Marco fisiológico del rendimiento de los cultivos

Actualizado: 09 Julio 2026 Русский English

En los módulos anteriores analizamos en detalle cómo funciona cada proceso fisiológico individualmente —desde la absorción de agua y elementos minerales hasta la fotosíntesis y la respiración. Pero, como saben, el todo es más que la suma de las partes. Hoy comenzamos nuestra discusión sobre la integración: cómo todos estos procesos se unen en un sistema único, autorregulado y adaptativo cuyo objetivo final es la formación del rendimiento.

No profundizaremos en los detalles de cada proceso. Nuestro objetivo es crear una visión general y sistémica. Responderemos a la pregunta clave: ¿Por qué el rendimiento no es una coincidencia casual, sino el resultado predecible del trabajo coordinado de todos los sistemas fisiológicos de la planta?

Estructuraremos nuestra discusión en torno a cinco «marcos fisiológicos» principales:

1. La ruta de la energía: desde un rayo de sol hasta el grano.

2. Períodos críticos: las etapas clave que determinan el destino de la futura cosecha.

3. Economía de recursos: por qué las hojas viejas siguen trabajando para el rendimiento.

4. Adaptabilidad y compensación: cómo la planta sobrevive a los estreses.

5. El nivel de cultivo: por qué la fisiología de una planta individual difiere de la de todo un campo.

Comencemos por el principio.

1. ¿De dónde surge realmente el rendimiento?

Cuando miramos un campo de trigo o maíz maduro, vemos el resultado de una larga cadena de transformaciones. Es un error pensar que el rendimiento proviene de la semilla, o que su masa es simplemente «alimento» del suelo procesado. No es así. La fuente primaria de toda la materia orgánica en la Tierra es la energía del Sol.

El rendimiento es, en esencia, energía solar «enlatada», convertida en energía química de los enlaces de las moléculas orgánicas. Y la ruta de esta energía es nuestro primer concepto clave: RFA → fotosíntesis → biomasa → rendimiento.

Analicemos esta ruta paso a paso.

1.1. De la energía lumínica a la materia orgánica

En la base de todo se encuentra la fotosíntesis. La fotosíntesis es el único mecanismo en nuestro planeta capaz de convertir la energía de la radiación electromagnética (luz) en energía química.

RFA (Radiación Fotosintéticamente Activa) — es la parte del espectro solar (con longitudes de onda aproximadamente entre 400 y 700 nm) que los pigmentos de las plantas pueden capturar. Según diversas estimaciones, de toda la energía solar que alcanza la superficie terrestre, solo alrededor del 0,1 % se convierte finalmente en biomasa (Schopfer & Brennicke, 2016; Taiz et al., 2023). Esto muestra lo «ineficiente» que es esta etapa primaria desde el punto de vista energético, y cuán grande es el potencial de crecimiento cuando las condiciones se vuelven más favorables.

Fotosíntesis — es el proceso mediante el cual la energía de la RFA es capturada por la clorofila y desencadena una cadena de reacciones redox. Como resultado, a partir de moléculas inorgánicas simples (dióxido de carbono y agua) se sintetizan compuestos orgánicos complejos —carbohidratos— que se convierten en la base del crecimiento y desarrollo de toda la planta.

Eficiencia fotosintética. Es importante entender que la fotosíntesis no es simplemente «luz que entra, azúcar que sale». Su eficiencia varía mucho y depende de múltiples factores. Si consideramos una hoja individual, su actividad fotosintética tiene límites.

Curva de respuesta a la luz. Al aumentar la intensidad lumínica, la tasa de fotosíntesis primero aumenta linealmente (fase limitada por la luz) y luego alcanza una meseta (fase limitada por el CO₂ o por la actividad enzimática). La saturación lumínica para las hojas individuales de muchos cultivos ocurre a intensidades muy inferiores a la luz solar plena (Taiz et al., 2023).

«La curva de respuesta a la luz de la fotosíntesis en la mayoría de las hojas se satura entre 500 y 1000 μmol m⁻² s⁻¹, muy por debajo de la luz solar plena (alrededor de 2000 μmol m⁻² s⁻¹)» (Taiz et al., 2023).

Diferencia entre plantas C₃ y C₄. La diferencia clave desde el punto de vista de la fisiología del rendimiento es el tipo de fotosíntesis. En las plantas C₃ (trigo, arroz, soja, papa), la enzima clave Rubisco presenta no solo actividad carboxilasa sino también oxigenasa, lo que da lugar a la fotorrespiración —un proceso que «roba» hasta el 25‑30 % del carbono fijado, especialmente en condiciones cálidas. En las plantas C₄ (maíz, caña de azúcar, sorgo) existe un mecanismo concentrador especial que suprime casi por completo la fotorrespiración.

«El rendimiento cuántico en plantas C₃ disminuye con la temperatura, lo que refleja la estimulación de la fotorrespiración, mientras que en plantas C₄ permanece constante» (Taiz et al., 2023).

En consecuencia, las plantas C₄ tienen una mayor eficiencia en el uso del agua y del nitrógeno, especialmente en climas cálidos y soleados, lo que las hace más productivas.

1.2. De la fotosíntesis de la hoja a la biomasa del cultivo: introduciendo el concepto de RUE

Hasta ahora hemos hablado de hojas individuales. Pero para el agrónomo, lo que importa no es la fotosíntesis de una sola hoja, sino la productividad total de todo el cultivo. Aquí pasamos al siguiente concepto clave: la eficiencia en el uso de la radiación (Radiation Use Efficiency, RUE).

RUE — es la cantidad de biomasa seca (en gramos o kilogramos) que acumula el cultivo por cada megajulio (MJ) de RFA interceptada. Este coeficiente ha permitido a los fisiólogos pasar del estudio de hojas individuales a campos enteros. Y aquí nos esperaba una paradoja importante.

La paradoja de la fotosíntesis. Aunque la fotosíntesis de hojas individuales se describe bien mediante una curva hiperbólica, para un dosel completo se observa una linealidad sorprendente. Numerosas mediciones en comunidades vegetales enteras han mostrado que la acumulación de biomasa depende linealmente de la cantidad de radiación interceptada. La RUE permanece notablemente estable para una especie dada en condiciones sin estrés (Sinclair, 1994; Taiz et al., 2023).

«A diferencia de las curvas no lineales de fotosíntesis de hojas individuales, la estabilidad de la RUE y las respuestas casi lineales de asimilación de CO₂ en doseles enteros se explican por el patrón de distribución de la luz dentro del dosel foliar» (Sinclair, 1994).

Esto se debe a que, en un dosel, las hojas superiores reciben un exceso de luz y trabajan en la meseta, mientras que las inferiores trabajan en la zona lineal porque reciben luz difusa. En conjunto, esto produce una respuesta lineal.

La RUE como factor limitante. Conocer la RUE y sus límites es muy importante. Por ejemplo, investigaciones han demostrado que para los cultivos C₃ la RUE está cerca de su máximo teórico, y aumentos adicionales en la fotosíntesis de hojas individuales producen solo un incremento muy pequeño de la RUE (Sinclair, 1994).

«Debido a que la RUE se estabiliza en respuesta a aumentos en la tasa de asimilación de CO₂ de hojas individuales, solo se puede esperar un pequeño aumento de la RUE y, por tanto, del rendimiento, a partir de aumentar, incluso sustancialmente, la actividad fotosintética de las hojas» (Sinclair, 1994).

Esto explica por qué décadas de mejora genética para aumentar la fotosíntesis de la hoja individual no produjeron un gran avance en el rendimiento. Es crucial que la energía solar no solo sea absorbida, sino distribuida eficientemente en el dosel.

1.3. De la biomasa al grano: eficiencia de cosecha y búsqueda de reservas «libres»

Pero el rendimiento no es toda la biomasa. Es solo la parte que cosechamos. Para ello existe el concepto de eficiencia de cosecha (o índice de cosecha, IC) . Es el coeficiente que indica qué proporción de la biomasa seca total se asigna a la parte económicamente valiosa (grano, frutos, tubérculos).

Durante mucho tiempo, los aumentos de rendimiento en el siglo XX se lograron principalmente mediante el aumento del IC. El ejemplo clásico es la «Revolución Verde», con la creación de variedades de trigo y arroz de tallo corto. Estas gastaban menos asimilados en los tallos y redistribuían una mayor proporción de biomasa al grano. En las variedades modernas de cereales, el IC se acerca a 0.5‑0.6, y nuevos aumentos están limitados por restricciones fisiológicas (Boote & Tollenaar, 1994; Foulkes & Reynolds, 2015).

Para el agrónomo, esto significa que el crecimiento futuro del rendimiento dependerá cada vez más del aumento de la biomasa total, y no solo de la redistribución. Y para aumentar la biomasa, debemos maximizar tanto la cantidad de RFA interceptada como su eficiencia de uso. La cantidad de RFA interceptada depende de la duración del ciclo vegetativo, del área foliar y de la arquitectura del dosel. Es decir, volvemos al primer paso de nuestra ruta.

Vínculo con los fertilizantes. Esta ruta energética está muy relacionada con la nutrición mineral. Los fertilizantes, especialmente el nitrógeno, son el «combustible» que permite a la planta construir un aparato fotosintético potente.

  • El nitrógeno es un componente clave de las moléculas de clorofila, enzimas (incluida la Rubisco) y ácidos nucleicos necesarios para el crecimiento. Sin suficiente nitrógeno, el aparato foliar se desarrolla pobremente y la fotosíntesis misma se vuelve ineficiente.
  • Por ejemplo, con el aumento del rendimiento en maíz, también mejoró la eficiencia en el uso del nitrógeno (NUE). La aplicación de fertilizantes nitrogenados permitió aumentar significativamente el índice de área foliar (IAF) y, en consecuencia, la interceptación de RFA (Grassini et al., 2015; Marschner et al., 2012).
«La relación entre la productividad del cultivo y el consumo de recursos sigue funciones lineales (radiación solar y evapotranspiración) o curvilíneas (nitrógeno)» (Grassini et al., 2015).

Resumen del capítulo 1

Así, la primera y más importante conclusión es: el rendimiento es una magnitud física basada en el almacenamiento de energía solar. No puede surgir de la nada.

1. La ruta hacia el rendimiento comienza con la absorción de energía de la RFA. La eficiencia de esta absorción depende del tamaño y la arquitectura del dosel foliar.

2. Esta energía se convierte luego en biomasa mediante la fotosíntesis. La eficiencia de esta conversión (RUE) tiene límites fisiológicos, pero puede mejorarse mediante mejores condiciones de cultivo (vía C₄, fertilización, riego).

3. Finalmente, la biomasa se redistribuye hacia el rendimiento (grano, frutos). La eficiencia de esta redistribución (IC) en las variedades modernas ya está cerca de su máximo biológico.

Comprender esta ruta es la base que nos ayudará en los siguientes capítulos a entender por qué las alteraciones en cualquiera de estas etapas (déficit de luz, estrés, deficiencia de nitrógeno) conducen a una pérdida irreversible del rendimiento potencial. También entenderemos por qué es tan importante que la planta sepa «gestionar» eficientemente sus recursos.

Con esto concluimos el primer capítulo. En la siguiente parte de nuestra conferencia hablaremos de los períodos críticos en el desarrollo de las plantas y de por qué la imagen fisiológica completa del rendimiento no puede reducirse únicamente a la fotosíntesis.

2. ¿Por qué existen los períodos críticos?

La respuesta reside en comprender cómo y cuándo se determina la productividad futura. El rendimiento no es solo masa final, sino la suma de tres componentes principales: el número de órganos productivos (granos, frutos, tubérculos), su tamaño potencial y su grado de llenado (peso realizado) . Estos componentes se establecen en diferentes momentos y con diferentes grados de rigidez.

2.1. Definición y significado de los períodos críticos

Un período crítico es una etapa de la ontogénesis durante la cual la planta es más sensible a la deficiencia o exceso de factores ambientales, y en la que tienen lugar los procesos que determinan los elementos principales de la productividad futura (número y tamaño potencial de los órganos de valor económico) (Tretyakov et al., 2000; Foulkes & Reynolds, 2015).

En términos simples: es el «momento de la verdad» en el que se decide cuántos granos tendrá la espiga, cuántas flores cuajarán y cuán grande será el fruto. Una vez superada esta etapa, los principales parámetros cuantitativos del rendimiento ya están fijados, y las mejoras posteriores solo pueden ajustar parcialmente la situación (por ejemplo, aumentar el peso del grano, pero no su número).

2.2. Base fisiológica de la criticidad

¿Por qué la planta es tan vulnerable en momentos concretos?

1. Crecimiento activo y alta demanda de recursos. Durante los períodos críticos, ciertos órganos de la planta crecen a tasas máximas. Esto requiere enormes cantidades de asimilados (productos de la fotosíntesis), agua y minerales. Si algún recurso es limitado en ese momento, surge una fuerte competencia entre órganos, y los más sensibles —aquellos de los que depende el rendimiento futuro (por ejemplo, flores u ovarios jóvenes)— pueden subdesarrollarse o morir (Sadras & Calderini, 2015).

2. Diferenciación y organogénesis. Durante los períodos críticos ocurren procesos morfogenéticos clave: la iniciación y diferenciación de órganos. Si en ese momento hay déficit de asimilados o fitohormonas, se producen cambios irreversibles —menos primordios en el cono de crecimiento (en cereales) o menos flores (en leguminosas). En esencia, el programa de desarrollo se altera y el número de órganos rudimentarios se reduce para siempre.

«Tanto las plantas cultivadas como las malezas son más sensibles en la edad más temprana, durante la emergencia, porque en ese momento se alteran los eslabones metabólicos que proporcionan hormonas para el crecimiento activo y la iniciación de órganos reproductivos, y se dañan los conos de crecimiento. Sin embargo, el período de formación de gametos (etapas VII‑VIII) es crítico. En ese momento, las plantas son muy sensibles al estrés y reducen drásticamente su productividad, especialmente la productividad de semillas» (Tretyakov et al., 2000, capítulo 8).

3. Irreversibilidad de los procesos. Muchos procesos de organogénesis son irreversibles. Por ejemplo, el número de espiguillas por espiga en el trigo se determina durante la fase de encañado. Si una sequía en ese período reduce este número, ninguna mejora posterior de las condiciones podrá aumentar el número de espiguillas. La planta solo puede, hasta cierto punto, aumentar el número de granos por espiguilla o su peso, pero el potencial total ya está reducido.

2.3. Períodos críticos para los principales cultivos

Cada cultivo tiene sus fases más vulnerables, pero para la mayoría de los cereales y leguminosas de grano están bien estudiadas.

Cereales de espiga (trigo, cebada, centeno, avena): El período crítico es encañado – espigado (para los de panícula, emergencia de la panícula) (Tretyakov et al., 2000; Foulkes & Reynolds, 2015). Durante este tiempo se inician las espiguillas y las flores, determinando el número potencial de granos por espiga. El estrés en esta etapa provoca «espigas despeluznadas» o «espigas vacías».

«Los cereales son más sensibles a la humedad durante las fases de encañado – espigado. En consecuencia, durante el período crítico se forman los órganos generativos, y ocurren la floración y la fertilización» (Tretyakov et al., 2000, capítulo 8).

Es importante señalar que el período desde el inicio del encañado hasta la floración es también un momento de crecimiento activo del tallo, lo que crea una fuerte competencia por los asimilados entre el tallo y la espiga en desarrollo (Foulkes & Reynolds, 2015).

Maíz: El período crítico es desde 2 semanas antes de la emergencia de la panoja hasta el final de la fertilización (silking) . En este momento se determina el número de hileras y el número de granos por mazorca. Es especialmente importante el denominado intervalo antesis‑silking (ASI) —el período entre la emisión del polen y la aparición de los estigmas. Si el estrés alarga este intervalo, parte de los estigmas quedan sin polinizar y la mazorca presenta granos faltantes (zonas «vacías»). La sequía o la deficiencia de nitrógeno en esta etapa reducen drásticamente el rendimiento (Grassini et al., 2015; Boote & Tollenaar, 1994).

Leguminosas de grano (soja, frijol, guisante): El período crítico es floración – inicio de la formación de vainas. Durante este tiempo se inician las flores y los ovarios. La falta de humedad, las altas temperaturas o la deficiencia de nutrientes provocan una caída masiva de flores y botones. Este es uno de los mecanismos de autorregulación más eficaces de la planta, pero para el agrónomo es una pérdida de rendimiento potencial. Como se ha demostrado en soja, durante la floración la planta es especialmente sensible al estrés (Boote & Tollenaar, 1994).

2.4. ¿Qué ocurre bajo estrés durante un período crítico?

Las consecuencias pueden ser diversas, pero todas conducen a una reducción de la productividad:

  • Reducción del número de órganos: disminución del número de espiguillas, flores, ovarios. Es la consecuencia más «costosa», ya que prácticamente no es compensable.
  • Esterilidad de las flores: producción de polen no viable o estigmas no receptivos, lo que da lugar a granos vacíos (espigas despeluznadas). Es frecuente bajo altas temperaturas.
  • Reducción del tamaño potencial de los órganos: por ejemplo, disminución del tamaño del ovario, que, con un llenado normal, da granos más pequeños. Esto ocurre si el estrés afectó la división celular en el endospermo.
  • Senescencia acelerada: el estrés puede desencadenar la muerte prematura de los tejidos más activos, incluidos los órganos reproductivos.

2.5. Conclusión agronómica

Comprender los períodos críticos es clave para una gestión eficaz del rendimiento. Esto significa que:

1. Las principales prácticas agronómicas (riego, fertilización nitrogenada, control de plagas) deben programarse precisamente en estas fases. No se puede retrasar el riego si el período crítico ya pasó y el número de granos se perdió.

2. El monitoreo del cultivo debe ser más intensivo durante estos períodos. La evaluación visual y el diagnóstico instrumental (por ejemplo, el método SPAD para el estado del nitrógeno) permiten detectar problemas a tiempo.

3. El mejoramiento genético para la tolerancia al estrés a menudo se dirige a «suavizar» la agudeza de los períodos críticos. Por ejemplo, crear variedades con un intervalo antesis‑silking más corto (maíz) o con mayor tolerancia de las flores a la sequía.

Así, el segundo marco fisiológico nos dice: el rendimiento no es solo biomasa total, sino también su distribución correcta en el tiempo. Existen «puertas» estrechas por las que pasa la productividad futura, y nuestra tarea es asegurar que la planta experimente el mínimo estrés en esos momentos.

Ahora que sabemos cuándo se establece el número de componentes del rendimiento, surge una pregunta natural: ¿cómo se produce su crecimiento y llenado, y a dónde va la planta si algunos órganos se dañaron? Resulta que la planta no solo sufre pérdidas, sino que redistribuye lo que queda. De esto trata la siguiente sección, sobre la remobilización.

3. ¿Por qué las hojas viejas siguen trabajando?

Una visión ingenua podría suponer que una hoja vieja es simplemente «material gastado» que la planta desecha para deshacerse de lastre. Pero es una profunda equivocación. La hoja vieja no es un desecho, sino un almacén valiosísimo de elementos esenciales, especialmente nitrógeno y fósforo. La planta no solo la descarta, sino que lleva a cabo un proceso ordenado y genéticamente programado de remobilización: extraer y redistribuir esos recursos a los órganos jóvenes en crecimiento activo, especialmente a las semillas y frutos en formación (Thomas & Ougham, 2015; Sinclair, 1994; Boote & Tollenaar, 1994).

3.1. ¿Qué es la senescencia y en qué se diferencia de la muerte?

El proceso de envejecimiento de la hoja se denomina senescencia. Es importante subrayar que no se trata de una degradación pasiva, sino de un proceso activo, regulado y que consume energía. Es un programa dirigido a reciclar los recursos de la manera más eficiente antes de que la hoja deje de ser útil para la planta en su conjunto.

Diferencias clave entre la senescencia y la muerte simple (necrosis):

  • Programada: es parte del programa ontogenético. Se desencadena en un momento determinado o en respuesta a señales (por ejemplo, la senescencia de la planta madre después de la floración, o señales de deficiencia de nitrógeno).
  • Ordenada: el proceso sigue un plan estricto. Primero, los cloroplastos se transforman (se convierten en gerontoplastos), luego se degradan la clorofila, las proteínas y el ARN, y solo al final, después de extraer todos los componentes valiosos, la célula muere.
  • Reciclaje: el objetivo principal de la senescencia no es la muerte, sino el rescate de recursos. Los metabolitos liberados durante la degradación se transportan a otras partes de la planta (Thomas & Ougham, 2015).
«La senescencia es el medio por el cual los recursos se reciclan desde partes obsoletas del cuerpo hacia nuevas estructuras en desarrollo» (Thomas & Ougham, 2015).

3.2. ¿Qué se remobiliza exactamente y cómo?

En primer lugar, se remobilizan nitrógeno y fósforo —los dos elementos más limitantes para el crecimiento. Las fuentes principales son:

  • Proteínas. El principal «banco» de nitrógeno en la hoja es la enzima Rubisco. Puede constituir hasta el 50 % de toda la proteína de la hoja y, durante la senescencia, se degrada activamente. Los aminoácidos liberados se exportan de la hoja y se reutilizan para sintetizar proteínas de reserva en las semillas.
  • Clorofila. El pigmento verde no es solo el aparato fotosintético, sino también un «depósito» de nitrógeno ligado. Al degradarse la clorofila, se libera nitrógeno que también se remobiliza (Thomas & Ougham, 2015).
  • Ácidos nucleicos (ARN). Se degradan hasta nucleótidos, que pueden reutilizarse para sintetizar nuevos ARN en tejidos en crecimiento.

El proceso sigue un orden: primero se degradan las macromoléculas en los cloroplastos, luego en el citoplasma. Los productos de degradación (aminoácidos, azúcares, iones) se cargan en el floema y se transportan a los puntos de crecimiento activo —hojas jóvenes, espigas en desarrollo, frutos, semillas.

3.3. ¿Cómo se relaciona la senescencia con el rendimiento?

Esta relación es directa y vital, especialmente para los cereales y leguminosas anuales.

  • El grano como sumidero potente. Después de la floración, las semillas se convierten en el sumidero dominante (consumidor) de todos los asimilados y nutrientes entrantes. Si la planta no puede absorber suficiente nitrógeno del suelo durante el llenado del grano (por ejemplo, debido a sequía o agotamiento del suelo), compensa mediante la remobilización desde hojas y tallos.
  • Importancia para cultivos de ciclo tardío. En este contexto, las hojas viejas son un verdadero «fondo de reserva» para la formación del rendimiento. Como se ha demostrado en investigaciones, la proporción de nitrógeno en el grano derivada de la remobilización puede ser muy significativa. Por ejemplo, en maíz y trigo, el nitrógeno remobilizado desde órganos vegetativos puede cubrir una parte sustancial de las necesidades del grano, especialmente bajo estrés tardío.
«La redistribución interna de nitrógeno entre fuentes y sumideros explica en parte las variaciones en los patrones de senescencia... La remobilización de nitrógeno desde la Rubisco y otras proteínas foliares... es una fuente importante de nitrógeno para el grano en desarrollo» (Thomas & Ougham, 2015).

Relación con los períodos críticos. Si hubo estrés durante el período crítico y se formaron pocos granos, una remobilización activa y una senescencia lenta de las hojas pueden ayudar a mantener o incluso aumentar el peso medio del grano. Por otro lado, si la fuerza del sumidero (número de granos) es baja, las hojas viejas pueden permanecer «sobrecargadas» de asimilados, lo que, paradójicamente, puede acelerar su senescencia (Thomas & Ougham, 2015).

3.4. ¿Por qué es esto importante desde el punto de vista agronómico?

Comprender la remobilización proporciona al agrónomo dos poderosas palancas de manejo:

1. Fertilización nitrogenada tardía. Aplicar nitrógeno en las fases de espigado‑inicio de llenado del grano no solo puede aumentar la fotosíntesis, sino también «preservar» las hojas de la senescencia prematura, prolongando el período de fotosíntesis activa y aumentando el flujo de asimilados al grano. Esto es especialmente eficaz en cultivos con alta demanda de nitrógeno (por ejemplo, maíz y trigo).

2. El carácter «stay‑green» (mantenimiento del verde). Es un rasgo genético que significa senescencia retardada. En algunos cultivos (maíz, sorgo) se asocia con mayores rendimientos, especialmente en condiciones de estrés. Sin embargo, en leguminosas como la soja, el «stay‑green» puede ser desventajoso porque el nitrógeno sigue fijándose en las hojas y no se redistribuye al grano, lo que reduce el rendimiento del producto por unidad de superficie (Thomas & Ougham, 2015; Boote & Tollenaar, 1994).

«En maíz, arroz y probablemente sorgo, la selección por senescencia retardada puede haber alcanzado ya su límite... En las variedades modernas de alto rendimiento, los rasgos de senescencia están solo débilmente relacionados con el rendimiento» (Thomas & Ougham, 2015).

Resumen del capítulo 3

Así, el tercer marco fisiológico nos dice: la hoja vieja no es lastre, sino una reserva estratégica. La senescencia no es muerte, sino un proceso de reciclaje cuidadosamente organizado para maximizar el apoyo al rendimiento en formación. La planta «sacrifica» hojas viejas para «alimentar» a las semillas.

Esto explica por qué:

  • Las aplicaciones tardías de nitrógeno pueden ser muy efectivas, ya que evitan que las hojas envejezcan demasiado rápido.
  • El rasgo «stay‑green» puede ser beneficioso para algunos cultivos pero no para otros.
  • El rendimiento depende no solo de la fotosíntesis, sino también de la capacidad de la planta para gestionar eficientemente sus recursos internos, distribuyéndolos desde tejidos viejos y moribundos hacia órganos jóvenes y valiosos para el ser humano.

Ahora tenemos tres marcos: la ruta de la energía, los períodos críticos y la remobilización de recursos. Pero, ¿qué ocurre cuando las cosas no salen según lo planeado? ¿Cómo responde la planta a la sequía, la salinidad, el calor o la deficiencia de nutrientes? Lo veremos en el siguiente capítulo.

4. ¿Cómo compensa la planta las alteraciones temporales?

La respuesta reside en comprender varios mecanismos clave: homeostasis, respuestas de defensa al estrés, plasticidad morfológica y reparación.

4.1. Homeostasis y estrés: un sistema de contramedidas

Para entender la compensación, primero debemos definir el estrés. El estrés es una respuesta adaptativa general inespecífica del organismo ante la acción de cualquier factor desfavorable que lo desvía de su estado óptimo (Tretyakov et al., 2000, capítulo 8). Es un estado de tensión en el que los procesos fisiológicos superan los límites normales.

Pero la planta, como todo sistema vivo, posee homeostasis —la capacidad de mantener una relativa constancia de su medio interno (pH, concentración de iones, potencial hídrico) en condiciones externas cambiantes. Cuando el estresor es débil o de corta duración, los sistemas reguladores de la planta pueden restaurar la normalidad. Si el estrés es fuerte y prolongado, se activan mecanismos adaptativos más profundos.

4.2. Principales vías de compensación: cómo la planta «salva» el rendimiento

La planta utiliza varias estrategias para sobrevivir al estrés y minimizar las pérdidas de productividad.

Mecanismos de defensa a nivel celular

Cuando una célula sufre estrés (por ejemplo, aumento de temperatura, deshidratación, salinidad), activa un complejo de respuestas defensivas inespecíficas. Es una respuesta universal que ayuda a sobrevivir en un amplio rango de condiciones (Pessarakli, 2020; Tretyakov et al., 2000).

  • Cambios en las propiedades de las membranas. Bajo choque térmico o deshidratación, la permeabilidad de las membranas cambia, alterando los flujos iónicos. Por ejemplo, la entrada de iones calcio al citoplasma sirve como señal para activar los sistemas de defensa.
  • Síntesis de proteínas de estrés (proteínas de choque térmico). Ante temperaturas elevadas u otros estreses, las células inician la síntesis de proteínas chaperonas especiales que previenen la desnaturalización y agregación de otras proteínas, ayudando a mantener su funcionalidad.
  • Acumulación de osmolitos compatibles (prolina, azúcares). Bajo déficit hídrico o salinidad, se acumulan en el citoplasma sustancias orgánicas de bajo peso molecular (prolina, sacarosa, trehalosa). No interfieren con la función enzimática, pero ayudan a retener agua creando un gradiente osmótico y protegen las proteínas de la desnaturalización.
«Bajo déficit hídrico, las plantas muestran un aumento brusco del contenido de prolina (de 10 a 100 veces)… La prolina almacena una cantidad significativa de nitrógeno, que se utiliza para reacciones metabólicas posteriores cuando termina la sequía» (Tretyakov et al., 2000, capítulo 8).

Defensa antioxidante. Bajo muchos estreses, aumenta la formación de especies reactivas del oxígeno, que dañan las membranas. Las plantas activan sistemas enzimáticos y no enzimáticos para neutralizarlas (por ejemplo, superóxido dismutasa, ascorbato, glutatión).

Regulación del régimen hídrico

Para las plantas en regiones áridas y semiáridas, el estrés clave es la deshidratación. ¿Cómo lo afrontan?

  • Cierre estomático. La primera y más rápida reacción al déficit hídrico es el cierre de los estomas bajo la acción del ácido abscísico (ABA). Esto reduce la pérdida de agua por transpiración, pero al mismo tiempo limita la entrada de CO₂ y, por tanto, la fotosíntesis. Es un compromiso: supervivencia a costa de una menor productividad durante el período de estrés (Sinclair, 1994; Tretyakov et al., 2000).
  • Ajuste osmótico. Como ya se mencionó, la acumulación de osmolitos permite mantener el potencial hídrico celular y absorber agua incluso de suelos relativamente secos.
  • Cambios en la arquitectura de las raíces. En respuesta a la sequía, la planta puede aumentar la profundidad o la masa de su sistema radicular para acceder a capas más profundas del suelo con agua. Es una estrategia de «evitación del estrés» (Sinclair, 1994; Connor et al., 2011).
  • Desprendimiento de algunas hojas. Bajo sequía severa, la planta puede desprender algunas hojas viejas, reduciendo la superficie transpirante y reasignando agua y recursos a los órganos más importantes (ovarios, hojas jóvenes).

Reorganización del metabolismo energético

Bajo estrés, la planta a menudo no puede mantener la respiración aeróbica o la fotosíntesis normales. ¿Cómo compensa el déficit energético?

  • Reducción del metabolismo general. Es un «modo de ahorro de energía» en el que muchos procesos sintéticos se ralentizan. La planta esencialmente se «congela» a la espera de que mejoren las condiciones.
  • Activación de vías alternativas. Por ejemplo, bajo déficit de oxígeno (inundación, anegamiento), la planta puede cambiar a una respiración parcialmente anaeróbica que implica la glucólisis, aunque es menos eficiente que la fosforilación oxidativa (Tretyakov et al., 2000).
  • Fotorrespiración como defensa. En condiciones de alta luminosidad y bajo CO₂ (por ejemplo, cuando los estomas están cerrados), la fotorrespiración puede cumplir una función protectora, evitando la sobredreducción de la cadena de transporte de electrones (Marschner et al., 2012).

Plasticidad morfológica y fisiológica

La planta no solo «repara» los daños a nivel celular, sino que también cambia su crecimiento y desarrollo.

  • Cambios en la relación raíz/parte aérea. Bajo deficiencia de nitrógeno o agua, la planta generalmente aumenta la masa de raíces en relación con la parte aérea. Esto ayuda a adquirir mejor los recursos escasos del suelo. Con buena nutrición, se favorece el crecimiento de la parte aérea.
  • Cambios en la densidad de la población (en el cultivo). Las plantas en un agrocenosis pueden modificar su arquitectura según la densidad. Por ejemplo, bajo alta densidad, pueden alargarse hacia arriba para «escapar» del sombreado.
  • Regeneración. Las plantas tienen una gran capacidad de regeneración —recuperar partes perdidas. Si se daña la yema apical, se activan yemas laterales. Si se dañan las raíces, pueden volver a crecer a partir de meristemos en el periciclo (Tretyakov et al., 2000).
«A diferencia de los animales, las plantas suelen responder a la acción de un estresor no activando el metabolismo, sino disminuyendo su actividad funcional» (Tretyakov et al., 2000, capítulo 8). ¡Y esta es la estrategia clave de supervivencia!

4.3. El costo de la compensación: ¿por qué no es «gratis»?

Es importante entender: la compensación nunca es gratuita. Cada mecanismo de defensa tiene su propio «precio» fisiológico.

  • El cierre estomático salva del sobrecalentamiento y la desecación, pero reduce drásticamente la fotosíntesis (Sinclair, 1994).
  • La síntesis de proteínas de estrés y osmolitos requiere energía (ATP) y nutrientes.
  • El aumento de las raíces se produce a expensas del menor desarrollo de la parte aérea.
  • La remobilización y la senescencia conllevan la pérdida de superficie fotosintética.

El agrónomo debe entender este equilibrio. A veces, ayudar a la planta (riego, fertilización) no es solo «alimentarla», sino una forma de evitar la activación de mecanismos de defensa que, aunque permiten la supervivencia, reducen el rendimiento final. Por ejemplo, una sequía temprana en la fase de ahijamiento del trigo puede activar mecanismos compensatorios, pero también puede reducir el número de tallos y espiguillas productivas —y eso ya no se compensa.

4.4. Ejemplos de compensación en la práctica agronómica

1. «Stay‑green» (mantenimiento del verde). Este rasgo en sorgo y maíz permite que las hojas mantengan la actividad fotosintética durante la sequía. La planta no inicia la senescencia prematura y su productividad disminuye menos. Sin embargo, en soja, el envejecimiento retardado puede ser desventajoso, ya que el nitrógeno que podría dirigirse al grano permanece en las hojas (Thomas & Ougham, 2015).

2. Riego y fertilización nitrogenada en períodos críticos. Si proporcionamos agua y nitrógeno exactamente cuando la planta comienza a experimentar estrés, podemos «desactivar» sus mecanismos de defensa, evitando la caída de la fotosíntesis y conservando más asimilados para el grano. Esto es la base de muchas tecnologías de agricultura de precisión.

Resumen del capítulo 4

Así, el cuarto marco fisiológico afirma: la planta no es un objeto pasivo, sino un sistema activo y adaptativo capaz de compensar las alteraciones.

Puede:

  • Proteger sus células a nivel molecular (antioxidantes, proteínas de estrés, osmolitos).
  • Regular la pérdida de agua (estomas, ajuste osmótico, modificación de raíces).
  • Reorganizar el metabolismo (cambiar a vías de ahorro de energía).
  • Cambiar su forma y estructura (plasticidad morfológica, regeneración).

Sin embargo, toda compensación tiene un costo: se logra a expensas de una menor productividad o del gasto de recursos. La tarea del agrónomo es utilizar medidas agronómicas para ayudar a la planta a evitar la activación de estos mecanismos costosos, especialmente durante los períodos críticos.

Ahora que sabemos sobre la compensación a nivel de planta individual, pasamos al quinto y último marco: ¿por qué el rendimiento no es la suma de los rendimientos de plantas individuales, sino el resultado de sus interacciones dentro de la agrocenosis?

5. ¿Por qué el rendimiento no lo determina una sola planta?

A primera vista, parece que si mejoramos la fisiología de una planta, el rendimiento de todo el campo aumentará proporcionalmente. Pero es una profunda equivocación. El rendimiento por hectárea no es la suma de los rendimientos de plantas individuales cultivadas en condiciones ideales. Es el resultado de interacciones complejas dentro de una población de plantas, donde operan principios de competencia, influencia mutua y autorregulación (Sadras & Calderini, 2015; Connor et al., 2011; Tretyakov et al., 2000).

5.1. La planta en un cultivo: del individuo a la población

Cuando consideramos una planta individual, vemos un sistema autónomo que lucha por sobrevivir. Pero en un cultivo, miles de plantas están en contacto estrecho y su fisiología cambia drásticamente. Esto se manifiesta en varios aspectos clave.

Competencia por recursos

En cualquier agrocenosis, las plantas compiten por luz, agua y minerales. Esta competencia es el principal factor que determina la productividad del cultivo.

Luz: En un dosel denso, las hojas superiores interceptan la mayor parte de la RFA, dejando solo luz difusa para las hojas inferiores. Esto hace que las hojas inferiores trabajen en régimen limitado por la luz e incluso pueden morir si su fotosíntesis no cubre los costos respiratorios. Sin embargo, como ya discutimos, el dosel en su conjunto puede usar la luz de manera eficiente, pero las plantas individuales dentro de él se encuentran en condiciones desiguales (Sinclair, 1994; Taiz et al., 2023).

«En un bosque denso, casi toda la RFA es absorbida por las hojas antes de llegar al suelo… Como resultado, muy poca RFA penetra hasta el suelo del bosque» (Taiz et al., 2023).

Agua y minerales: Los sistemas radiculares de las plantas en un cultivo se entremezclan y compiten por la humedad y los nutrientes. Un sistema radicular más vigoroso puede «interceptar» recursos de un vecino, suprimiéndolo. Esto es especialmente importante en condiciones de sequía o baja fertilidad del suelo.

Arquitectura del dosel y autorregulación

Curiosamente, las plantas en un cultivo pueden modificar su arquitectura en respuesta a la presencia de vecinos. Este fenómeno se denomina fototropismo y respuestas morfogenéticas de evitación de sombra.

  • Cambios en la forma y el tamaño. Bajo alta densidad, los tallos se alargan; las plantas se vuelven más altas y delgadas. Es el «efecto de evitación de sombra»: un intento de superar a los vecinos para obtener más luz. Esto ocurre a expensas de redistribuir asimilados hacia el tallo en lugar de hacia las hojas o la espiga. Desde la perspectiva de una planta individual, es una estrategia ganadora; desde el punto de vista del rendimiento, es desventajosa, ya que los recursos se gastan en masa vegetativa inútil.
  • Cambios en el ángulo de las hojas. Algunas plantas, en respuesta al aumento de densidad, modifican el ángulo de las hojas para reducir el sombreado de los estratos inferiores. Esto es especialmente característico de cultivos tolerantes a la densidad, como el maíz (Grassini et al., 2015).
«En las últimas décadas, la transición del maíz continuo bajo labranza convencional a una rotación maíz‑soja de 2 años bajo labranza reducida… Los híbridos modernos de maíz son más tolerantes a altas densidades de plantas» (Grassini et al., 2015).

Alelopatía. Es la interacción química entre plantas mediante la liberación de sustancias al suelo. Los exudados radiculares de unas plantas pueden suprimir (o, por el contrario, estimular) el crecimiento de otras. Es un factor importante en las rotaciones de cultivos y en los monocultivos (Tretyakov et al., 2000).

Síndrome de la «hoja verde» y senescencia del dosel

Ya hemos hablado de la senescencia de hojas individuales. Pero en un dosel, la senescencia también es un proceso impulsado por el sombreado. Las hojas inferiores, al recibir poca luz, senescen y mueren más rápido. Las hojas superiores, en cambio, pueden permanecer activas más tiempo. Esto hace que la parte fotosintéticamente activa del dosel se desplace gradualmente hacia arriba. Nuevamente, desde la perspectiva de una planta individual es beneficioso; desde el punto de vista del rendimiento, es una pérdida de área de asimilación total.

5.2. ¿Por qué la fisiología individual no siempre coincide con la fisiología del dosel?

Esta es la paradoja clave que todo agrónomo debe entender. Lo que es bueno para una sola planta puede ser malo para todo el campo.

  • La paradoja de la productividad. Una planta que es la mejor competidora (de crecimiento rápido, con tallo fuerte, raíces profundas) puede producir menos rendimiento por hectárea que una planta con una arquitectura más «altruista» que distribuye los recursos de manera más uniforme entre todos los órganos. Por eso, la variedad ideal para un cultivo no es la planta ideal para el crecimiento solitario. Es una planta «social» que se lleva bien con los vecinos.
  • El papel de la densidad de siembra. Una de las principales herramientas agronómicas es elegir la densidad óptima de plantas. Si se siembra muy escaso, el área no se usa completamente (disminuye la eficiencia de uso de la RFA). Si es demasiado denso, la competencia se intensifica, las plantas se alargan, pueden encamarse y el rendimiento también cae. La densidad óptima es un equilibrio entre la productividad individual de la planta y la productividad de todo el dosel.
«La relación entre la productividad del cultivo y el consumo de recursos sigue funciones lineales (radiación solar y evapotranspiración) o curvilíneas (nitrógeno)… En rendimientos altos, los límites de eficiencia se vuelven más estrictos» (Grassini et al., 2015).

Transición al concepto de «cultivo como sistema». En la fisiología agronómica, cada vez más pasamos del estudio de hojas o plantas individuales al estudio del dosel completo. Los principales parámetros que evaluamos no son la fotosíntesis de una hoja, sino la productividad global, el IAF (índice de área foliar), la RUE (eficiencia en el uso de la radiación) y la NUE (eficiencia en el uso del nitrógeno) de todo el cultivo. Son estos indicadores integrales los que determinan el rendimiento.

5.3. La agrocenosis como sistema fisiológico integral

Así, llegamos a la conclusión de que un cultivo no es solo una suma de plantas, sino un sistema fisiológico autorregulado con sus propias leyes.

1. La competencia es el motor de la evolución en la agrocenosis. «Selecciona» los genotipos que mejor se adaptan a la densidad, formando un stand más uniforme y una superficie foliar distribuida más racionalmente.

2. Optimizar la densidad de siembra es la principal herramienta agronómica. Permite ajustar el equilibrio entre la productividad individual y la productividad de todo el sistema.

3. Los fertilizantes y el riego son recursos para el sistema. Deben suministrarse no solo para «alimentar» a cada planta, sino para maximizar la eficiencia en el uso de recursos de todo el sistema. Por ejemplo, la aplicación fraccionada de nitrógeno ayuda a evitar el crecimiento vegetativo excesivo y dirige los recursos hacia la formación del grano (Grassini et al., 2015; Marschner et al., 2012).

Resumen final del capítulo 5

Así, el quinto marco fisiológico afirma: el rendimiento es una propiedad del sistema (la agrocenosis), no simplemente la suma de las propiedades de las plantas individuales.

Esto significa que:

  • El éxito de una variedad no está determinado solo por su productividad individual, sino también por su capacidad para «funcionar» bien en una comunidad densa.
  • Las prácticas agronómicas (elección de la densidad, épocas y métodos de fertilización, labranza, riego) deben estar dirigidas a optimizar el rendimiento de todo el sistema, no de cada planta por separado.
  • La fisiología del cultivo tiene sus propias leyes, diferentes de la fisiología de una planta individual. Debemos tener en cuenta la competencia, la autorregulación y las interacciones entre plantas para manejar adecuadamente la formación del rendimiento.

Conclusión de toda la conferencia: El marco fisiológico del rendimiento

¡Estimados oyentes! Hoy hemos recorrido un largo camino —desde un rayo de sol hasta el grano, desde una hoja individual hasta una agrocenosis completa. Hemos construido cinco «marcos fisiológicos» que, en conjunto, nos ofrecen una imagen completa y sistémica de la formación del rendimiento.

1. La ruta de la energía (RFA → Fotosíntesis → Biomasa → Rendimiento): El rendimiento es energía solar almacenada. La eficiencia de cada paso de esta ruta (RUE e IC) tiene límites fisiológicos, y comprender estos límites es la base para gestionar la productividad.

2. Períodos críticos: El rendimiento futuro no se determina a lo largo de toda la vida, sino en ventanas temporales muy estrechas en las que se forman los órganos reproductivos. Una alteración en estos períodos causa daños irreparables que no pueden compensarse completamente después.

3. Remobilización (el trabajo de las hojas viejas): La senescencia de las hojas no es muerte, sino un proceso activo de reciclaje. La planta sacrifica partes viejas para llenar las semillas, y este proceso debe tenerse en cuenta en las estrategias de fertilización tardía.

4. Compensación del estrés: La planta no es una víctima pasiva, sino un sistema adaptativo activo capaz de defenderse, reorganizarse y recuperarse. Sin embargo, toda compensación tiene un precio en términos de menor productividad o gasto de recursos.

5. El nivel de cultivo: El rendimiento es una propiedad no de una planta individual, sino de toda la agrocenosis. La interacción, la competencia y la autorregulación dentro del cultivo exigen un enfoque sistémico y el uso de indicadores integrales (IAF, RUE, NUE).

Estos cinco marcos no existen de forma aislada. Se entrelazan e influyen mutuamente a lo largo de todo el ciclo vegetativo. Por ejemplo, el estrés durante un período crítico (marco 2) activa mecanismos de remobilización (marco 3) y compensación (marco 4), pero al mismo tiempo altera la arquitectura de todo el dosel (marco 5). Comprender estas conexiones es lo que permite al agrónomo tomar decisiones acertadas.

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