desarrollo. Las revisiones taxonómicas ocurren constantemente: las especies se renombran, los géneros se reorganizan, los árboles filogenéticos se precisan. Lo que ayer se consideraba una verdad incuestionable, hoy puede ser revisado sobre la base de nuevos datos moleculares.

Judd et al. (2018) subrayan que nuestro conocimiento de la sistemática vegetal crece rápidamente. Nuevas hipótesis filogenéticas aparecen a gran velocidad, y puede esperarse cambios significativos incluso en los próximos años. En estas condiciones es imposible que un manual permanezca actualizado y, sin duda, será necesario complementar el material con información adicional, posiblemente obtenida a través de bases de datos informáticas (Judd et al., 2018).

Esto significa que el agrónomo moderno debe estar preparado para que los nombres que aprendió en la universidad puedan cambiar. Por ejemplo, en 2025 se incluyó en la lista A2 de la EPPO el Tomato brown rugose fruit virus (ToBRFV), un virus nuevo del que hace diez años nadie había oído hablar (EPPO, 2025). Otro ejemplo: el género Clavibacter fue reorganizado, y algunas especies antes consideradas subespecies recibieron el estatus de especies independientes (Blancard, 2012). El agrónomo que no sigue las actualizaciones taxonómicas corre el riesgo de utilizar nombres obsoletos y, como consecuencia, de tomar decisiones incorrectas.

8.2. El agrónomo que domina la sistemática toma decisiones más precisas y fundamentadas

La segunda idea clave es que la sistemática no es simplemente un conjunto de nombres, sino una herramienta para la toma de decisiones. Agrios (2005) subraya que la mayoría de los métodos de control están dirigidos a proteger las plantas de la enfermedad, y no a curarlas. Por eso el diagnóstico en las etapas tempranas es la clave del éxito. Y la sistemática es la herramienta que hace posible ese diagnóstico.

Hemos visto con ejemplos concretos cómo la sistemática ayuda a:

  • elegir el fungicida correcto, distinguiendo hongos de oomicetos (Agrios, 2005);
  • seleccionar una variedad resistente, conociendo la raza del patógeno (Blancard, 2012);
  • identificar un objeto de cuarentena y prevenir su introducción (EPPO, 2025);
  • elegir un agente de biocontrol eficaz y seguro (Fujino et al., 2025; Hasanuzzaman, 2019);
  • encontrar un donante de resistencia entre los parientes silvestres de las plantas cultivadas (Biancardi et al., 2012; Caliskan et al., 2023).

El agrónomo que domina la sistemática toma decisiones más precisas y fundamentadas. Sabe qué patógeno tiene delante, cómo combatirlo, dónde buscar variedades resistentes, qué medidas de cuarentena aplicar, qué agentes biológicos utilizar. Comprende que el agrocenosis es parte de la biosfera, y que su gestión requiere un enfoque sistémico.

Pandey (2021) subraya que la sistemática es la base de toda la biología, ya que los organismos no pueden discutirse científicamente hasta que se alcanza una clasificación que permita reconocerlos y nombrarlos. En la agronomía esto es especialmente importante, porque los errores de identificación pueden provocar pérdidas económicas significativas y consecuencias ecológicas (Pandey, 2021).

8.3. El futuro de la agricultura sostenible es imposible sin la integración de los conocimientos sistemáticos

La tercera idea clave es que la agricultura sostenible es imposible sin la integración de los conocimientos sistemáticos. Vivimos en una época de desafíos globales: cambio climático, crecimiento demográfico, reducción de las tierras cultivables, pérdida de biodiversidad. La agricultura debe adaptarse a estos desafíos, volviéndose más sostenible, productiva y ecológicamente segura.

Hasanuzzaman (2019) subraya que la protección integrada de plantas (IPM) es una estrategia que combina métodos culturales, mecánicos, genéticos y biológicos, considerando el control químico como último recurso. La sistemática está en la base de la IPM, ya que permite identificar plagas y patógenos, comprender su biología y ecología, y elegir los métodos de control más eficaces y seguros (Hasanuzzaman, 2019).

Fujino et al. (2025) abren nuevos horizontes al mostrar que incluso grupos tan poco estudiados como los protistas del suelo pueden ser la clave para la gestión sostenible de los agrocenosis. Los protistas depredadores regulan la densidad de bacterias y hongos, incluidos los patógenos, y contribuyen al ciclo de nutrientes. Su diversidad es un «seguro» para el agrocenosis. Sin embargo, para aprovechar este potencial se necesitan investigaciones sistemáticas adicionales (Fujino et al., 2025).

Caliskan et al. (2023) y Biancardi et al. (2012) muestran que los recursos genéticos de los parientes silvestres de las plantas cultivadas son una fuente inagotable de resistencia a enfermedades, plagas y estreses abióticos. Pero para utilizar eficazmente estos recursos se necesitan conocimientos de sistemática, filogenia y genética. Sin estos conocimientos no podremos encontrar los genes necesarios ni transferirlos a las variedades cultivadas.

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